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IDEAS

Tu vida es un cromo (del Mundial)

Tu vida es un cromo (del Mundial)

Miqui Otero

Empiezas el álbum del Mundial bajo el conjuro de ecos de euforias infantiles y envuelto en la promesa de vermuts dominicales de trueque en el mercado de Sant Antoni. ¡Oh, 'faltis' saltando de mano en mano, centelleo en los ojos y hombros broncíneos tostándose al sol del ocio, 'repes' desplegados sobre el brillo de mesas de zinc, brindis de Cacaolat y cerveza, fiebre del oro en las terrazas, vuestra es mi primavera!

Uno, a riesgo de hacer padecer por su salud mental a los suyos, tiene que entregarse a estos raptos líricos si lo que acaba de hacer es comprarse a los treinta y muchos años el álbum de cromos del campeonato del mundo en Rusia. Puede, también, escudarse en su educación sentimental: crecí en un barrio que es la Meca de esta disciplina. En el mismo mercadillo donde descubrí mis primeros Tintines y las novelas de segunda mano que me inocularon la obsesión por escribir, cambié cromos desde pequeño. Cuando los cromos costaban lo mismo al margen de la mucha o poca valía del jugador, lo mismo que, aprendí, sucedía con los libros. Cuando los padres más bondadosos se convertían en el asesino yupi de la novela 'American Psycho', codazos a infantes gafotas para conseguir ese escudo plateado de Brasil, ese campo mexicano, ese errante central holandés. Cuando prometía que siempre bebería Trinaranjus.

"¡Ningún azar es tan puro como el de abrir un sobre de cromos!", me dice Jordi Puntí

Han pasado décadas y, pese a saber que el fútbol moderno es uno de los nudos de la corrupción capitalista, me resulta imposible resistirme. Mis amigos han creado un grupo de WhatsApp, porque se sienten igual. "El papel es peor y los cromos, más pequeños. ¡Los fondos son todos falsos!", dice uno. "Nada es como antes", se mofa otro. Y los dos tienen razón. "A cultural enriching experience", apunta un colega irlandés. "El fotógrafo inglés es picassiano: cara de frente y nariz de perfil"; "Australia y Túnez, zonas conflictivas por despoblación"; "Jugadores croatas y serbios en escorzo. ¿Ligazón sociogeográfica?", brama el coro.

Entonces pasamos a hacer lo de siempre, emocionados como niños ancianos, con la pizca de ironía posmoderna justa, un chorrito amargo en el cóctel dulce y también una piedrita de hielo. Somos los mismos que comentaban en su día la cara de Trifon Ivanov (Bulgaria) y de Dirk Kuyt (Holanda). Este Owairan de la piñata fea metió uno de los mejores goles de la historia de los mundiales. Este Abdullah Al-Zori con cara de fan del reggae, ¿debería pasar el test de dopaje? ¿Tiene Coutinho una resaca importante? ¿Hay mejor nombre para un hijo que el de Randal Azofeifa, de Costa Rica?

Un mal augurio

Y quedamos para el siguiente domingo o para el siguiente bar. Los cromos, como las casas de infancia a las que vuelves, parecen más pequeños, pero huelen igual. Nunca te bañas dos veces en el mismo álbum y nunca dejas de ser el mismo. Tienes hijos (pequeños) pero te sigues sintiendo hijo (pequeño) cuando llega la primavera de Mundial.

Vuelvo al inicio, doy un sorbo a la cerveza (disculpas al mocoso que prometió adhesión insobornable al Trina) y me dispongo a rasgar el primer sobre de la temporada, con un cosquilleo violentamente aniñado remontando mi esternón. Pero lo abro y me sale André Gomes. Sí, el jugador calado, el que no arranca, el que confesó sentirse deprimido por su mal rendimiento. Es un mal augurio para una madurez de fado. "Míralo por el lado positivo. Como diría mi hijo: mucha broma, pero juega con Messi y con Cristiano", me consuela Juan Pablo Villalobos. "Ja, ja, ja, ¡ningún azar es tan puro como el de abrir un sobre de cromos!", me dice Jordi Puntí. Y entiendo el baño de realidad: tiene todo el sentido que a mi edad me haya tocado un arranque de álbum tan contradictorio, difícil, melancólico. Cuento las horas para volver al quiosco y buscar a Messi en el siguiente sobre.

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