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Editorial

La batalla de Barcelona

La ciudad no puede permitirse una campaña solo en clave identitaria que sepulte asuntos vitales para su futuro

Jaume Collboni y Ada Colau en un pleno del Ayuntamiento de Barcelona.

Jaume Collboni y Ada Colau en un pleno del Ayuntamiento de Barcelona.

El secreto a voces ya no es tal: el próximo martes, el exprimer ministro francés Manuel Valls presentará de manera formal en el CCCB la plataforma electoral con la que aspira a convertirse en alcalde de Barcelona. A pesar de que se le relacionó con Ciudadanos, y a falta de que se concreten los detalles, las informaciones indican que la plataforma de Valls no llevará las siglas de ningún partido y que pretende presentarse como una candidatura que supere la confrontación identitaria a la que la situación política en Catalunya parecía haber abocado las elecciones municipales. 

Con la confirmación de que Valls será de la partida, ya son tres los alcaldables confirmados: el exprimer ministro francés, la alcaldesa Ada Colau y Ernest Maragall, que liderará ERC en lugar de Alfred Bosch. Por el PSC todo indica que será Jaume Collboni el candidato, mientras que el PDECat oficialmente presentará a Neus Munté, aunque desde Bélgica Carles Puigdemont no oculta que preferiría a Ferran Mascarell. Nombres todos de peso, que dibujan un panorama inusitadamente maragalliano (el principal asesor de Valls es el que fuera jefe de gabinete de Pasqual MaragallColau ha reivindicado al alcalde olímpico, Ernest Maragall y Mascarell fueron colaboradores estrechos…) y que dan fe de que la batalla de Barcelona es crucial en la actual coyuntura política.

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Barcelona se juega mucho en estas elecciones como para permitirse el lujo de que la crisis política catalana acapare la atención de los candidatos. Para el independentismo, instalarse en el otro lado de la plaza de Sant Jaume significaría aumentar exponencialmente la potencia de su pulso institucional con el Estado, con un altavoz fenomenal como es el del ayuntamiento. Por el mismo motivo, los partidos opuestos al secesionismo aspiran a impedírselo. Pero Barcelona ya ha sufrido esta legislatura turbulencias vinculadas a la crisis política (la ruptura del pacto de gobierno de Colau con el PSC, el bloqueo del tranvía), y no se merece que asuntos vitales para la ciudad (desde la gestión del turismo hasta la degradación del Raval, pasando por la problemática de la vivienda) queden sepultados en el debate electoral por una contienda puramente identitaria. Que Pasqual Maragall sea la referencia de tantas candidaturas es, en este sentido, un inicio de campaña esperanzador.