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LOS ESCRITOS DE TORRA

'President', lo suyo no es ironía, es una barbaridad

Jordi Mercader

En los artículos denunciados no hay figuras retóricas, sino una idea de país rechazada por varias generaciones del catalanismo

El nuevo presidente ha entrado con mal pie en la Generalitat por culpa de unos viejos textos muy comprometedores. Acorralado en el Parlament por el carácter etnicista de algunos de ellos, Quim Torra pidió perdón y amagó con escudarse en la ironía, luego transformada en periodismo dialéctico. Gajes del oficio, vino a decir. Sin embargo, al leer "… cuando se decide no hablar en catalán se está decidiendo dar la espalda a Catalunya", no se descubre ironía, ni dialéctica, solo dogma del peor de los nacionalismos. En el catálogo de los artículos denunciados no hay figuras retóricas sino una idea de país rechazada por varias generaciones del catalanismo, descrita con el desparpajo de quien cree que sus bestias y sus cabras le proporcionarán el aplauso de los suyos, de una parte de los suyos.

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La ironía es una cosa seria, nace de la sospecha de estar ante una contradicción, está preñada de duda y de voluntad de ganar perspectiva para no caer por el precipicio de las verdades falsas. Es una invitación a exprimir el sentido de las palabras y los conceptos que puede ser malinterpretada; este es el riesgo de la ironía, pero recae todo en el ironista no en el lector. La ironía no es una excusa para justificar el exceso, todo lo contrario, es una formulación prudente para evitarlo, por eso hay que reivindicarla ante quienes buscan confundirla como refugio de barbaridades.

Cuando el periodista dialéctico ahora presidente aludía "a la pequeña sacudida en su cadena de ADN" de quienes no comparten su visión del catalanismo excluyente no ejercía de irónico, ni tan solo de sarcástico, que sería un ironista con alevosía, sino de sectario. Pio Baroja decía de Unamuno que sus obras parecían escritas para molestar al lector. De los artículos de Torra, podría decirse que parecen pensados para ofender a una mayoría de lectores. De hecho no los tuvo hasta que la selección literaria del horror se ha convertido en un improvisado ensayo de su pensamiento político por culpa de su recién investida honorabilidad.

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