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La posible relación entre tres acontecimientos

De Bin Laden a Mladic pasando por DSK

Francisco Veiga

Tras la muerte del líder de Al Qaeda, no se podía sostener que era «muy difícil» localizar al serbobosnio

Se nos fue un mes de mayo de lo más movido. Comenzó con la muerte de Osama bin Laden, continuó con la detención del director del Fondo Monetario Internacional (FMI), Dominique Strauss-Kahn (DSK), y concluyó con la captura de Ratko Mladic.

Si existe alguna relación entre los tres sucesos, arranca de la operación que mandó a Bin Laden al fondo del mar. Las denuncias europeas de que aquello fue una ejecución extrajudicial, negándole altura moral a la venganza norteamericana, sentaron mal en Washington. Y se notó en el mensaje subliminal que comportó la detención de DSK: esposado y humillado ante las cámaras, latía la respuesta de que en EEUU no se dejaban pasar las andanzas de un acosador, por muy director del FMI que fuera. Strauss- Kahn, detenido a punto de volar hacia Francia y la salvación, tendría su juicio, como cualquier otro detenido. No falta quien haya escrito sobre las estrategias macrofinancieras de gran alcance que se mueven detrás de ese affaire. Pero más que complot, lo que parece haber es la decisión norteamericana de poner punto final a una situación repetida con asiduidad por DSK, para dar un escarmiento.

Mientras tanto, a comienzos de mayo un artículo en la prestigiosa publicación especializada Balkan Insight apuntaba a que, después de haber localizado y ultimado a Bin Laden, ya no se podía mantener la ficción de que resultaba «muy difícil» dar con el paradero en Serbia de Ratko Mladic. Era todo un toque de atención, al que se unía la reciente muerte (diciembre del 2010) de Richard Holbrooke, el as de la diplomacia estadounidense, gran desfacedor de conflictos, que había orquestado el final de la guerra en Bosnia. Al parecer, en su día Holbrooke había hecho promesas a diestro y siniestro a fin de contentar a todos y forzar un acuerdo para concluir con el conflicto bosnio. Cuando fue detenido en julio del 2008, Radovan Karadzic enseguida denunció que en 1995 había negociado su retirada e impunidad con Holbrooke, lo que este negó, indignado. En cualquier caso, y tras las primeras apariciones televisivas como acusado en el Tribunal Penal Internacional (TPI), los medios de comunicación occidentales apenas dieron mucha más información sobre la marcha de su juicio.

Por lo tanto, la muerte de Holbrooke terminaba con las preguntas y situaciones incómodas y despejaba el camino hacia la detención de Mladic, que se produjo cinco meses más tarde. Pero las coyunturas favorables no terminaban ahí. Mientras tanto, la situación financiera de Grecia se deterioraba gravemente, el plan de rescate colgaba de un hilo, y la posibilidad de ampliación de la Unión Europea (UE) hacia los Balcanes recibía un jarro de agua bien fría. Solo Croacia había recibido luz verde, pero a cambio había tenido que tragarse el sapo de ver cómo el TPI condenaba a su general Gotovina, el Mladic croata, a casi un cuarto de siglo de cárcel.

Ante esa situación, alguien en Belgrado decidió que se estaba haciendo tarde para jugar la carta Mladic. El antiguo general en jefe de los serbios de Bosnia estaba enfermo y muy envejecido; podría morir pronto y entonces ya no serviría como moneda de cambio. Ese alguien designa, desde luego, una categoría muy amplia. Pero resulta evidente que si en el pequeño pueblo de Lazarevo todo el vecindario conocía que Mladic se escondía allí, también lo sabrían el alcalde y la policía local, lo que hace muy improbable que alguien, en Belgrado, no tuviera ni idea. Por lo tanto, se le detuvo y se le extraditó a La Haya por procedimiento de urgencia, para que allí se las apañaran con el (casi) muerto. Por si acaso, antes de partir Mladic se despidió de los suyos y hasta pergeñó una especie de testamento. El precedente de Milosevic, desde luego, arroja cierta sombra sobre las atenciones médicas a los detenidos en La Haya.

A partir de ese momento se desataron las lenguas elogiosas que celebraban el acercamiento de Serbia a la UE. Es el mismo coro de voces que ya se oyeron tras la detención de Karadzic, hace casi tres años. Bonitas palabras, pero no están los tiempos para ampliaciones y, como se ha venido haciendo con Turquía, a Serbia pronto se le acumularán en la puerta más y más condiciones que cumplir, algunas titánicas. Como aquella que propugna que apañe sus relaciones con Kosovo, reconozca su soberanía y, a la larga, contribuya a arreglar la crónica situación económica y social que padece el país. En fin: si pensamos que, como muy pronto, Rumanía se unirá al espacio Schengen en el 2015, podemos empezar a hacer cuentas con Serbia. Y no solo eso: si este país accede, entonces será imposible negar la entrada a Macedonia, Albania, Kosovo y, sobre todo, Bosnia. El país mártir, sobre el que se volcó tanta generosidad y ayuda, es ahora un estorbo para Bruselas. Por lo tanto, mientras se mantenga fuera a Serbia se podrá hacer lo mismo con los demás, evitando los reproches éticos. Triste destino el de estas repúblicas, que, de haberse mantenido unidas en Yugoslavia estarían ya dentro de la UE desde hace años.

Profesor de la UAB. Eurasian Hub.

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