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Los jueves, economía

El ascensor social se ha parado

Antón Costas

Ya no es el esfuerzo o el mérito personal lo que importa; estamos ante un nuevo capitalismo hereditario

¿Cómo cambiarán nuestras sociedades si siguen perdiendo su capacidad para ofrecer oportunidades de mejora a todos los ciudadanos, especialmente a los más necesitados? ¿Se harán más conflictivas? Y la política, ¿se hará más autoritaria para contener la frustración social provocada por esa reducción de oportunidades? Y la economía, ¿podrá mantener su capacidad innovadora?

Quizá alguno de ustedes se estará preguntando: «¿A qué vienen todas estas preguntas?». Creo que son muy pertinentes y tienen mucho que ver con lo que estamos viviendo. En particular, con lo que ha sucedido en las últimas elecciones europeas y con lo que puede suceder en las próximas municipales y generales. Veamos.

Nuestras sociedades han entrado en una era de oportunidades menguantes. Aunque esta tendencia afecta a todas las edades, los más perjudicados son los niños y los jóvenes. En estas fechas veo que muchos de mis alumnos que acaban la carrera tienen escasas expectativas de encontrar trabajo, emanciparse y crear un hogar. Es difícil convencerles de que si se esfuerzan las cosas les irán bien. Piensan que ya no es el mérito, sino la suerte, lo que decidirá su futuro.

Y no dejan de tener razón. Acabo de leer una encuesta que señala que la vía más eficaz para encontrar trabajo no son las oficinas de empleo ni el envío de currículos a las empresas, sino la red de relaciones familiares y de amigos que trabajan. Por lo tanto, si una persona tiene la mala suerte de vivir en un entorno familiar y social en el que hay desempleados, tiene muchos números para acabar también él en el paro. Sin embargo, aquellos que tienen la fortuna de vivir en entornos familiares más favorecidos no son conscientes de las razones de su suerte. Hace tiempo fui invitado a participar en un coloquio sobre educación y empleo. El director de una escuela privada de negocios su ufanó de que todos sus alumnos estaban empleados, mientras que en la universidad pública no ocurría lo mismo. Le pregunté cortésmente qué empresas empleaban a sus alumnos. Fue honesto y dijo que empresas de sus familias, o de amigos de sus familiares.

Todo apunta a que en las últimas décadas el ascensor social ha dejado de funcionar. Aquella época en la que yo crecí, donde los hijos teníamos más oportunidades que nuestros padres, parece haberse agotado. El sueño americano de la meritocracia ya no funciona ni en la propia América.

¿Cuáles son las causas de que el ascensor social haya dejado de funcionar? La primera es la creciente desigualdad de ingresos. La publicación del libro del economista francés Thomas Piketty El capitalismo en el siglo XXI, aún no traducido, ha dejado bien establecida esta tendencia. Su efecto es que la desigualdad ha pasado a ocupar la escena del debate público en nuestras sociedades. Y será así durante algún tiempo, porque la nueva revolución industrial de las máquinas inteligentes, la robótica, puede aumentar el desempleo y la desigualdad.

Pero, con ser importante, la desigualdad de ingresos no es la única causa. El ascensor social se ha parado porque han surgido otras desigualdades que han dañado su motor. En particular, la desigualdad en el acceso a dos tipos de bienes que son esenciales: la salud y las oportunidades que mejoran la habilidad y las capacidades de las personas para progresar. Los niños de familias ricas tienen un número de horas de escolaridad mayor, estudian idiomas, viajan más, hacen más deporte. Todas esas actividades aumentan su habilidad y su capacidad para tener más oportunidades en la vida. Ya no es el esfuerzo o el mérito de cada uno lo que importa, sino las oportunidades que su familia le ha podido dar. Estamos ante un nuevo capitalismo hereditario.

En este sentido, la gestión de la crisis ha sido lamentable. Los recortes y los impuestos han tenido el efecto de reducir las oportunidades de los más débiles. Estas políticas han sumado al dolor de la propia crisis la afrenta de la injusticia.

Pero llegados a este punto hay una pregunta intrigante: ¿por qué la democracia, es decir, el ejercicio de la voz y del voto por parte de los ciudadanos, no ha conseguido hasta ahora frenar estas tendencias? Posiblemente porque los ricos votan más que los pobres. Esto hace que los procesos de formación de políticas no recojan bien el interés general, el bien común.

Pero algo parece estar cambiando. La aparición de movimientos sociales y grupos políticos que en vez de la revolución demandan «más y mejor democracia» es una sorpresa esperanzadora. Necesitamos un nuevo progresismo político orientado a volver a poner en marcha el ascensor social. Un nuevo progresismo en el que el criterio para juzgar la bondad de las políticas sea su impacto sobre las oportunidades de la gente más necesitada.

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