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Al contrataque

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El declive del Camp Nou

Antonio Franco

Las principales causas que se citan de la caída de público en el Estadi son poco convincentes

Las decadencias a veces se expresan en indicios que parecen anecdóticos. Pienso en el súbito descenso de público en el Camp Nou a lo largo del último año, cuando el Barça no solo es líder sino que ha conseguido una diferencia histórica de puntos de ventaja al Real Madrid. Antes la asistencia tradicional media al Estadi eran unos 75.000 espectadores. Este curso de excelentes resultados y con Messi en el momento más espléndido y espectacular de su carrera a duras penas llega a los 64.000.

 Las principales causas que se citan son poco convincentes. El frío, por ejemplo, nunca había sido demasiado determinante para  que asistiesen o no miles de socios que ya habían pagado por adelantado la entrada (y este último dato impide relacionar los precios con los huecos). Y el frío no existía al final del verano y en otoño, cuando ya era nítida la inasistencia voluntaria. Tampoco convence relacionarlo totalmente con el ligero descenso del turismo a partir de octubre porque entonces ya se había iniciado la tendencia.

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 Hay insatisfechos que dicen que la gente falla porque el equipo no juega bien; les recordaré que cuando el Barça estuvo 14 años sin ganar la Liga las graderías estaban a rebosar. Los horarios que impone la TV son locos, pero no olvido una asistencia total a un partido contra el Sevilla, en el 2003, que los federativos de Madrid obligaron a juga casi a medianoche.

Incomodidad

Cada una de estas cosas puede influir, pero todas ellas juntas son insuficientes para explican todo lo que está pasando. Quizá deberíamos sumar otro posible factor más, la incomodidad que sienten -y que rehúyen- muchas personas ante la situación que se produce ahora en el graderío al llegar al minuto que las consignas independentistas han elegido para gritar a favor de su causa. Y no son tanto esas consignas, ya muy presentes en la vida catalana, como las miradas que generan, unas miradas que se cruzan o desvían entre quienes levantan la voz y los que callan. Hay desazón, aunque sea íntima, pues subrayan la ruptura de lo que hasta ese instante era alegre complicidad unitaria.

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Digan lo que digan es imposible separar la política y el deporte, y nunca defenderé que se prohíba gritar en los recintos deportivos nada que no sea insultante. Pero aunque sea lícito lo del Camp Nou genera cierta incomodidad que puede estar restando asistentes. Añadiré algo más: las últimas elecciones demostraron que en Catalunya hay casi paridad, aunque haya más antisecesionistas que separatistas. Posiblemente la masa social barcelonista tendrá el mismo equilibrio o uno similar aunque invertido. En cualquier caso sería muy racional, por 'fair play', que nadie intentase apropiarse de la imágen global del Estadi para su causa, que no es unánime. En cualquier caso no tenemos una crisis del Camp Nou sino del país, con otro cierto declive hijo tal vez de la desunión.

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