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Al contrataque

Aquí les espero

Ana Pastor

Estaba pegada al cristal del estudio radiofónico con la mano en la boca sujetando la sorpresa. No daba crédito a lo que estaba escuchando. Según pasaban los minutos, él elevaba más el tono y la intensidad. En aquel momento pensé que esas preguntas, en las que el miedo no existe, eran las que quería hacer en cuanto me dieran la oportunidad. Yo tenía 24 años. Acababa de entrar en la Cadena SER y esa mañana presencié una lección de periodismo valiente. Iñaki Gabilondo entrevistaba a Arnaldo Otegi, que por aquel entonces (año 2001) no estaba en la cárcel. Era candidato a lendakari por un partido que después sería ilegalizado, Euskal Herritarrok. Había visto cada día llegar a Gabilondo al trabajo acompañado de su escolta, la misma persona que le recogía y que era su sombra allá donde fuera. Había recibido múltiples amenazas de ETA, como muchos otros periodistas que no bajaban la cabeza.

Por eso resultaba especialmente chocante el tono que usaba con Otegi y las cosas que le decía. «¿Usted cree que soy un fascista?», le espetó en un momento dado. Poco antes le había dicho «no sea chiquillo» cuando Otegi trataba de justificar lo injustificable sobre la violencia terrorista. Por eso la cosa terminó como terminó. El periodista le dijo al entrevistado: «Se lo digo con toda sinceridad: es usted una marioneta en manos de ETA, y su partido una formación que no tiene criterio, que hace lo que le dicen». Seguramente hay muchas maneras de afrontar una entrevista como aquella, y muchas son válidas y respetables. Pero yo me quedo con la manera de aparcar el miedo, con la mirada fija clavada en los ojos del interlocutor, con el pensamiento centrado en el aquí y ahora y no en las consecuencias de sus preguntas.

Periodismo para los ciudadanos

Es lo que muchos periodistas tienen en la cabeza en España y fuera de nuestro país. Es la misma fórmula que usó Eleni Varvitsiotis, la periodista griega que hace unos meses preguntó al ministro de Economía de Argentina sobre la situación del país. Cuando llegó el momento de hablar de la inflación, el ministro se levantó y se marchó diciendo el ya famoso «me quiero ir». Ella se despidió del equipo de asesores del político con una frase demoledora: «Si no le hago esas preguntas, estaría haciendo mal mi trabajo». Fue quizá lo mismo que pensó Eddie Mair, otro periodista británico que, en directo y en la televisión pública BBC, encabezaba sus preguntas al alcalde de Londres con frases del tipo «déjeme que le pregunte sobre otra flagrante mentira suya». El remate final me recordó a aquella entrevista de Gabilondo. Mair le dijo al alcalde: «¿Qué van a pensar los espectadores de su incapacidad para contestar directamente a una pregunta directa?».

Existe el periodismo preocupado por lo que piensa el espectador, el lector, el oyente. Periodismo hecho para los ciudadanos. El periodismo con errores y aciertos, pero siempre planteado como servicio público. Las dictaduras sobreviven, entre otras cosas, gracias al control, la mentira y la manipulación. Las democracias lo hacen, entre otras cosas, gracias al periodismo libre y a la información. Aquí les espero cada sábado.

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