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El conflicto catalán

El vicepresidente de la Generalitat, Pere Aragonès (ERC), y el president, Quim Torra, en el Parlament.

ALBERT BERTRAN

La era del ultimátum

Marçal Sintes

Nunca hay que lanzar un ultimátum si uno es consciente de que el oponente no puede cumplir lo que se le exige

Por lo visto hemos entrado briosamente en la era del ultimátum. Torra da un ultimátum a Sánchez para que le facilite el soñado referéndum. La ANC da un ultimátum a Torra para que diga cómo va Catalunya a conseguir la independencia en breve. Los posconvergentes se los dan a ERC para que desobedezca al juez Llarena… En la política española también se cuecen este tipo de habas. Así, se chantajea a cuenta de los presupuestos, de la tesis del líder del PSOE o de lo que se tercie. La cuestión es lanzarse ultimátums a la cabeza.

Cualquier hombre o mujer con hijos, y cualquier ciudadano adulto en general, sabe que jamás hay que prometer un castigo si uno no está decidido, resuelto, a cumplir la amenaza. Porque, a no ser que sea un gran actor, si no está convencido de hacer lo que ha dicho que va a hacer, su credibilidad quedará inevitablemente debilitada, con lo que el ultimátum pierde fuelle y efecto. No hay que retar sin fundamento, a menos que no haya más remedio o uno sea un completo temerario.

En el proceso soberanista lo hemos vivido. El independentismo lanzó un ultimátum, en realidad una sucesión de ellos, al Gobierno de Rajoy, que contestaba sistemáticamente a base de porras y togas. El independentismo se vio abocado –o no atinó a encontrar una escapatoria- a redoblar la apuesta con la esperanza de que finalmente el PP se sentaría a dialogar. Algo que no sucedió, con las agrias y dolorosas consecuencias posteriores que todos conocemos. “Estábamos jugando al póquer e íbamos de farol”, resumió la 'exconsellera' Ponsatí. Sabían que no iban a ser capaces de cumplir la amenaza. Ir de farol, cuando no se trata solo de juegos de mesa, suele ser una mala táctica. No en vano ultimátum, del verbo latín ‘ultimare’, significa etimológicamente “llegar a su fin”.

Pero volvamos a la advertencia de Torra a Sánchez, que nos proporciona otra lección sobre tan apasionante asunto. Nunca hay que lanzar un ultimátum si uno es consciente de que el oponente no puede cumplir lo que se le exige. Este es exactamente el caso de Sánchez. No quiere, pero –más relevante- tampoco puede hoy acordar un referéndum de autodeterminación sobre el futuro de Catalunya. Por muchas razones, entre ellas y definitiva, porque no cuenta con la fuerza política suficiente ni dentro ni fuera de su partido.

Como es evidente que Sánchez no va a dar al 'president' Torra lo que éste le reclama con viva insistencia, ¿hemos de entender entonces que, dentro de unos cuantos días, en noviembre, el segundo va a derribar al Gobierno del primero? Podría intentarlo, pero no le conviene. No le conviene al soberanismo (que uso aquí como sinónimo de independentismo, aunque en realidad no lo sean) quebrar las piernas al líder socialista. Es más: para el soberanismo en estos momentos el escenario menos malo, en lo que al frente español se refiere, pasa por que Sánchez continúe dependiendo de conglomerado político en que ERC y PDECat resultan imprescindibles. Con lo que arribamos al corolario: uno debe guardarse de anunciar una represalia cuando esta, amén de perjudicar al otro, le perjudique sobre todo a él mismo.