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LA CLAVE

Puigdemont interviene a través de un vídeo y desde suelo alemán en el acto independentista de Estrasburgo, en Francia, el día de la constitución del Parlamento Europeo.

ACN / BLANCA BLAY

La cuenta atrás de Puigdemont

Luis Mauri

El sismómetro posconvergente registra oscilaciones significativas. Los correctivos electorales son un gran estímulo para la reflexión -y la inflexión- en los partidos

En la sabana política, como en la africana, los síntomas de debilidad se pagan caros. No mostrar debilidad, cansancio o declive. Todo político profesional conoce esta regla básica de supervivencia. Puigdemont, macho alfa de la posconvergencia, también.

El sismómetro posconvergente registra oscilaciones significativas. La vibración es suave todavía, pero relevante. Tras el fracaso de la operación unilateral, y mientras ERC giraba hacia el posibilismo, Puigdemont impuso a machamartillo el fundamentalismo en su partido. Huido en Waterloo, preso de esta circunstancia personal, se entregó a la fascinación por el abismo. Cuanto peor, mejor. Purgó a la herética Pascal, quien había osado desobedecerle y permitido que Sánchez desalojara del Gobierno a Rajoy. Siguieron las  purgas en las listas electorales. Fuera, pragmáticos.

El rigorismo de Puigdemont y sus pretorianos no tardó en topar de nuevo con la realidad. Las urnas han radiografiado los frágiles vestigios de lo que un día fue la poderosa Convergència: menos de 500.000 votos en las elecciones generales (ni siquiera la mitad que ERC) y muy poquitos más en las municipales.

Solo las europeas certificaron la fuerza de Puigdemont. Una fuerza de indudable carácter personal, no orgánico, impregnada de una gran carga simbólica. En ella radica el poder del hombre de Waterloo. Ese poder, sin embargo, tiene fecha de caducidad, una circunstancia que cada vez es más considerada en el PDECat. Los correctivos electorales son un gran estímulo para la reflexión -y la inflexión- en los partidos.

Eco sociovergente

La repentina resurrección de la sociovergencia en la Diputación de Barcelona responde a esta lógica, además de a la guerra eterna con ERC. Pese a la oposición de sus pretorianos, Puigdemont eludió esta vez la batalla: los alcaldes del PDECat no se lo habrían puesto fácil. La discusión interna sobre el voto en la investidura de Sánchez parece discurrir por el mismo derrotero, a pesar de los aspavientos de Torra. La regla previene contra las muestras de debilidad. Si no estás seguro de ganar el pulso, no lo libres, resérvate.

Los pragmáticos fueron purgados, pero hoy su influencia en el partido es creciente. Mas se ha sumado a la misión de aflojar el rigorismo del hombre de Waterloo. 100, 99, 98... Es la cuenta atrás de Puigdemont.