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El pan de cada día

Ilustración de María Titos.

MARÍA TITOS

Agobio

Clara Usón

Hoy estamos peor que ayer pero mejor que mañana, ¿cómo se puede vivir así, con esta angustia permanente?

Jane Austen publicó 'Orgullo y prejuicio' en 1815, año en que Inglaterra estaba enfrascada en la última guerra napoleónica, al tiempo que expandía y defendía sus colonias y la abolición de la esclavitud era una cuestión polémica muy debatida. Nada de eso se refleja en la novela, que retrata el ambiente de la pequeña nobleza rural inglesa como si estuviera aislado, incontaminado de los grandes asuntos contemporáneos y, en cierto modo, lo estaba: a Chawton, la aldea en la que Austen pasó los últimos años de su vida, las noticias llegaban tarde y en cuentagotas, como amortiguadas por la distancia.

El siglo XXI ha abolido las distancias, una Jane Austen contemporánea se desayunaría con la noticia del ataque turco sobre Siria y a partir de ahí el bombardeo sería incesante: incendios en Australia, en California y en el Amazonas, un hombre (uno más) que asesina a su exmujer, una violación en grupo, niños separados de sus padres en la frontera norteamericana, heridos en una manifestación en Hong Kong, un atentado antisemita en Alemania, los peligros del 'brexit', la exhumación de Franco, la sentencia del 'procés', la realidad catastrófica del cambio climático, el cierre de empresas, la España vacía, los campos de concentración chinos, los curas pederastas, la islamofobia, el alza de la ultraderecha, la crisis de los refugiados, el envejecimiento de la población, el precio de los alquileres, las escuelas en barracones, las listas de espera de la sanidad, la recesión que viene, la pobreza infantil, los sintecho, los simpapeles, la deuda pública, la corrupción, la sequía, la hambruna en el Sudán, desastres, catástrofes, nubes negras, amenazas, hoy estamos peor que ayer pero mejor que mañana, ¿cómo se puede vivir así, con esta angustia permanente?

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¿Cómo podría, una Jane Austen contemporánea, con el peso de todas esas calamidades sobre los hombros, sentarse a su escritorio y teclear (ya no se usan las plumas de ave): “Es una verdad universalmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa”?

Nostálgico pasado

En un cuento de Kafka -si mal no recuerdo- se explica que, para no descorazonar con la inmensa tarea que tenían por delante a los obreros que levantaron la Muralla china, se asignaba a cada uno un pequeño tramo como un fin en sí mismo, para que tuvieran la satisfacción de ver su obra cumplida, para que se sintieran capaces de acometerla.

En la era de internet y de las redes sociales estamos hiperinformados; si un niño se cae de un balcón en una remota ciudad china, nos enteramos, si Trump hoy ha dicho otra barbaridad, también, y este exceso de información nos desborda, nos paraliza, son tantos los problemas de los que tenemos noticia que nos sentimos abrumados; el mundo está mal, muy mal, tenemos que arreglarlo, pero, ¿por dónde empezar?

Cuanto más informados estamos, más impotentes nos sentimos

Cuanto más informados estamos, más impotentes nos sentimos, menos dueños de nuestras propias vidas (si es que alguna vez lo hemos sido), porque no solo tenemos conciencia de todo lo que está pasando (de todo lo malo, lo bueno no es noticia), sino que además ya estamos informados de lo que va a pasar: el futuro da pánico, se anuncia una sociedad con más viejos que jóvenes (al menos en occidente), en la que no habrá trabajo más que para unos pocos, los que no puedan ser sustituidos por la inteligencia artificial, y en la que la desigualdad creciente todavía se acentuará más, en un mundo asfixiante, sin agua, sujeto a constantes catástrofes climáticas y a grandes desplazamientos de refugiados que no querrá nadie  (ya los hay, nadie los quiere) El sistema democrático está en crisis, cada más gobernantes aspiran a ser dictadores... Dan ganas de retroceder, de meterse en una novela de Jane Austen, donde lo único que importa es si Mr. Darcy te saluda en el baile o te hace un desplante, y no salir de allí, quizá por ello nos ponemos nostálgicos, añorando el (falso) pasado glorioso de nuestras patrias.

Lo único que podemos hacer es votar en las elecciones; puesto que hay elecciones cada dos por tres, podríamos engañarnos pensando que hacemos mucho, pero aunque hay muchas elecciones, los candidatos suelen ser los mismos y sus promesas nos suenan a sabidas (como también sabemos que no las cumplirán). Aun así, el día señalado nos molestamos en ir a votar al candidato que nos parece menos dañino -ya no esperamos que los políticos mejoren nuestras vidas pero nos consta que las pueden empeorar-, y entonces los políticos nos riñen: “No habéis votado bien. ¡Volved a votar!”.

Qué agobio.