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ANÁLISIS

Junqueras, en una imagen previa a su encarcelamiento, junto a Marta Rovira, cuya acusación al Estado de haber amenazado con un baño de sangre en Catalunya ha sido desmentida por los mediadores Urkullu, Ribó y Omella.

ACN / NÚRIA JULIÀ

La hora bruja catalana

Luis Mauri

Los políticos suelen mentir en las campañas, pero esta vez el engaño ha llegado mucho antes que los vientos electorales

Esta será, es ya, una campaña electoral para tomar apuntes. El marco político general y los perfiles particulares sufren graves deformaciones en la dimensión desconocida. Buena parte del terreno está inexplorado. No hay referencias diáfanas o inequívocas. Catalunya está instalada en la hora bruja.

Esta es la campaña electoral de las primeras veces. La primera vez que un candidato a president se zafa de la justicia escapando al extranjero. La primera vez que otro presidenciable está en prisión preventiva, al menos por el momento. La primera vez que el Gobierno catalán ha sido depuesto y sus miembros procesados por haber violado la Constitución y el Estatut y declarado unilateralmente la independencia. La primera vez que la Generalitat está intervenida por el Estado.

Rivalidad inesperada

La coalición independentista que gobernaba hasta su destitución se ha quebrado. ERC y los posconvergentes del PDECat renuncian sobre el papel a la vía unilateral tras el colosal fiasco del primer intento, pero sus candidatos competirán entre sí en las urnas. Esquerra y Junqueras no han querido aplazar por más tiempo la certificación de su liderazgo político en Catalunya. Pero en el último momento las espléndidas expectativas de los republicanos han topado con una adversidad inesperada. La candidatura de Puigdemont, inesperada incluso en su propio partido, se alza como un obstáculo muy serio frente a los cálculos electorales de ERC.

Con gran probabilidad, Puigdemont puede evitar el anunciado colapso del PDECat y el trasvase de las últimas reservas electorales posconvergentes a los silos de Esquerra. Catalunya está instalada en la hora bruja, sí. Pero hay algunas cosas que permanecen inmutables. Como la asombrosa capacidad de los herederos de Convergència para escapar de la tumba cuando ya el enterrador está echando paladas de tierra sobre el ataúd. Solo hay que recordar que ya hubo un momento en que la máxima institución gubernativa en manos del partido era la alcaldía de Sant Cugat. 

Rosario de embustes

Es sabido que los candidatos suelen mentir en campaña o, dicho de otro modo, que cuando gobiernan suelen olvidarse de sus compromisos. Pero en estas elecciones la mentira no solo anidará en algunas promesas. En el laberinto catalán, el engaño ha llegado mucho antes que los vientos electorales. El tan cacareado derecho a decidir no existe en ningún marco jurídico internacional. El de autodeterminación es inaplicable en Catalunya, de acuerdo con la ONU. El Gobierno de Rajoy es profundamente conservador y centralista, ha abdicado de la política en la cuestión catalana y muestra una pulsión autoritaria, pero España no vive bajo una dictadura ni Franco ha resucitado. A Rosa Parks la amparó la Constitución de los EEUU frente a las leyes racistas de los estados sureños. La mayoría de los catalanes no votó independencia en el 2015. Amnistía Internacional no ha encontrado a ningún preso político catalán, tampoco exiliado. Ni la UE ni EEUU ni ninguna potencia han brindado amparo al independentismo catalán. El capital, tampoco; al contrario, hace las maletas. Ni las empresas marchan ni la Agencia del Medicamento deja de venir por las deplorables cargas policiales del 1-O. La DUI ahora parece que no era tan DUI como aparentaba. Tampoco la independencia era imparable ni todo estaba preparado: más bien nada. Las amenazas de masacre han sido desmentidas por los mediadores Urkullu, Ribó y Omella.

Es el signo de los tiempos. Populismo y postverdad, ese detestable eufemismo de falacia. Brexit y Trump. Y ahora, el turno de Catalunya.

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