01 abr 2020

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MUSICAL

Crítica de 'A chorus line': Broadway en el Tívoli

El montaje, impulsado por Antonio Banderas, luce una desbordante y contagiosa energía

José Carlos Sorribes

Pablo Puyol, a la derecha, junto al resto de intérpretes en un número de ’A chorus line’.

Pablo Puyol, a la derecha, junto al resto de intérpretes en un número de ’A chorus line’. / MAR VILA / ACN

Antonio Banderas ha cumplido. Escogió para inaugurar el pasado noviembre el Teatro Soho Caixabank de Málaga un músical como 'A chorus line'. Una elección que parecía facilona pero que tenía gato encerrado. Estrenado en 1975, es uno de los grandes nombres de Broadway y el reto era estar a la altura del original. Pues bien, objetivo cubierto. El éxito de su estreno en la ciudad natal del actor tuvo continuidad en Barcelona, en el Tívoli, la segunda etapa de la gira tras pasar por Bilbao. Ha alcanzado ese objetivo porque es esta una producción en la que todo está cuidado, milimetrado, de forma casi obsesiva.

Que la cosa iba muy en serio quedó de manifiesto con la incorporación de Baayork Lee en el proyecto. La coreógrafa y bailarina participó con un rol en el montaje de hace casi 50 años y desde entonces su vínculo con 'A chorus line' no se ha interrumpido. El listón ya se puso muy alto en un casting que fue tan exigente como el que narra la obra de Michael Bennett. De esa selección surgió un pelotón de bailarines y cantantes que merecen la máxima nota. Porque 'A chorus line' funciona como una máquina de precisión.

Una aparente sencillez

Lo ha explicado el propio Banderas, codirector con Baayork Lee e intérprete en Málaga, que bajo una aparente sencillez se esconde en este musical un campo de de minas. O se hace con energía y convicción o el montaje se viene abajo. Porque la trama no puede ser más sencilla: la audición de aspirantes a formar el coro de un musical ante un director (Pablo Puyol, relevo de Banderas en la gira) que no solo evalúa sus capacidades artísticas, también quiere ver su cara más humana.

El musical atrapa con una producción cuidada al máximo y un compacto grupo de intérpretes

Ya desde el arranque, con 26 intérpretes en el escenario, el montaje atrapa por un dinamismo frenético. La primera criba del director deja a una quincena para el examen final del que deberán salir los cuatro chicos y cuatro chicas. Es el momento del baile y también de unas confesiones de sueños, ilusiones y de amor y pasión, contra viento y marea, por la interpretación y el baile. Es entonces cuando 'A chorus line' hace evidente su lejana fecha de nacimiento con historias tan emotivas como hoy poco sorprendentes sobre afan de superación, conductas homófobas o coristas sexis. Son también los momentos de positivismo algo azucarado que suponen algún bajón de ritmo. 

Pero 'A chorus line' siempre sale a flote por su mecanismo bien engrasado en el que una extraordinaria iluminación se convierte en un elemento capital, como lo son los grandes espejos móviles que forman la escenografía. Y que, por ejemplo, lucen de forma apabullante en el elegante solo de Cassie (Sarah Schielke) con la música setentera que despacha en directo una orquesta muy bien afinada.

Schielke es una de las puntales de un grupo en el que también tiene sus grandes momentos Estibalitz Ruiz, Kristina Alonso, Cassandra Hlong o Daniel Délyon, por citar algunos nombres de ese pelotón tan compacto con un Pablo Puyol resolutivo en el rol del director. Banderas, el día del estreno, disfrutaba sin disimulo del trabajo de todos. Incluso tarareó desde su butaca el famoso y colorista número de 'One' del cierre. Lo hizo antes de apuntalar un gran estreno con un brillante parlamento desde el escenario en el que dijo verse reflejado, cuando empezaba, en esos jóvenes aspirantes que luchan por su sitio en la línea del coro.