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Las inversiones en ciencia

Aparato de resonancia magnética en el Hospital del Vall d’Hebron.

JULIO CARBÓ

Einstein, innovación científica y conciencia social

Ignasi López Verdeguer

Hay que ser pacientes y perseverantes para que las investigaciones científicas acaben floreciendo


En el invierno de 1925 a 1926 Albert Einstein, entonces ya el científico más conocido del mundo, llegó a un acuerdo con su amigo Leo Szilard sobre la repartición de royaltis de sus potenciales inventos conjuntos en el campo de la refrigeración. Einstein, alma de algunas ideas más brillantes de la física -entre otras, la predicción de las ondas gravitacionales cuyo descubrimiento se ha reconocido con el premio Nobel de Física en el 2017-  también trató de inventar neveras

Einstein y Szilard habían quedado profundamente golpeados por la muerte de toda una familia berlinesa debido a una fuga de gases tóxicos de la bomba de su nevera durante la noche. No era un suceso inhabitual en la época, la tecnología del momento no podía evitarlo. Los dos científicos decidieron recurrir a sus conocimientos para construir y comercializar un sistema de refrigeración efectivo e inocuo. Durante los siguientes siete años produjeron nada menos que 45 patentes. Pero una combinación de la depresión posterior al crack del 29 y la introducción de otros nuevos avances tecnológicos evitó la comercialización de su prototipo más prometedor. El proyecto quedó aparcado.

Einstein no tuvo tanto éxito en el empeño como en su carrera como físico teórico pero sus avances -después de más de 90 años- sirvieron como inspiración a un joven estudiante británico para desarrollar una nevera portátil para vacunas que podría salvar millones de vidas en países en desarrollo. 

Vacunas a temperatura estable

En el 2016 Will Broadway, con solo 22 años, ganó el prestigioso premio de innovación James Dawson con un sistema de refrigeración portátil basado en los desarrollos de Einstein-Szilard. Su objetivo: mantener las vacunas sensibles a la temperatura estable durante el transporte en regiones remotas del planeta. No se trata de un problema que se pueda considerar menor: en el 2015 más de 19 millones de niños en el mundo no tuvieron acceso a servicios rutinarios de inmunización. Así pues,  los esfuerzos de Einstein-Szilard parecieron dar sus frutos aunque fuera 90 años después. 

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Hoy, una gran parte de la economía y de la solución a los grandes retos sociales proviene de la innovación científica: de la aportación de soluciones a problemas concretos desde el conocimiento. Algunos autores consideran que más de la mitad de la economía actual proviene de la innovación. Retos como el del cambio climático o la sostenibilidad de los sistemas de salud requieren políticas de innovación específicamente diseñadas y orientadas a resolverlos. Teniendo en cuenta que nuestro país se encuentra lejos de los puestos de cabeza en innovación en Europa (ocupa el lugar 17 de 28 según el European Innovation Scoreboard) cabe preguntarse si en realidad existen recetas para que la innovación crezca. La historia de Einstein-Szilard y la nevera portátil de Will Broadway es en ese sentido bien ilustrativa.

Sabemos, por ejemplo, como describe Mariana Mazzucato en su libro El estado innovador, que la innovación es un proceso colectivo, acumulativo y que los «errores» (el prototipo de Einstein-Szilard, por ejemplo) no se deben contar como resultados negativos. La inversión en innovación es de alto riesgo debido al gran tiempo de retorno y a la alta incertidumbre respecto a los resultados finales y, por tanto, hay que ser paciente y perseverante para que los resultados y las soluciones acaben floreciendo. 

La función social

La historia nos apunta a otro ingrediente que no suele destacar entre las muchas consideraciones técnicas: para que el proceso de innovación sea robusto se debe añadir a la ecuación la inclusión de las necesidades y los valores de la sociedad. La innovación no debe perder de vista para quién y con quién debe hacerse. Sin contar con la propia sociedad que será beneficiaria de ella, desde la familia berlinesa a los 19 millones de niños sin acceso a las vacunas que les pueden salvar la vida, no hay innovación que valga.  

Hay recetas conocidas para contribuir a una sociedad y una economía sostenible e inclusiva basada en el conocimiento. El artículo de 1996 de Scientific American que describe la histórica búsqueda que llevaron a cabo Einstein y Szilard resume que los dos científicos compartían su «alegría por las ideas, pasión por inventar y una fuerte conciencia social». Recuerda a lo que debería ser un buen sistema de investigación e innovación: el apoyo a la ciencia básica excelente, al talento investigador y una buena y efectiva traslación de conocimiento con una fuerte visión social. Ideas, personas y sociedad. 
Las recetas existen, es cuestión de aplicarlas.