Las tensiones en el Lejano Oriente

El auge militar chino

Tras la experiencia del siglo XIX, Pekín tiene claro que hay que blindar la modernización económica

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El anuncio chino de un nuevo aumento de su gasto militar en un 10,1% en el 2015, inferior al 12,2% del año anterior pero manteniendo la tónica de los dos dígitos desde 1989, coincidió con un informe del Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (SIPRI), sobre el gasto militar en el mundo. Según estos cálculos, con cifras siempre discutibles en virtud de las omnipresentes opacidades y disparidad de criterios, China consolida la segunda posición en la clasificación global de gastos militares y se sitúa como tercer exportador global de armamento.

Varios mensajes revelan estas cifras. En primer lugar, hay una evidente voluntad de reforzar el poderío militar. Conviene tener en cuenta que la suma de los presupuestos de defensa y seguridad pública supone más de la mitad del destinado a asuntos sociales, más del doble del presupuesto de educación y el triple del destinado a la salud pública, a pesar de las importantes carencias que en este sentido aún existen en el gigante oriental.

En segundo lugar, ese incremento es inferior al del presupuesto general -el 10,4%- lo que nos viene a recordar el tradicional empeño chino de preservar cierto equilibrio evitando, sobre todo, repetir el error de la antigua URSS de apostar por un nivel tan alto de gasto militar que acabó por ahogar la economía en su conjunto. En relación al PNB, sigue situado por debajo del 2% (frente al 3% de EEUU). Según el SIPRI, los gastos militares chinos sobrepasarían en un 50% las cifras oficiales y también el 2% del PNB.

La apuesta china por modernizar el capítulo de defensa es persistente, incluyendo los recursos humanos, los equipos y la alta tecnología, con prioridad para las fuerzas navales que deben preservar la seguridad en una inmensa área costera por donde históricamente surgieron sus mayores desafíos y donde persisten sus mayores retos, Taiwán incluido. Sus importaciones, especialmente de Rusia o Francia, han descendido en cinco años un 42%, lo cual sugiere un firme compromiso con la creación de una ambiciosa industria propia de defensa.

Este sostenido aumento del nivel de gasto militar en el último cuarto de siglo tiene importantes consecuencias en la región, donde las tensiones tanto en el Mar de China meridional como oriental no cesan de aumentar. La reacción de Japón, incrementando su gasto en defensa y reinterpretando el espíritu pacifista de su Constitución, emulada por la India, Vietnam, Filipinas, Malasia e Indonesia, dan cuenta del curso de un gran juego en la región cuyo epicentro radica en las afirmaciones de soberanía de Pekín que son rechazadas por los países vecinos y nutre la hostilidad de los tres grandes rivales estratégicos de China, además de Japón, la India y EEUU. El retorno de Washington a la región encuentra aquí una polémica especialmente fecunda para transformar su aparente, y reivindicada, neutralidad en un factor influyente en los esquemas de seguridad de la región.

En los últimos tiempos, los diálogos en materia de defensa entre estas potencias y el establecimiento, en algunos casos, de asociaciones estratégicas, sugieren tensiones importantes en el futuro si China deja a un lado su discurso de apaciguamiento y cooperación, intentando resolver a toda prisa unas disputas largo tiempo congeladas. Si bien EEUU no tiene fácil atraer a su esfera de influencia a países como la India o Vietnam, la reiteración de maniobras navales y ejercicios militares abundan en una calculada utilización mutua que debe preocupar a China por su alcance y consecuencias.

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En virtud de estas circunstancias, no pocos países de la región ambicionan desarrollar relaciones, especialmente económicas, lo más amplias posibles con Pekín, pero protegiéndose al mismo tiempo de unas pretensiones territoriales que consideran abusivas. Frente al conflictivo esfuerzo en defensa, la apuesta por la integración y la cooperación económica y comercial, aun sin disipar del todo las desconfianzas, puede facilitar la recuperación de cierto equilibrio y moderar las tensiones.

Por último, para contextualizar adecuadamente el afán chino por modernizar su defensa no debemos perder de vista las razones históricas. Cuando las cañoneras de Occidente y de Japón la hundieron en la decadencia en el siglo XIX, la lección resulta inevitable: blindar la modernización económica es tanto o más importante que la modernización misma. El esfuerzo más sistemático arranca de los años 60 del pasado siglo y cabe imaginar que, sin llegar a representar el volumen del complejo militar-industrial estadounidense, también en la China del siglo XXI supondrá un vector esencial de su proyecto nacional.