Entrevista
Matt Haig, novelista: "La IA nunca escribirá un poema porque esté triste"
El escritor británico expande el universo superventas de 'La biblioteca de la medianoche' con 'El tren de la medianoche'
Patrick Radden Keffe disecciona el "poder maligno" y la "riqueza podrida" de Londres en 'El hijo del oligarca'

Matt Haig, autor de 'El tren de la medianoche', posa en Rambla Catalunya después de la entrevista / JORDI COTRINA

Hubo un tiempo en que Matt Haig (Londres, 1975) sabía que algo iba francamente mal en su vida si sonaba 'The Boys Of Summer' y su cuerpo reaccionaba como un peso muerto. El traqueteo de la batería, el falsete supersónico, la melodía vagamente empalagosa… Y, al otro lado, la nada. El vacío. "Nunca me han gustado demasiado los Eagles ni Don Henley, pero esta canción era como un test: cuando tenía depresión, me la ponía y sufría ataques de pánico porque no sentía absolutamente nada", recuerda el escritor británico, de visita a Barcelona para presentar 'El tren de la medianoche' (AdN; 'El tren de la mitjanit' en la edición en catalán de Empúries), 'hit' de la ‘rentrée’ y expansión accidental del universo de 'La biblioteca de la medianoche'.
Todo aquello, explica, ocurrió años antes de encapsular sus problemas de salud mental y tendencias suicidas en 'Razones para seguir viviendo' y convertirse en superventas de cifras mareantes —12 millones de ejemplares vendidos y subiendo— con su feliz hallazgo de una biblioteca infinita ubicada entre la vida y la muerte, pero la aparición en la conversación de sus paisanos Richard Hawley y Pulp, pináculos del pop de Sheffield citados como influencia capital en los créditos de su nueva novela, le devuelve por un momento a aquellos tiempos de ansiedad y fondo del pozo. "Si se supone que si siento lo que tengo que sentir, sé que estoy más o menos bien, pero si la canción no activa nada es que vamos mal", detalla.

Matt Haig, fotografiado en Barcelona / JORDI COTRINA / EPC
Algo parecido le debe ocurir con 'Something Changed' y 'Coles Corner', canciones que 'suenan' en 'El tren de la medianoche' mientras un librero recién fallecido llamado Wilbur sube y baja en las paradas de su propia vida. Malcolm X visita el condado de Yorkshire y el fantasma de las navidades pasadas escupe humo desde una locomotora idéntica a la del Duke Of Gloucester, la miniatura más preciada de nuestro protagonista. "Si pudiéramos ver la vida que hemos vivido, ¿qué hubiéramos hecho diferente?", se pregunta Haig, para quien este libro no es tanto una secuela de 'La biblioteca de la medianoche' como un "debate acalorado" entre los dos libros.
En el anterior, recuerda, todo tenía que ver con una joven suicida que, tras quitarse la vida, descubre una interminable sucesión de libros que recoge versiones alternativas de su propia vida hechas de decisiones no tomadas y caminos desechados. "Habla de aceptación, de pensar que no siempre hay que vivir en este mundo de comparaciones y desear la vida del otro, pero me preocupaba que el mensaje resultara un tanto pasivo", reconoce. De ahí que en la 'dickensiana' y 'frankcapresca' ‘El tren de la medianoche’ se fije en los momentos de cambio profundo y las posibilidades, reales o no, de resetear toda una vida. "Es esperanzador y positivo entender que, aunque sigamos siendo siempre los mismos, somos versiones distintas de nosotros mismos. Cuando yo tenía ideas suicidas era precisamente porque sufría una depresión y pensaba que esos sentimientos iban a estar ahí para siempre. La ansiedad se convirtió en algo estático, permanente. No se movía. No avanzaba. Y las historias son lo contrario de la depresión, porque su naturaleza es el cambio. Te cambian y te hacen evolucionar", ilustra.
Una visión aparentemente más optimista que, según el autor, depende en realidad de la disposición del lector. “Es como el test de Rorschach y esas imágenes con tinta que te hacen ver cosas diferentes: dependiendo de tu edad y de tu situación en la vida, verás el libro lleno de esperanza o de pesimismo”, matiza.
Comercial o literario
Haig, que con ‘La vida imposible’ ya regresó a Eivissa para enfrentarse al lugar donde se quiso quitar la vida, recupera aquí memorias de infancia y recuerdos familiares para desplazar el foco al norte industrial de Inglaterra. "Cuando los novelistas británicos hablan del pasado, de los años 60, casi todos piensan en Londres, pero de la vida en Sheffield, con los clubes de soul y su multiculturalidad, no se ha hablado", lamenta. Los guiños a Dickens, concede acto seguido, tampoco son casuales. "Existía antes de que los libros se dividieran en categorías literarias y comerciales", suspira pensando tanto en las críticas que despachan sus libros como "literatura infantil para adultos" —"eso es, han dado en el clavo; es justo lo que pretendía: no hace falta sufrir una crisis nerviosa para creer que has visto un unicornio", ironiza— como en The Golden Bookshop, la librería que está a punto de abrir en Brighton. "Los libros estarán ordenados por temas, pero lo más importante, y seguramente una tontería en términos económicos y de negocio, es que habrá un pianito dorado repleto de libros de música", avanza.

El escritor inglés Matt Haig, autor de 'El tren de la medianoche' fotografiado en una de las calles de Barcelona con motivo de la promoción del libro / JORDI COTRINA / EPC
Un arreón de militancia analógica bajo el que, no lo esconde, bulle una preocupación real por los tiempos que corren y la hipertecnologización galopante. "Me preocupa el futuro y me obsesiona el hecho de que pensamos en progreso y siempre lo hacemos en progreso tecnológico, mientras que como seres humanos realmente no hemos avanzado, no hemos progresado nada", desliza.
De hecho, ‘El tren de la medianoche’ nació en realidad como novela distópica sobre la inteligencia artificial, idea que desechó tras un primer borrador demasiado frío y, seguramente, excesivamente aterrador. "Soy pesimista sobre la IA", sentencia sin ambages. Y precisamente por eso le genera enorme curiosidad ver que quienes implantaron y desarrollaron la tecnología son los mismos que alertan de sus incontables peligros. "Me recuerdan a los misioneros victorianos que se fueron a África y empezaron a asustar a los indígenas con el infierno porque lo que querían era que creyeran en Dios", reflexiona.
¿Su consuelo? La IA será peligrosa, sí, pero también profundamente insensible. Algo es algo. "Es muy fácil caer en el pesimismo ahora mismo, pero creo que en realidad la IA nos hará más humanos. Nada de lo que ha hecho una IA me ha emocionado. La IA nunca escribirá un poema porque está triste. En este sentido, tengo esperanza".
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