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Análisis

Boris Johnson.

AFP / BEN STANSALL

Capitalismo sin trabas

Albert Sáez

¿Estáa en condiciones el poder político de impornerse al poder económico?

Karl Popper, en su magnífico alegato a favor de la “sociedad abierta” escribe: “El sistema económico descrito y criticado por Marx ha dejado de existir prácticamente en todo el mundo para ser reemplazado, no por un sistema en el cual el Estado comienza a perder sus funciones mostrando, en consecuencia, signos de “marchitamiento”, sino por diversos sistemas intervencionistas, donde las funciones del Estado en la esfera económica se extienden mucho más allá de la protección de la propiedad y los contratos libres”. Estas palabras escritas en 1945 explican muy bien la regresión que vivimos desde finales del siglo XX y que está en la base de la crisis que no acabamos de superar. El neoliberalismo, con la aquiescencia de la socialdemocracia como explicó Tony Judt, nos devolvió a lo que el mismo Popper había llamado “el capitalismo sin trabas” para advertirnos: “no debemos permitir que el poder económico domine al político; y si es necesario deberá combatírselo hasta ponerlo bajo control del poder político”. " "De esta manera -concluye- haremos imposibles aquellas formas de explotación basadas en la desvalida posición de un trabajador que debe aceptar cualquier cosa para no morirse de hambre”. No recuerdo mejor descripción de los que está pasando en nuestras economías, aunque sean palabras prestadas del siglo pasado y de un autor vinculado a la tradición liberal.

Ante este maltrecho panorama, la pregunta es: ¿está la política en condiciones de tomar el mando? Por un lado, una parte del poder económico parece apostar por ello. Las victorias de Trump o Johnson no son más que reacciones de los poderes económicos locales contra los efectos de la globalización que se manifiestan en medidas proteccionistas, una de las formas menos eficientes del intervencionismo. Y el mismo Trump libra una batalla con las empresas tecnológicas para conseguir que abandonen sus fábricas en China (ese es el fruto prohibido de los aranceles que ha puesto). Parece, pues, que más allá de gobiernos excéntricos como el de Isabel García Ayuso en la Comunidad de Madrid -con Fernández-Lasquetty aplicando las recetas de Friedman en los años 80-, incluso una parte del poder económico pide hoy más “intervencionismo”. Lo que no está tan claro es que los políticos tengan la capacidad de hacerlo. Uno de los efectos colaterales de la sociedad digital son las burbujas informativas. Y desde ellas se potencia la fragmentación política. Cuando ésta se mezcla con la falta de tradición de pactos, entonces, la política es incapaz de poner trabas al capitalismo. Ese es el núcleo del problema actual. Y la solución está justamente en las manos de los electores. Debería haber quien, junto al consumo responsable, promoviera el voto responsable, y lo debería hacer desde fuera de la esfera de los partidos. La incomparecencia de la política tiene graves consecuencias que resumió el mismo Popper: “El poder económico dentro del Estado (..) puede influir sobre la ley por la corrupción y sobre la opinión pública por la propaganda, puede someter a los políticos a obligaciones que interfieran con su libertad y puede amenazar con el desencadenamiento de una crisis financiera, pero la esfera de lo que puede lograr tiene límites perfectamente definidos”.