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Al contrataque

Ada Colau, junto al resto de concejales, se dirige entre abucheos del ayuntamiento de Barcelona al Palau de la Generalitat, este sábado tras la investidura.

ACN

El patio eterno

Milena Busquets

Pensaba que con el final de la campaña electoral volveríamos al mundo de los adultos o al de los niños (igual de serio e importante), pero no ha sido así: seguimos en el de los adolescentes

Siempre he estado de acuerdo con mi edad. No era una de esas niñas que a los 7 años ya desean ser adultas, de adolescente tampoco sentía una impaciencia especial por llegar a los 18 (me sentí libre mucho antes) y ahora, aunque la palabra 'madurez' me dé escalofríos y ganas de vomitar, no recurro a estratagemas para esconder mi edad o el paso del tiempo. Hace veinte años, antes de tener hijos, tal vez hubiese deseado la inmortalidad, pero ahora solo la aceptaría si incluyese a toda mi familia, la vida sin mis hijos, por muy eterna que sea, no me interesa.

Y sin embargo, últimamente tengo la sensación de haber vuelto al patio del colegio. Pensaba que con el final de la campaña electoral volveríamos al mundo de los adultos o al de los niños (igual de serio e importante), pero no ha sido así: seguimos en el de los adolescentes, en el de los granos, la prepotencia, la inseguridad, la mentira, la tozudez y la ignorancia (no siempre, claro, hay adolescentes magníficos, pero suele ser una época difícil).

Seguimos mintiendo, insultando, pensando que los demás son idiotas que no se enteran de nada y que lo más importante es salirse con la suya.

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En la plaza de Sant Jaume, mientras los miembros del nuevo consistorio intentan cruzar la plaza para entrar en el Palau de la Generalitat, unos descerebrados insultan a la nueva alcaldesa, echan pintura por la espalda a un político y lanzan monedas. Debería ser una ocasión feliz y alegre estrenar una alcaldía, y más en esta ciudad magnífica, pues no. Una vez dentro de la Generalitat, un político acusa con un dedo amenazador al presidente y le niega el saludo (debo ser realmente de otra época: señalar o levantarle el dedo a alguien me parece una grosería inaceptable, y ya no hablemos de negarle el saludo, y en su propia casa). Unos días después la alcaldesa se pone a llorar en la radio al recordar los insultos y lo dura que es la vida. ¿En serio? ¿Alguien se puede tomar en serio a esta gente?

    En otros lugares de la península, unos pactan y niegan haber pactado y amenazan con enseñar el documento del pacto (yo te enseño la mía, tú me enseñas la tuya) o romper el pacto o hacer otro pacto. Mientras la alcaldesa saliente decide renunciar a su acta porque ella quería ser alcaldesa o nada. ¡Malditos malcriados! Que me los manden unos días a casa, a cualquier casa normal, y verán lo que es bueno.