07 ago 2020

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Entre la verdad y la falsedad

La mentira

Salvador Macip

Los engaños 'blancos' e intrascendentes son tan comunes que ya forman parte de la vida cotidiana

Mentir es tan humano como respirar, y casi igual de fácil. Aprendemos a hacerlo de muy pequeños, cuando descubrimos que nos permite obtener algo que queremos, y es solo después de años de experiencia y educación que conseguimos distinguir qué clase de mentiras están aceptadas y cuáles pueden tener represalias. Porque mentiras hay de muchos tipos. En un extremo encontraríamos las que se usan para controlar y oprimir (las que el escritor ruso Aleksandr Solzhenitsin lamentaba que en su país se habían convertido en un pilar del Estado) o las que se dicen para enriquecerse en detrimento del resto de la gente. En el otro estarían las que los anglosajones llaman mentiras blancas, tan comunes que ya ni nos damos cuenta de que forman parte de nuestra vida cotidiana. Luchemos con todas las fuerzas contra las primeras, porque son perniciosas para la estabilidad de cualquier grupo, pero sin las segundas nuestro tejido social también se podría deshacer.

Al menos eso es lo que proponen un grupo de científicos finlandeses y mexicanos en un artículo publicado el mes pasado en la revista Proceedings of the Royal Society B. Según este estudio, las mentiras «antisociales» (las que buscan un beneficio propio) tienen efectos nocivos en la cohesión social, pero en cambio las mentiras «leves» actuarían como agentes que ayudarían a las comunidades a formarse y crecer. Los investigadores llegaron a esta conclusión tras desarrollar un modelo matemático que simula, en un ordenador, la evolución de un conjunto de personas a lo largo del tiempo. Así, vieron que si introducían el concepto de mentiras graves en el programa, las comunidades se desintegraban porque cada elemento acababa mirando primero por sí mismo. Esto es evidente: el egoísmo en forma de engaño es nocivo para el progreso porque sin una dosis razonable de confianza en el prójimo no se pueden mantener estructuras grandes, como ciudades o países. Pero lo curioso es que cuando se añadían mentiras blancas el efecto era el contrario: los individuos formaban grupos más unidos y la red de interacciones que aparecía se hacía más grande.

Naturalmente, este estudio tiene la limitación de utilizar un modelo artificial y muy simplificado de lo que son las interacciones humanas, pero no deja de ser sorprendente la relevancia que tiene la mentira leve en nuestras vidas. Un ejemplo más cercano a la realidad lo podríamos encontrar en la película Mentiroso compulsivo, en la que un abogado descubría el impacto que tenía no poder decir ninguna mentira durante 24 horas. Aunque no quede muy bien citar en un mismo artículo una comedia de Jim Carrey y un premio Nobel de Literatura, en este caso es un buen ejercicio de reflexión: por poco que pensamos, es fácil darnos cuenta de que si todo el mundo dijera siempre lo que le pasa por la cabeza las cosas irían de mal en peor.

Por desgracia, últimamente hemos podido ser testigos del daño que hacen a la sociedad las otras mentiras, las que provienen de alguien a quien hemos cedido una cantidad importante de poder. Estos personajes, elegidos entre sus iguales y erigidos como ejemplo, tienen en sus manos la responsabilidad de sustentar los niveles de confianza que una sociedad necesita para mantenerse unida. Y es así porque la ausencia de líderes, sea en modelos asamblearios o directamente anarquistas, solo funciona en comunidades de tamaño reducido. La vilipendiada «casta» política, pues, es un mal necesario en sociedades expansivas y globalizadas como las del siglo XXI. Una de las partes más indispensables de su trabajo sería la transparencia, y este es un punto que se les olvida demasiado fácilmente.

Algunos países hacen pagar un precio sustancial al político que es descubierto engañando. Recordemos, por ejemplo, que Bill Clinton fue perseguido implacablemente no por ser infiel a su mujer, aunque a ojos del puritanismo anglosajón esto ya justificaba un descenso importante de su popularidad, sino por haber mentido cuando negaba rotundamente los hechos. Un presidente de un país no puede ocultar cierto tipo de información a los ciudadanos, ni que sea para protegerse a sí mismo o a su familia. Debería ser una de las normas sagradas del oficio, sin excusas.

Y a pesar de todo, este tipo de mentiras egoístas siguen siendo frecuentes entre los gobernantes de todo el mundo. Ni los de aquí se salvan, por muy alto que hayan llegado en el imaginario colectivo. Cuando esta gente tome conciencia por fin de hasta qué punto es importante la honestidad a la hora de proporcionarnos un modelo a seguir, podremos empezar a construir una sociedad que avanzará conjuntada y no creyendo, como ahora, que si el vecino no te roba es simplemente porque no ha tenido la oportunidad de hacerlo.