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EL AUGE DE LOS FASCISMOS

El franquismo como estado mental

Emma Riverola

La ultraderecha emerge como reacción, un sarpullido rabioso que la deriva independentista ha exacerbado

Y como una excesiva, extemporánea, inaceptable presencia física.  ¿De dónde salen esos ultras que aparecen en las colas de las manifestaciones unionistas utilizando el nombre de España como bandera de sus desbarros fascistas? ¿Quiénes son esos tipos, con Luis Alfonso de Borbón y Martínez-Bordiu a la cabeza, que peregrinan al Valle de los Caídos esperando la reposición del NO-DO? ¿Y esos perfiles que inundan las redes con sus vómitos nostálgicos de una dictadura que nunca les hubiera permitido la discrepancia? ¿Qué sensación de impunidad lleva a un policía nacional a agredir a un fotoperiodista al grito de ¡Viva España! y ¡Viva Franco!?

Tantos años utilizando el nombre del franquismo en vano y ahora nos lo tropezamos en las esquinas. ¿Siempre estuvo ahí? ¿Ha renacido alentado por los aires de la ultraderecha europea? ¿Ha sido adoptado como el disfraz autóctono de una múltiple insatisfacción?

Los fascismos son una respuesta simple a unos problemas complejos. Vivimos la suma de diferentes crisis: la económica, la de la socialdemocracia, la de los valores europeos, la causada por la globalización, por la tecnología… Cuando todo se tambalea, la identidad suele ser el agarradero más cercano: reconocerte como miembro de una tribu frente a un enemigo común. La ultraderecha recoge ese sentimiento y lo convierte en xenofobia añadiendo unas buenas dosis de agresividad. Orgullo, odio y rabia, la combinación del horror.

Ese magma de insatisfacción derivado a totalitarismo lo vemos desde en la defensa del aguilucho hasta en la creciente horda de comentarios insoportablemente machistas que han subido de volumen ante el auge del feminismo. Es el mismo mecanismo de defensa, por eso el machismo, el racismo y la ultraderecha suelen ir de la mano, aunque no siempre es así. De hecho, la ultraderecha hace años que en Europa viene redefiniendo su mensaje para captar el voto de las mujeres. Para ello ha desarrollado un relato pseudofeminista que, bajo una supuesta defensa de los valores femeninos y de "las cosas de mujeres", no pretende la igualdad real sino una supuesta igualdad en la valoración de los roles tradicionales. Al fin, más de lo mismo.

Catalunya no está libre de hijos fascistas. Incluso los tenemos por partida doble: unos enarbolan la bandera catalana y otros la española

En cualquier caso, esa no es la situación de España. Aquí, la ultraderecha no parece haberse pensado demasiado y emerge como reacción. Un sarpullido rabioso que la deriva independentista ha exacerbado y que, precisamente por haber irrumpido en medio de un conflicto político, no está claro que se haya abordado con la suficiente seriedad. Ni por unos ni por otros.

En Catalunya se ha querido ver como un ataque 'exterior'. Una supuesta prueba del discurso propagandístico que pretende equiparar al Estado español con una dictadura. Cada acción de la ultraderecha es amplificada. Interesa ponerle altavoces, hacerla parecer más potente de lo que es. Quizá es esa la estrategia de 'Preguntes Freqüents' (FAQS), programa de alta audiencia de TV-3, cuando pasea por su plató a miembros de Vox o de la Fundación Nacional Francisco Franco. El mensaje populista vende a los ultras como parte del enemigo exterior, del mismo modo que se manipula la historia para presentar al franquismo como algo ajeno a Catalunya. Obviando que aquí también fueron muchos los que ganaron la guerra. Incluso algunos de ellos, con la transición, pasaron a partidos nacionalistas catalanes.

Catalunya, por mucho que quieran los amantes de la pureza, no está libre de hijos fascistas. Incluso los tenemos por partida doble: unos enarbolan la bandera catalana y otros la española. Y son esas banderas, precisamente, las que demasiadas veces entorpecen la mirada e incluso la velan, tratando con excesiva condescendencia los tics esencialistas, en la misma lógica de la xenofobia, que circulan 'entre los nuestros', sean quienes sean esos nuestros.  

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España ha sido más que condescendiente con la ultraderecha. Probablemente, la historia del PP no es ajena a esa anuencia. En su momento, el partido supo lanzar una moneda al aire por la democracia y a sus filas se sumaron los franquistas más moderados. La cara es que desactivó la aparición de partidos de extrema derecha, a diferencia de lo que ha ocurrido en el resto de Europa. La cruz es su tendencia a mirar hacia el otro lado, quizá consciente de su papel de funambulista.  Una inacción que se convierte en ignominia. Hoy, los restos del dictador siguen descansando en un lugar de peregrinaje, la Fundación Francisco Franco es legal, hay más de 100.000 desaparecidos y arrojados a fosas comunes que aún no se han recuperado, torturadores condecorados y miles de crímenes del franquismo sin investigar ni enjuiciar.

La ultraderecha no es ajena a nuestra sociedad. Existe porque es el refugio mental de múltiples insatisfacciones y la infección de una identidad excluyente y caduca que se siente herida. Cuesta creer que el espantajo de un dictador en blanco y negro sea capaz de atraer ideológicamente más que a cuatro enajenados de su tiempo, pero la lógica de deshumanizar y caricaturizar al otro sí se está normalizando. Y ahí empieza todo lo malo.

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