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El órdago secesionista

Bomberos pirómanos

Mirta Arigoria

Bomberos pirómanos

Josep Oliver Alonso

El resultado final de una creída o impostada ensoñación postulaba una independencia sin costes

Estupefacción: siendo consciente que la gran mayoría de las promesas de la Generalitat no eran alcanzables, he de confesar que la realidad me ha superado una vez más. Saben mi posición sobre los acontecimientos de Catalunya, y hasta qué punto la agresividad del Partido Popular respecto del Estatut, su jibarización en las Cortes, la sentencia del Tribunal Constitucional y la ausencia de propuestas de Mariano Rajoy, tienen una enorme responsabilidad en lo acaecido. Siendo ello cierto, no lo es menos que la gestión del Gobierno catalán ha sido decepcionante.

El relato independentista se ha basado en cuatro ideas-fuerza. Primero, dado el drenaje fiscal que España hace de los recursos de Catalunya, con la independencia mejoraría nuestro nivel de vida de inmediato: una transición económica sin costes abriría una etapa de prosperidad que situaría a Catalunya como la Dinamarca del sur. Segundo, la nueva república continuaría en la Unión Europea y, por tanto, su sistema financiero protegido por el paraguas del BCE y el sector público por el del MEDE. Tercero, sería reconocida por los principales estados del mundo y, en particular, por los de la UE. Finalmente, las estructuras de Estado estarían a punto el día de la proclamación republicana. ¿Qué ha quedado de esta argumentación? 

La huida de empresas y bancos

En el ámbito económico, en primer lugar, lo sucedido y la ausencia de respuesta del Govern manifiesta una insólita ingenuidad o simple engaño: parece increíble no prever la huida de empresas y bancos, la pérdida de confianza o el frenazo de la inversión. Segundo, en relaciones exteriores, era falso postular que íbamos a mantenernos en la Unión Europea y el euro: para el que quisiera ver, las advertencias acerca de esa imposibilidad eran claras. Como evidentes las desastrosas consecuencias de una ruptura unilateral que nos hubiera separado de la protección europea.

Tercero, engaño en el relato que la comunidad internacional iba a aceptar impávida el hundimiento de España y el nacimiento de la nueva república. ¿Alguien se lo creyó? ¿Se podía razonablemente esperar que los EEUU, aliados de España desde los acuerdos con el general Franco de los años 50, iban a poner en riesgo sus bases? Finalmente, ahora es evidente que postular que las estructuras de Estado estarían preparadas el día D era simple mentira. 

Postular que las estructuras de Estado estarían dispuestas para el día D era simple mentira

¿Cuál es el común denominador de esta argumentación? Siendo generosos, y aceptando lo que afirmaba el martes el 'exconseller' Santi Vila, refleja una monumental ingenuidad. Con menos benevolencia, expresa un cínico engaño al que han contribuido poderosamente las opiniones de profesionales de prestigio, apoyando esas falsas verdades. Ahora, cuando se ha comenzado a reconocer que la independencia no era posible, habría que preguntarles qué es lo que ha cambiado. En todo caso, aparecen como los bomberos pirómanos del proceso.

Ingenuidad y cinismo electoral

A la luz de lo sucedido, caben dos interpretaciones. Por un lado, la de la ingenuidad, que no dudo que haya existido. De ser cierto, dice muy poco a favor de la dirigencia independentista: si hay algo peor que la incompetencia de los gobernantes es que se crean su propia propaganda. Por el otro, la del cinismo electoral: uno tiene la profunda sospecha que, más que de la independencia, de lo que realmente se ha estado discutiendo desde el 2012 era sobre resultados electorales. Es decir, una vez el polvo de la imposible república se asentara, qué partido emergería como el eje central del país.

Pero en suma, y sea cual sea la valoración de las motivaciones en presencia, el resultado final de esa creída o impostada ensoñación postulaba una independencia sin costes. Un discurso asumido por muchos, asustados por el incierto futuro que generan la globalización y el cambio técnico. Pero que fuera aceptado por millones, no le confiere mayor verosimilitud.

Tras el batalla, el paisaje es desolador. Para mí, lo definen la tristeza, la inquietud y la desesperanza

Tras la batalla, el paisaje es desolador. Para mí, lo definen la tristeza, la inquietud y la desesperanza. Tristeza, porque veo mi Catalunya, aquella sociedad meritocrática, abierta y mestiza del pujolismo, separada por una creciente fosa, que ofrece una cara de mi país que nunca creí que vería. Inquietud, por nuestro futuro económico, a corto y a medio plazo, porque las elecciones dejarán Catalunya como está y, dada la posición de Madrid, los próximos años no serán muy distintos. Desesperanza, porque la situación en la que nos encontramos sugiere dificultades crecientes para regresar a una nueva normalidad que permita recuperar una reputación muy dañada. Tristeza, inquietud, desesperanza. Buenas noches. Y buena suerte. A todos.

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