03 abr 2020

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La clave

Fútbol, esa maravilla inexplicable

Joan Manuel Perdigó

¿Quién tenía que ganar el domingo? ¿La fiable maquinaria que prima el colectivo sobre la figura o la jauría agrupada en torno al líder? Las crónicas de la final de Maracaná aportan multitud de relatos de lo que pasó. A saber, que Götze marcó el gol que hubiera tenido que meter Messi para que la historia hubiera sido al revés. Resulta difícil de explicar a esa mitad larga de la humanidad que literalmente huye del fútbol qué magia se esconde tras ese juego de reglas sencillas -salvo la del fuera de juego-, convertido en un espectáculo global, capaz de movilizar por igual al más sesudo intelectual y al más primario de la especie.

Un espectáculo que se expandió, primero al lento compás de la evangelización inglesa hacia el Viejo Continente y los puertos de Sudamérica y más tarde a la velocidad de las ondas, a todos los confines. Este deporte que el capitalismo -¡cómo no!- ha colonizado para exprimir el talento y concentrarlo en marcas globales, generadoras de un negocio fabuloso, es a la vez el  más democrático. Aquel en el que un equipo menor tiene razonables opciones de derrotar a su Goliat. La historia está repleta de esas gestas. Y a la vez, es un juego que extrae talento tanto de las impecables fábricas de futbolistas de Europa, como de las favelas y calles de América Latina, o de los áridos campos africanos. Conquistada Asia, solo le queda por derribar el muro del coloso estadounidense, celoso de sus ritos y de su olimpo particular. Pero ese también está a punto de caer. Solo hay que ver la progresión de su equipo en Brasil. Porque aunque los detractores vean precisamente en el Mundial la expresión de la bajas pasiones guerreras de los pueblos, es allí donde el juego muestra su magia original.

Más iguales

Países como Costa Rica o Uruguay, no más poblados que la Barcelona metropolitana, tratando de tú a tú a los grandes; selecciones que no eran nada y que hoy son, gracias a la inmigración; o máquinas casi perfectas como la alemana, que rozan la excelencia con el concurso de denostados polacos y turcos. Seguro que el fútbol no es lo más importante del mundo, pero a muchos nos ayuda a vivir en él.