Al contrataque

Palo selfi

Creemos que somos nosotros los que estamos capturando el instante, cuando lo que está ocurriendo es todo lo contrario: él nos está atrapando a nosotros

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Nadie ha visto al pequeño Aylan yaciendo en la playa. Hemos visto su foto. Nadie ha visto a la indeseable Petra Laszlo poniéndole la zancadilla a un padre que trataba de entrar en Europa con su hijo a cuestas. Lo hemos visto todos en un vídeo. Nadie asiste a la tortura de Rompesuelasen Tordesillas. Salvo cuando los defensores de los animales logran su objetivo y consiguen grabarlo.

Hasta las peores atrocidades que últimamente se asoman a nosotros a través de cualquier medio, nos llegan siempre gracias a que un objetivo estuvo allí para contarlo. Es decir, no es cierto que no lo viese nadie. Al final, hubo alguien allí que decidió tomar su móvil o su cámara y enseñárnoslo. Si ese alguien nos lo hubiera explicado sin imágenes, seguramente nada habría pasado más allá de la mera tragedia anecdótica. Porque en una sociedad que vive tras la pantalla, lo que no se ve, no existe. Porque hay situaciones tan difíciles de trasladar que no se logra ni con mil palabras. Y porque la empatía es más limitada cuanto mayor es el esperpento de lo vivido. El Estado Islámico no graba cada ejecución solo para que quede constancia. La graba para que duela más.

La propia palabra es engañosa: instantánea. Creemos que somos nosotros los que estamos capturando el instante, cuando lo que está ocurriendo es todo lo contrario. El instante nos está atrapando a nosotros, nos está secuestrando la retina como rehén y en algún momento hasta pedirá nuestro compromiso como rescate.

IMPACTO Y ACCIÓN

Y es que es precisamente la difusión de esos dolorosos impactos los que nos mueven a la acción. Esas imágenes nos golpean, nos contagian, nos conminan a no quedarnos impasibles. O al menos lo consiguen con algunos. Europa mueve el culo ante el drama humanitario. La periodista macabra es fulminantemente despedida. Y el Toro de la Vega... bueno el Toro de la Vega continúa igual.

Moraleja. Paradójicamente, si quieres que una realidad cambie, inmortalízala. Hoy nos hemos bajado todos la nueva versión de luz y taquígrafos, y se llama móvil y/o cámara. Es lo que llamo el efecto Camarga.

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Por eso me da entre gracia y pena que los informativos sigan llamando videoaficionado al que nos presta sus ojos en forma de píxeles cuando encima lo hace por amor al arte. Supongo que lo hacen para diferenciarlo del periodista o cámara profesional. Pero nada más lejos de la realidad. Ni son aficionados al vídeo ni son menos que los que cobran por ello. Me parece una palabra tan absurda y obsoleta como internauta. Pero en fin. Ellos sabrán.

El caso es que no es lo mismo oír que haberlo visto. No es lo mismo conocer que estar ahí. No es lo mismo escuchar cada día lo horrendos que aún somos como sociedad, que hacerse un selfi.