Editorial

Un metro con mucho delito

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En febrero pasado, y a la vista del dato de que en el 2010 hubo en Barcelona 113.000 hurtos (310 diarios), EL PERIÓDICO se preguntaba en un editorial si la inseguridad por los pequeños delitos es un mal crónico de Barcelona, y concluía que sería cínico considerarla un peaje

inevitable por su condición de gran ciudad. Cinco meses después, la reflexión debe ratificarse y aumentarse al conocer el notable empeoramiento de la situación en uno de los escenarios preferidos por los delincuentes, el metro, a su vez el medio de transporte de muchos ciudadanos de las clases populares y de turistas.

Lo más grave, con serlo mucho, no es que en un año haya habido 22.000 denuncias (60 al día) por robos en el suburbano, o que haya ladrones que acumulen hasta 300 detenciones, sino el salto cualitativo de los grupos organizados que cometen estos delitos (cerca de una treintena constatados), que han pasado de la astucia y el disimulo a la amenaza y el enfrentamiento físico. Donde antes había descuideros que actuaban en solitario, ahora hay delincuentes que amedrentan a sus víctimas y a los testigos de sus acciones y agreden a los vigilantes del metro. Es un tópico, pero es cierto: la liviandad de la justicia da alas a quienes infringen la ley. La impresión es que los jueces no aplican a fondo los medios a su alcance para acotar un fenómeno intolerable. El garantismo es injusto cuando prevalece sobre el derecho de los ciudadanos a la seguridad.