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Una mujer señala a un muñeco de Benjamín Netanyahu en Tel Aviv (Israel). 

Ariel Schalit (AP)

Una alternativa para Israel

Rafael Vilasanjuan

Echar a Netanyahu sería lo más favorable para Israel, para los palestinos y de paso también para abrir el diálogo en el conflicto más antiguo del mundo

¿Puede alguien sacar a Binyamin Netanyahu? La pregunta es la única que realmente cuenta en las elecciones del martes. Planteado como un referéndum a la figura que ha gobernado durante más tiempo Israel: si gana las elecciones abrirá su quinto mandato, superando al propio David Ben Gurion, creador del estado judío. Un récord, que anuncia con aislar aún más a Israel en el plano internacional, tras una década en donde ha dejado pasar cualquier oportunidad para demostrar que, detrás de su inflexibilidad y políticas opresivas, había un proyecto para conseguir un país mas seguro y mejor posicionado en el mapa global.

Como el presagio de lo que está pasando en medio mundo, durante esta última década, Netanyahu en su deriva hacia posiciones ultranacionalistas ha polarizado a la sociedad israelí hacia la extrema derecha, facilitando el avance de partidos anti-árabes y ultraortodoxos, que a la postre serán los que le apoyen. Lo malo es que en esta caída, Netanyahu ha arrasado también con sus aliados internacionales. En la Unión Europea, solo el presidente húngaro Víctor Orbán le apoya. Junto a Arabia Saudí, con quien comparte su odio a Irán, el resto de aliados acaban resumiéndose entre Vladimir Putin y Donald Trump, que inducido por Israel, tomó la decisión de rechazar el acuerdo de Obama y volver a imponer sanciones al régimen de los ayatolás, que vuelve a tener ambición nuclear, en un momento donde además tienen también una llave de Siria para ir poniendo bases militares y calentar aun mas el hervidero de Oriente Medio.

¿Hay alternativa a Netanyahu? El candidato mejor posicionado es Benny Gatz, un ex-general que fue jefe del ejército israelí y que ha logrado unir a los partidos de centro. Para que gane necesita que ocurran al menos otras dos cosas. La primera es que la izquierda sionista, los socialistas que fundaron el estado de Israel, que están en horas bajas, acaben apoyándole. La segunda más ajena a su capacidad de convencimiento y maniobra es que la minoría árabe-israelí acabe yendo a votar en masa, en vez de defender un nuevo boicot a unas elecciones en un estado que les considera ciudadanos de segunda.

No es fácil que la tendencia cambie. Hastiados por un gobierno que les excluye y unas leyes que les discriminan, los palestinos de Israel solo fueron a votar masivamente cuando los partidos árabes se presentaron en una lista única. No es el caso, pero aun así, si los palestinos –casi uno de cada cinco votantes- acuden a las urnas, el apoyo al ascenso ultra se diluye y los escaños pueden facilitar un cambio. Su presencia seguirá siendo minoritaria y no tendrán fácil entenderse con la izquierda. Pero cuando pactaron se llegó a los acuerdos de Oslo. Ahora, frente a la hostilidad de Netanyahu y el ascenso de la extrema derecha, las opciones parecen distantes, pero posibles. La alternativa, más necesaria que nunca, sería favorable para Israel, para los palestinos y de paso también para abrir el diálogo en el conflicto más antiguo del mundo.