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¿Esclavos de la seguridad?

Carlos Carnicero Urabayen

Es muy difícil imaginar que en Bruselas y otras ciudades europeas amenazadas todo vuelva a ser como antes del 13 de noviembre

¿Se puede perder libertad tratando de protegerla? Es la pregunta que nos hacemos desde el sábado quienes vivimos en Bruselas. Amanecimos con tanques, soldados, policía y miedo; con tiendas, museos, bares y restaurantes cerrados. El Gobierno decretó el estado de máxima alerta ante el «riesgo serio e inminente» de un ataque terrorista.

La vida tal y como la conocíamos fue borrada. ¿Es esto un aperitivo de lo que les espera al resto de capitales? ¿Puede Europa perder su libertad, su señal de identidad más importante, en su empeño por proteger a sus sociedades? ¿De verdad se puede vivir sin poder comprar el periódico, asistir a conciertos ni tomar café rodeado de amigos?

Es difícil valorar algo cuando se da por descontado. Sucede con la salud y también con la libertad. Quienes hemos nacido en la España democrática no podemos valorar la libertad como lo hacen nuestros padres. Estas medidas excepcionales para proteger la libertad y la vida, ante una amenaza también excepcional, nos dan una idea de lo que nos jugamos en Europa si no somos capaces de dar una respuesta concertada e inteligente a esta amenaza.

Los islamistas que el 13 de noviembre sembraron el terror en París -y quienes según el Gobierno belga planean algo parecido aquí- han logrado temporalmente su objetivo: hacernos pensar dos veces dónde vamos, a qué hora lo hacemos y con quién estamos acompañados. Son precauciones lamentablemente habituales en otros continentes, pero absolutamente inimaginables para los europeos. Hasta ahora.

Los observadores extranjeros sospechamos que la situación creada se debe en gran medida al desbordamiento de un Ejecutivo poco eficiente -conviene recordar que Bélgica tiene el récord europeo de haber estado 353 días, en el 2011, sin formar Gobierno tras las elecciones- cuya policía de Bruselas está inexplicablemente dividida en seis autoridades independientes. Nueva York tiene una sola autoridad policial para sus 11 millones de habitantes.

En todo caso, no habrá nunca fusiles lo bastante rápidos ni policías suficientemente preparados para que nuestra vida sea cien por cien segura. No hay soluciones mágicas en seguridad. Ni siquiera acabar con el ISIS podrá garantizar una vida europea sin sobresaltos. Mejorar nuestra seguridad (dentro y fuera de Europa) es importante, pero nuestro principal reto es reconstruir sociedades poco o nada fértiles para la violencia. Es una quimera pensar que se respeta la diversidad cultural cuando una minoría no se siente integrada y engendra odio. Urge un debate maduro.

Seguimos con el nivel de máxima alerta, pero el Gobierno belga ha decidido comenzar hoy la reapertura de colegios, universidades y guarderías. Progresivamente el metro, el tranvía y el autobús volverán a funcionar. La vida volverá poco a poco a la normalidad bajo la vigilancia de un gran despliegue de seguridad (policial y militar) que cambiará por completo el paisaje de la ciudad. La verdad es que es muy difícil imaginar que todo vuelva a ser como antes.

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