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Ciencia, estudio y conocimiento

Historias de un naturalista

MONRA

Historias de un naturalista

Jordi Serrallonga

"Somos naturaleza"..., una mirada más allá de la moda 'bio'

Estoy ante el televisor. Acaban de emitir la entrevista que concedí a una importante cadena. Bajo mi nombre, en los créditos, han escrito: «arqueólogo, naturista y explorador». Nada. Ninguna llamada, ni broma en el WhatsApp o en mis redes sociales. Por supuesto, ausencia de rectificación por parte de la productora. ¿Sorprendido? No. Ya me ha ocurrido antes. Ustedes, en cambio, espero que se hayan percatado de la errata. De lo contrario, en su mente, en medio de un paisaje de acacias y arbustos espinosos, ahora deben imaginarme casi desnudo -jamás me separo del sombrero- mientras exploro la sabana africana. En efecto, no soy naturista... soy naturalista. ¿Cómo es posible que la palabra naturalista sea tan desconocida? ¿Hemos olvidado a PlinioLinneo, BuffonHumboldtMary AnningDarwin o Wallace? ¿Nos hemos olvidado del auténtico estudio de la naturaleza?

Hoy vivimos de espaldas al estudio del Cosmos

A los 13 años me hice socio de ASTER, la Asociación Astronómica de Barcelona. Dos años antes había descubierto el nuevo Museo de la Ciencia y, tras una sesión en el planetario, bajo las estrellas, decidí que quería un telescopio para emular a Galileo Galilei. ¿A quién se le pudo ocurrir, con un simple gesto, reconvertir un arma militar -el catalejo- en un revolucionario instrumento científico? Pues a este curioso toscano. En efecto, entrado el siglo XVII, Galileo analizó aquel invento que permitía ver, de lejos, la llegada de ejércitos invasores, construyó varios prototipos y los encaró hacia la bóveda celeste. De esta manera, cuando celebramos el 50º aniversario de la llegada del ser humano a la Luna -y China ha conseguido alunizar en su «cara oculta»- por primera vez pudimos observar los cráteres y mares selenitas. Los simples puntos brillantes en el firmamento que sedujeron a Hipatia, y a otros precursores de la astronomía, pronto revelaron inimaginables secretos: los cuatro satélites principales de Júpiter (Ío, Calixto, Ganimedes y Europa), algo extraño que rodeaba a Saturno (luego, con mejores lentes, resultaron ser anillos) y las fases de Venus. Incluso cartografiamos estrellas que, hasta ese momento, resultaban invisibles para el limitado ojo del Homo sapiens. ¿Por qué Galileo se tomó tantas molestias? Porque somos primates a los que nos encanta observar todo lo que nos rodea. También es cierto que, enclaustrados en nuestras junglas de asfalto, hoy vivimos de espaldas al estudio del Cosmos. Nos conformamos con creencias, modas y paraciencias que explotan, a modo de marca comercial, lo «natural» pero que, al mismo tiempo, nos alejan de la auténtica comprensión de la naturaleza.

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En resumen, resulta paradójico que, en paralelo a la proliferación de los supermercados «Bio», las controvertidas terapias médicas naturistas y el éxito de los nuevos predicadores del ecologismo malentendido, exista un preocupante desconocimiento sobre cómo acercarnos al estudio de nuestra naturaleza. Por ejemplo, las noticias acerca del espacio son de lo más leído en la prensa y revistas de ciencia popular, pero, en pleno siglo XXI, seguimos confundiendo la astrología con la astronomía, igual que el naturismo con el naturalismo. Ante la necesidad de buscar bienestar en nuestras ajetreadas vidas, en vez de actuar como Galileo, es más cómodo pensar en que los astros modelan nuestra personalidad, y destino. Nos da miedo enfrentarnos a las explicaciones científicas sobre la astrofísica, el azar y la selección natural, pero, lo cierto, es que solo somos una simple mota de polvo en la historia del Universo. De hecho, como dijo Carl Sagan, nos afecta más la atracción de la Luna -lo vemos en las mareas-, que la posición de Júpiter o Saturno el día que nacimos.

Acérquense al Museo de Ciencias Naturales

No pretendo reconvertir a nadie. Sí que puedo decir, a nivel personal, que no necesito de una carta astral para explicar quién soy, o dónde vivo. ¿Me sentiré más próximo y respetuoso con la naturaleza por comer en un restaurante «Bio», por limpiar energías con sal gema, o privando de vacunas a mi hijo? No. Estoy más cerca de proteger y conservar mi vida junto a la de los demás, así como a la naturaleza en conjunto, si estudio su origen y evolución desde la ciencia. Por eso debemos reivindicar el papel del naturalista. No es un fósil de siglos anteriores sino una figura del presente. Y no hace falta que me acompañen a la falla del Rift o a las islas Galápagos; solo les propongo un safari urbano tan asequible como apasionante: acérquense al Museo de Ciencias Naturales más próximo a su casa. Allí encontrarán la respuesta a por qué «Somos Naturaleza».

Temas: Universo