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MIRADOR

Nos acordamos de Turquía

Jordi Puntí

No, España no es Turquía. Aun no, en todo caso. Hace siete días un juez turco condenó a cadena perpetua a tres periodistas y escritores, detenidos en el 2016 por supuestas conexiones con la trama golpista contra Erdogan, y hay 17 más que esperan juicio en prisión preventiva. En algún caso, además, el Tribunal Constitucional dictaminó que fueran liberados por violación de sus derechos, pero el Gobierno ha ignorado la sentencia.

España no es como Turquía: aquí a menudo da la sensación de que el silencio y la mansedumbre de gran parte de la ciudadanía y de la judicatura son voluntarios

Nos acordamos de Turquía cuando estos días vemos como en España se reprime la libertad de expresión: la censura en ARCO, la condena de músicos por sus letras, el secuestro de un libro de contenido periodístico. Lo añadimos a la lista de abusos del 2017 -con un músico encausado por letras contra el rey Juan Carlos, dibujantes, actores y un payaso imputados por delito de odio-, y la conclusión es que España se parece cada vez más en Turquía, sí. Pero España es sobre todo España y su historia, con su propio pedigrí totalitario, y eso ya nos debería poner en alerta. Es más exacto situar el gobierno del PP -y la propuesta alt-right de Ciudadanos- en la línea de las democracias que deforman el poder a través del control de los medios y el uso de la posverdad. Por lo tanto, esta España es más cercana a los Estados Unidos de Donald Trump, al populismo de Polonia y de Hungría ... Gobiernos que aceptan sin complejos a la ultraderecha como compañeros de viaje, que usan el ataque fiscal como método de defensa.

Aquí, además, la aplicación de la ley Mordaza se sirve de una estrategia de distracción de la ciudadanía: la situación política en Catalunya, contada a través de noticias falsas y unos abusos policiales en el 1-O vendidos como acción de la justicia, es muy a menudo la cortina de humo de una realidad corrupta. El otro elemento es un sistema judicial heredado del franquismo, en el que algunos jueces interpretan la ley como si todavía imperara el nacionalcatolicismo, y es dramático que su colectivo no haga sentir las voces críticas. No, España no es como Turquía: aquí a menudo da la sensación de que el silencio y la mansedumbre de gran parte de la ciudadanía y de la judicatura son voluntarios. Así no vamos a ninguna parte.

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