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La necesidad de aliviar los excesos dialécticos

La paradoja catalana

LEONARD BEARD

La paradoja catalana

Josep Martí Blanch

Hay síntomas de agotamiento en la educación y en el respeto que no anticipan nada bueno

És lógico que a la gente responsable le guste ser irresponsable. Como no había nada que beber todos se emborracharon enseguida. Como estaba en la India aprovechó para visitar Toronto. Las tres frases las dejó escritas G. K. Chesterton (1874-1936), el hombre que se ganó a pulso el título de 'Príncipe de la Paradoja' tras desparramar en sus escritos centenares de reflexiones afiladísimas detrás de un supuesto sinsentido.

Este recurso literario se encuentra a manos llenas en toda su obra, sea filosófica, religiosa, ensayística, novelística o periodística; aunque es en 'Las paradojas de Mr. Pond' (1936), una compilación de cuentos publicados tras la muerte del escritor, donde su presencia es tan intensa que el libro bien puede definirse como una orgía de la paradoja.

Chesterton, un clasista del intelecto a la antigua usanza, consideraba que una de las virtudes de la paradoja es que logra captar por igual la atención de los bobos y de los listos. Los primeros, porque creen detectar una contradicción que al resto se le escapa, y naturalmente enloquecen de contento porque eso no les pasa a menudo; y los segundos porque intuyen que hay algún gato encerrado que requiere de su atención para liberarse.

Todo puede explicarse a través de esta figura. Vivir para morir sería la paradoja suprema a partir de la cual el resto empequeñecen. La ventaja añadida es que cualquier desatino parece menos grave expresado a través de la paradoja, lo cual no deja de ser de lo más oportuno cuando se quiere gritar sin alzar la voz para hacerlo.

Tensión en la elección de alcaldes

Con los pies de vuelta al suelo, convendremos que Catalunya es ahora una paradoja. O muchas. Visto lo visto en algunas plazas y ayuntamientos a cuenta de la elección de alcaldes puede que algún día acabemos escribiendo, en clara imitación de Chesterton, algo así como “todos eran tan demócratas que acabaron a tortazos”. Sería esta una paradoja de carácter general que no distinguiría entre membresías, pero pueden suscribirse algunas que sí serían de parte.

Con el soberanismo, resiguiendo los eslóganes que ha ido utilizando a medida que avanzaba el proceso, podrían dictarse sinsentidos del tipo “tenían mucha prisa para llegar a ningún lado”, “sabían que era la hora pero ignoraban qué hora era exactamente” o “lo volveremos a hacer cuando sepamos qué hicimos exactamente”. El clímax paradójico se alcanzaría con “nunca conseguimos estar tan mal porque lo hicimos todo estupendamente bien”; o mejor aún, “lo perdimos casi todo porque no hubo jugada que no pudiéramos calificar de maestra”.

Y por supuesto hay paradojas para dar y tomar en la otra trinchera, la constitucionalista. Estos podrían ser algunos ejemplos: “Catalunya está tan dividida que aún no lo está lo suficiente”, “eran tan violentos que no se defendieron”, “el mundo entero habla de ello porque es un asunto sin importancia” o “puesto que tienen los derechos políticos intactos no pueden ser diputados”. Como zénit: “Fue la nuestra una victoria clarísima porque sufrimos una derrota abultada”.

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Donde no hay paradoja posible es en catalogar la situación política y social de Catalunya de muy preocupante. Más allá de los presos, de la represión irresponsable, de los graves errores del soberanismo institucional, de la aplicación arbitraria de la ley electoral y cuanto queramos añadir para justificar, cada uno aquello que le convenga, los hechos demuestran que como conjunto seguimos caminando por encima de hierba seca y al mínimo descuido vamos a provocar un incendio.

No es cuestión de alarmismo ni de sacar las cosas de quicio. Pero hay síntomas de agotamiento en la educación y en el respeto que no anticipan nada bueno. El espacio básico de la convivencia no puede romperse. Hacen mal quienes menosprecian o minusvaloran estos síntomas y son peores los que utilizan altavoces de representatividad para añadir más leña al fuego. La tentación de instalarse en la paradoja del tipo “nunca pasa nada y, si pasa, tampoco pasa nada” es muy atractiva. Pero si uno pretende una mínima seriedad, no queda otra que aceptar que lo que no pasa en una vida acontece en un segundo. De ahí nace el negocio de la gestión de riesgos, tan importante en política.

Hay que aliviar, aunque exija un tremendo esfuerzo, los excesos de la batalla dialéctico-gestual en la que nos hemos instalado. La paradoja enseña cómo hacerlo. Podríamos empezar por “todos están actuando tan correctamente que han decidió rectificar”. Para a continuación rubricarlo con un “nadie ha pedido disculpas, pero todos las han aceptado”. Los cronistas del mañana añadirían las suyas propias: “Empezaron a hablar cuando decidieron estar callados”.