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UNA CELEBRACIÓN PERSONAL

No hay fiesta de cumpleaños sin un pastel en su celebración.

Cumpleaños

Josep Maria Pou

Yo no sé que ocurrirá en otros oficios, pero les aseguro que en el mio uno pasa de «joven promesa» a «vieja gloria» sin enterarse

Esta semana cumplo años. Muchos. Más de los que nunca había imaginado. De joven –de más joven, quiero decir; romántico, iluso, quijote, estúpido, viviendo en los libros las más de las veces– me identificaba con la famosa frase: «Vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver». (Hago un inciso: esta frase nunca la dijo James Dean, a quien se le atribuye erróneamente, sino un colega suyo, Humphrey Bogart, en una secuencia de la película Llamad a cualquier puerta, de Nicholas Ray. James Dean se limitó a llenarla de contenido a costa de su propia vida).

Dejé de creer en la antedicha frase cuando, con el paso de los años, me topé con esta otra: «Demasiado viejo para morir joven», título de una de las primeras películas de Isabel Coixet, rotunda sentencia que me bajaba a la tierra y me quitaba, de golpe, la tontería. (Hago otro inciso: no se pierdan, por cierto, la última de la Coixet, recién estrenada, La librería, un prodigio). Ya no valía seguir ignorando el calendario. Ya, ni joven ni viejo sino todo lo contrario. Ya, en tierra de nadie. Ya, en esa edad en la que un paso en falso o una mirada hacia atrás te convierte en estatua de sal o te hace cariátide de por vida. 

«Lo de en medio»

Yo no sé que ocurrirá en otros oficios, pero les aseguro que en el mio uno pasa de «joven promesa» a «vieja gloria» sin enterarse. ¿Y donde está lo de en medio?, te preguntas. Y aprendes que «lo de en medio» se ha quedado, hecho polvo de escenario, en los cientos de trajes que has colgado en otros tantos camerinos de paso, y en las muchas frases aprendidas que dabas ya por olvidadas, pero que ahora mismo, justo en la celebración del cumpleaños, notas que empiezan a latir de nuevo contra la pared maciza de la memoria.

Y, comediante al fin, me abrazo a Shakespeare, mi filósofo de cabecera, y repito, con él, la frase aprendida: «La vida no es más que una sombra que pasa; un pobre cómico que se pavonea y agita una hora sobre la escena y después no se le oye más».

Y levanto la copa. Y brindo por mis años. Por más años.

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