27 feb 2020

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Las paradojas del movimiento independentista: cuando ser más no es mejor

Berta Barbet

De unos años a esta parte hemos asistido --con disgusto unos, con agrado otros, con sorpresa todos-- al espectacular auge del independentismo y de su influencia en la política catalana. Un independentismo que, como cualquier otra reivindicación política latente, sobrevivió durante mucho tiempo gracias al empeño de un grupo social relativamente reducido cuyos miembros, por el motivo que fuera, tenían una vinculación casi vital con la causa. Los, como se les empieza a conocer, independentistas de 'toda la vida'.

Sin embargo, la influencia del independentismo hoy no podría entenderse sólo con su concurso. Era necesario extender la causa hacia otros grupos que pudieran aceptarla como propia. En este sentido, los defensores de la independencia han llevado a cabo un esfuerzo titánico para hacer partícipes de ella a amplios y diversos sectores de la población. Incorporar temas como el derecho a decidir o el espolio fiscal ha conseguido captar para la causa a sectores que, hasta la fecha, no le habían sido especialmente propicios. Vincularse a luchas como la profundización democrática o la resistencia a los recortes les ha granjeado nuevas simpatías. Y soslayar otros temas potencialmente polémicos, como la lengua o el modelo de estado, ha evitado generar rechazo y poner en peligro la tan deseada y publicitada nueva mayoría social.

Este crecimiento se ha fundamentado, en parte, en la vaguedad de la causa soberanista. Al fin y al cabo, la independencia es un horizonte desconocido, un nuevo comienzo, en el que cada uno ha podido ver la oportunidad para hacer realidad sus propios anhelos: desde bajar impuestos a acabar con la corrupción, pasando por construir un estado más participativo. Hasta hoy se ha conseguido integrar a todas estas corrientes y hacerlas sentir cómodas en un proceso suficientemente amplio como para que tenga visos de éxito.

Puede que la independencia no fuera nada de todo esto pero ha acabado siéndolo todo a la vez, al enfocarse con la habilidad suficiente. Pero no todo es de color de rosa, porque la expansión del soberanismo tiene unos costes para los propios soberanistas que ponen en riesgo el éxito del proceso si este se demora.

El crecimiento exponencial de su base social ha convertido lo que era un movimiento homogéneo, cohesionado y con unos símbolos y anhelos compartidos en un grupo mucho más numeroso pero heterogéneo y con unos objetivos discutidos. Y lo que es más importante: en el cual los independentistas a los que hemos convenido llamar de toda la vida han perdido el monopolio de la definición de su propia causa.
A medida que avanza el movimiento y más decisiones hay que tomar, más probable es que alguien, sea independentista de siempre o de nuevo cuño, se desencante con la dirección que se toma. Es cada vez más complicado satisfacer las expectativas de todos simultáneamente y mantener un cierto consenso sobre las prioridades y las acciones a llevar a cabo.

El riesgo, salta a la vista, es que la heterogeneidad sobrevenida en un soberanismo creciente y aparentemente imparable acabe dividiéndolo en facciones independientes, incluso enfrentadas. Las encuestas han revelado, por ejemplo, que tomar partido por la mejora de la financiación autonómica o la posibilidad de una declaración de independencia unilateral divide de manera muy clara a los propios partidarios de la independencia. A corte anecdótico, no han sido pocos los independentistas convencidos que han manifestado su estupor y vergüenza con el reciente Concert per la Llibertat o con la futura cadena humana del próximo 11 de septiembre.

¿Hasta cuándo va a seguir funcionando la exigencia de fidelidad ciega al proceso? Si el debate se eterniza se corre el riesgo de que los menos convencidos den un paso atrás cuando se den cuenta que el independentismo ya no les sirve para conseguir sus propios intereses. Al fin y al cabo, los que han visto en éste un vehículo para luchar por sus objetivos pueden descabalgarse si se rompe el vínculo entre una cosa y otra. Y mantener simultáneamente todas las alianzas exige una habilidad para el malabarismo que no parece que sea sostenible a largo plazo.

Esto siempre y cuando el gobierno central no siga ofreciendo una válvula de escape a esta presión subyacente en el seno del soberanismo. Los impulsos recentralizadores y una colección nada desdeñable de errores tácticos de Madrid son el chivo expiatorio perfecto para que todos los soberanistas apunten en la misma dirección en lugar de dedicarle algo de tiempo a analizar sus propias contradicciones internas. Si el independentismo llega a buen puerto, nunca podrá estarle suficientemente agradecido.

Post publicado en el blog del Cercle Gerrymandering