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Al contrataque

El Quijote y la independencia

Xavier Sardà

La actitud de Mas, Puigdemont y compañía es netamente cervantina y alejada de la denostada catalanidad moderada, pactista y racional

Hasta ahora lo normal era ver a un Pablo Iglesias quijotísimo luchando contra los gigantes de la corrupción, y a Rajoy como un enorme molino de viento aguantando impertérrito tremendos huracanes. Pero ¿y si resultase ser que lo tan propio de la encastillada Castilla comenzase a ser usanza por estos lares catalanes? ¿Y si los líderes independentistas fuesen españoles, precisamente en el sentido quijotesco del término? ¿Y si fuesen adalides con un ideal memorable por el cual merece la pena batirse el cobre? Don Quijote representa la fe en algo inmutable y puro. Una fe que no se entrega fácilmente y exige servidumbre y sacrificio.

Imagino a Mas, Puigdemont y compañía sintiéndose impelidos a la ardua tarea de liberar a Catalunya contra toda adversidad. Libertadores quijotescos luchando contra los gigantes de la nefasta España opresora, «desnatadora del entendimiento y carcomedora del seso». La suya es una actitud netamente cervantina y alejada de la  denostada catalanidad moderada, pactista y racional. La suya es, en definitiva, una actitud intrépida, ufana y testicular.

ENTONCES ÉRAMOS LOS MALOS

Veo a los Llachs, Guardiolas y Forcadells «lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor» y muy lejos de los temerosos y cobardes Almirall, Vicens Vives o Tarradellas.

Para don Quijote, lo más espantoso de la vida es encerrarse en uno mismo con autocomplacencia. Hay que entregar la vida a un alto cometido desfacedor de entuertos y salvador de desvalidos. A Junqueras lo imagino de Sancho Panza, llegando como gobernador de la Ínsula de Barataria: «Al llegar a las puertas de la villa, que era cercada, salió el regimiento del pueblo; tocaron las campanas y todos  los vecinos dieron muestras de general alegría y con mucha pompa le llevaron a la iglesia mayor a dar gracias a Dios, y luego con algunas ridículas ceremonias le entregaron las llaves del pueblo».

Simón Bolívar (1783-1830) fue visionario, guerrero, estadista y escritor. Liberó cinco países, participó en 427 batallas, dirigió 37 campañas. Era un lector insaciable y se sintió influido y fascinado por el Quijote, hasta el punto de que sus biógrafos han establecido claros paralelismos entre ambos personajes. Frases quijotescas de Bolívar: «Yo me he metido a alfarero de repúblicas», «he tomado el nombre del hombre de las dificultades», «yo siento que la energía de mi alma se eleva, se ensancha y se iguala siempre a la magnitud de los peligros», «de manera que, al crearme Dios, permitió esta tempestuosa revolución para que pudiera yo vivir ocupado de mi destino especial». ¿Nos suena remotamente?

Y no me vengan con los almogàvers y los héroes de aquí, que entonces éramos los malos. Ahora, por lo visto, lo es España.

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