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El segundo aniversario del 1-O

La lección que no se quiere aprender

La lección que no se quiere aprender

Josep Martí Blanch

Demasiadas personas y colectivos continúan trabajando, 24 meses después, en escenarios de rendición del enemigo

Tertulia de Jordi Basté en Rac1. Pasan pocos minutos de las nueve. A través de los monitores de televisión del estudio los tertulianos observamos escandalizados las imágenes del oprobio policial con el que se inicia la jornada. Violencia, encarnizamiento contra ciudadanos indefensos. Rabia, impotencia, alguna lágrima. Ese es mi primer recuerdo del 1-O dos años después. Nadie ha pedido disculpas desde las instituciones del Estado por aquella orgía gratuita de violencia, la única hasta la fecha en todo el proceso. Y deberían. No van a hacerlo.

Igual que debería pedirlas el soberanismo por alterar las reglas del funcionamiento democrático de nuestra sociedad, aprobando el 6 y 7 de septiembre unas leyes caciquiles que pretendían consagrar el valor refrendario que el 1-O no podía tener al saberse ya entonces que no contaría con el mínimo de garantías y que no podría ser otra cosa que un nuevo 9-N. Disculpas que también deberían referirse a la vergonzante declaración de independencia del 27-O, hecha contra la mitad de Catalunya (la constitucionalista) y tomando el pelo a la otra mitad (la soberanista). Estas disculpas tampoco existirán.

Tiempos de locos

Los dos párrafos que ha leído hasta aquí son suficientes para que a uno lo fusilen, dialectalmente, dos veces. ¿Se puede ser un peligroso golpista separatista y un 'botifler' traidor al mismo tiempo? En estos tiempos de locos que nos toca vivir a la vista está que sí. Acepto de buen grado ambos calificativos, sobre todo porque el perfil de quienes habitualmente los profieren hace que uno los reciba como un elogio.

En febrero del 2018 ponía el punto final al libro 'Como ganamos el proceso y perdimos la República'. En las últimas páginas apuntaba el error de situar el análisis posterior de los hechos de octubre del 2017 en los términos de vencedores y vencidos: “todos van perdiendo al haber sobrevalorado sus puntos fuertes y menospreciado los del adversario”. La evolución de los acontecimientos no ha alterado la validez de la aseveración. Todos, sin excepción alguna, seguimos perdiendo. Y la lista de pasivos va a ganar peso en los próximos días.

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Demasiadas personas y colectivos, 24 meses despues del 1-O, continúan trabajando en escenarios de rendición del enemigo. Escribo enemigo a conciencia, porque para quienes sueñan en capitulaciones no existen los adversarios. Tomen como ejemplo el bochornoso ejercicio de nacionalpopulismo de la portavoz de Ciudadanos, Lorena Roldán, en el último pleno del Parlament intentando sacar provecho de los crímenes de ETA en Vic. O el último manifiesto de los Comités de Defensa de la República (“seremos nosotros quienes haremos temblar al enemigo”), que podríamos ignorar, tratándose de personas que no están en la orla de representación institucional y política, si no fuera porque cuentan siempre con el apoyo explícito del presidente de la Generalitat, Quim TorraComo ha escrito en este diario Joan Cañete Bayle, demasiada gente compitiendo para crear o agravar problemas en lugar de intentar arreglarlos.

Nada de lo que viene en los próximos días, particularmente la sentencia, va a provocar cambios sustanciales en el fondo de este asunto. Podemos enfangarnos un poco más, o puede que mucho más; pero, yendo como vamos de barro hasta las trancas no podrá considerarse una novedad. El pozo puede hacerse más profundo, pero como ya vivimos en él, no vamos a notar mucho la diferencia.

¿Cómo escapar del agujero en el que andamos - soberanistas y constitucionalistas, Espanya y Catalunya- metidos desde hace dos años? Lo primero es aceptar resignadamente que no es posible salir de él. Al menos por ahora. Sí sería razonable esperar que se dejara de cavar hacia abajo. Pero incluso este objetivo tan humilde resulta demasiado pedir, visto quienes tienen la pala entre las manos.

Las elecciones generales y el 155

Ha bastado la convocatoria de unas nuevas elecciones generales para que el 155 vuelva a convertirse en la principal oferta electoral de los partidos de ámbito estatal con representación en el Congreso -con la excepción de Podemos-. Al mismo tiempo, el soberanismo ha estrenado una nueva religión de un único mandamiento, la “desobediencia civil masiva”. Nadie quiere darse cuenta de que ni un 155 detrás de otro acabarán con el independentismo, ni que el nuevo catecismo de la desobediencia civil servirá para otra cosa que no sea añadir más frustración y dolor al soberanismo.

De octubre del 2017 los contendientes deberían tener aprendida una lección: hay situaciones en la que nadie gana y todos pierden. Lejos de interiorizar el aprendizaje, el discurso que se escucha con más fuerza y mayor claridad sigue siendo el de los jugadores dipuestos a persistir en errores ya cometidos. Siguen cavando en dirección opuesta a la salida.