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Una etapa geológica de moda

Ilustración 16-1-2018

¿El renacer del antropocentrismo?

Jordi Serrallonga

No somos tan importantes para hablar de Antropoceno por la acción humana sobre el cambio climático

Geocéntricos, antropocéntricos, etnocéntricos, egocéntricos... Así somos los humanos. Una lejana galaxia, un helecho o una ballena, de poder hablar, dirían que nos pasamos el día mirándonos el ombligo. Por un lado, es natural que así sea; somos los observadores del cosmos y es lógico que lo midamos todo en función de nuestra escala. Pero existen límites. Y la ciencia ha ido desmontando, uno por uno, los mitos y leyendas –sobre la falsa superioridad humana– que, en ocasiones, ella misma ayudó a reforzar. De hecho la ciencia no se equivoca, son los científicos y científicas los que –de forma consciente o inconsciente–, inmersos en un contexto social, político, religioso e intelectual acorde a su época histórica, a veces sostienen las tesis del poder establecido.

¿No me creen? ¿Cuánto tiempo tuvo que pasar para que el heliocentrismo de Copérnico, Galileo y Kepler se impusiera a la visión geocéntrica del universo? La civilización europea había situado a la Tierra como centro del sistema solar. El Sol, y todos los planetas, giraban en torno nuestro. Lo mismo ocurrió con la explicación sobre el origen de la humanidad: éramos el centro de la creación divina.

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Aquí todo resulta más hilarante si además le añadimos el factor etnocéntrico. Un ejemplo: cuando, en el siglo XVII, John Lighfoot –vicerrector de la Universidad de Cambridge– calculó la fecha de aparición de Adán y Eva. Genial... los dos primeros humanos –por supuesto, blancos y de aspecto atractivo– habían saltado a escena el 23 de Octubre del 4004 a.C., a las nueve en punto de la mañana. Casualidades de la vida, fecha y hora coincidían con el inicio del curso académico en Cambridge. Un etnocentrismo compartido por Vicente Mares; en su obra La fénix troyana –también en el siglo XVII–, situó el edén, y la génesis de Adán y Eva, en Valencia.

El origen biológico de la vida

Lo cierto es que muchos científicos europeos defendieron esta idea de una creación inmutable y perfecta del ser humano hasta que personajes, como Charles R. Darwin –en pleno siglo XIX–, osaron proponer un origen biológico de la vida, además de la mutabilidad de la misma. Humanos, y el resto de los seres vivos, compartíamos un mismo principio que, lejos de un diseño divino, había tomado los caminos azarosos de la evolución biológica.

Paul Josef Crutzen, Nobel de Química en el 2000, puso de moda una nueva etapa geológica: el Antropoceno

Y cuando creíamos que el antropocentrismo científico estaba superado, hoy se ha puesto de moda una nueva época geológica: el Antropoceno. Fue sugerida, en el año 2000, por el Nobel de Química Paul Josef Crutzen. Un término no aprobado por la Unión Internacional de Ciencias Geológicas aunque avalado por muchos de mis queridos y queridas colegas. ¿Por qué? Porque dicha idea se ha visto retroalimentada con la evidencia científica del cambio climático y global que padece nuestro pequeño planeta azul.

La alteración del medio físico

Está claro –las pruebas más sólidas han sido aportadas por la arqueología y la paleontología– que existe un cambio climático provocado y acelerado por la actividad humana. Mucho antes de nuestras junglas de asfalto y la revolución industrial, ya en el Neolítico, detectamos que se empezó a alterar el medio físico gracias a la agricultura, la ganadería y el asentamiento de grandes poblaciones (por lo tanto, deberíamos disculpar o eximir de responsabilidad a los primeros humanos cazadores y recolectores).

Ahora bien, de ahí a nombrar esta nueva época geológica como Antropoceno dista un gran trecho. No somos tan importantes. Solo somos una especie más en el contexto de la vida en el planeta y si queremos estudiarnos, en la justa medida, sería más acertado seguir haciendo ciencia desde una perspectiva global.

No tiene sentido que hablemos de un periodo que, siendo generosos, ocupa tan solo 14.000 años de historia cosmológica y geológica

Al igual que a nadie se le ha ocurrido denominar como «Trilobiticeno» al Paleozoico (desde los 541 hasta los 298 millones de años la Tierra fue dominada por los trilobites); de la misma manera que no definimos como «Sauroceno» al Mesozoico (los dinosaurios saurópodos reinaron en el planeta durante unos 180 millones de años), ahora no tiene sentido que hablemos de Antropoceno para un período que, siendo generosos, ocupa tan solo 14.000 años de historia cosmológica y geológica. Incluso menos si situamos su inicio en el año 1800 (muchos marcan la Revolución Industrial para el inicio del Antropoceno).

Estudiar y debatir sobre el cambio climático es crucial pero, por favor, no regresemos al antropocentrismo científico. Es cierto que el término Antropoceno tiene gancho mediático, pero el estudio de la ecología –donde destacó el gran Ramon Margalef–, o el de la evolución, no puede caer en el lado oscuro del antropocentrismo.

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