Ídolo de masas decimonónico
Charles Dickens, 'rock star' kamikaze: "Tenía una especie de adicción al escenario"
Philippe Delerm publica 'El suicidio exaltado de Charles Dickens', ensayo sobre la fatal entrega del autor de 'Los papeles póstumos del Club Pickwick' a las lecturas públicas de su obra, espectáculos masivos que "lo guiaban más allá de toda prudencia"

Charles Dickens, retratado en 1863 / Robert Hindry Mason

Charles Dickens (1812-1870) ofreció miles de lecturas públicas entre 1858 y su fallecimiento, sobre el que el poeta estadounidense Henry Longfellow escribió: "Nunca he visto la muerte de un escritor causar tanta aflicción. El país entero está de luto". En su gira norteamericana a caballo entre 1867 y 1868 necesitaba láudano para salir al escenario: sufría insuficiencia cardiaca, dolor insoportable en una pierna, problemas de vista y de habla... Fue, sin embargo, un éxito rotundo. Aunque Dickens "se sintió profundamente decepcionado al comprobar que existía un verdadero tráfico de entradas para el espectáculo y que su precio impedía que las personas con menos recursos pudieran asistir y aplaudirlo", explica Philippe Delerm, autor de 'El suicidio exaltado de Charles Dickens' (Navona).
Contra todo pronóstico, de regreso en Inglaterra, el escritor, no solo un portento de las letras sino también de vitalidad, volvió a la carretera, más exactamente a los trenes que tanto temía desde el accidente ferroviario que sufrió en Staplehurst en 1865. La mala salud le impidió acabar la gira, igual que le impidió acabar la novela 'El misterio de Edwin Drood', que dejó inconclusa a su muerte de un ataque de aplopejía el 9 de junio de 1870. "En los últimos años de su vida, y si bien su fama literaria habría satisfecho a cualquier otro escritor -relata Delerm-, Dickens tenía una especie de adicción a la producción teatral que lo guiaba más allá de toda prudencia, una exaltación deseada que él sabía bien que lo estaba destruyendo".
El combustible
No era una cuestión de dinero. Pese a que el dinero era para el autor de 'Nuestro amigo común' una "preocupación constante" y un motivo de "ansiedad visceral". "Le aterraba no ganar suficiente dinero -prosigue Delerm-, y esto, por supuesto, se remontaba a la época en que sus padres estuvieron en prisión por deudas y a cuando, al borde de la adolescencia, se vio obligado a trabajar en una fábrica de betún".
Pero el combustible principal que propulsaba y agotaba al Dickens escénico era otro. "Saber que sus novelas se leían era fundamental para él, pero conectar con su público en el escenario era aún más esencial -expone Delerm-. A pesar de que sabía que sus obras desataban fervor, la lectura le seguía pareciendo algo abstracto. El escenario le permitía una conexión casi carnal, sin parangón a sus ojos".
El escritor francés ahonda en los motivos de la necesidad de esa conexión. "Dickens se sentía poco querido por sus padres -expone-. Su padre se enorgullecía de que lo aplaudieran familiares y amigos, porque Charles cantaba y recitaba maravillosamente, pero su relación terminaba ahí, y Charles sentía un vacío terrible en ese sentido, como le sucedió más tarde con su esposa e hijos".
Carcajadas y estremecimientos
El público de Dickens, y hablamos de grandes teatros a rebosar, reía a mandíbula batiente con su lectura del pleito de Bardell contra Pickwick, de 'Los papeles póstumos del Club Pickwick'; se estremecía con el pasaje del asesinato de Nancy a manos de Sikes, de 'Oliver Twist'; y se rendía a la cálida magia navideña (en buena medida un invento de Dickens) con 'Cuento de Navidad'. Fueron los tres pilares del repertorio del novelista. "Intentó llevar a escena otras obras, como 'Nicholas Nickleby' y 'David Copperfield' -informa Delerm-, pero pronto se dio cuenta de que lograba una efectividad muy particular con estas tres obras, sus favoritas, además. 'Cuento de Navidad' contiene una idea que le era especialmente querida: los adultos se vuelven personas amargadas e infelices cuando pierden su espíritu infantil".
No hay registros de las interpretaciones (por supuesto, sin amplificación eléctrica) de Dickens, y quizá sea mejor. "Supongo que nos parecerían hoy en día un tanto grandilocuentes, demasiado dramáticas o grotescas para nuestro gusto -analiza Delerm-. Pero todos los grandes actores de principios del siglo XX actuaban así, ¡de manera que imagínense en el siglo XIX!"
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