01 abr 2020

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CRÍTICA DE TEATRO

'Demà': la imposición del amor

La dramaturga Helena Tornero y la compañía La Virgueria se unen en la Beckett para imaginar un futuro distópico donde se prohíbe la pobreza y se obliga a amar

Manuel Pérez i Muñoz

Marc Rius y Patrícia Bargallo, en ’Demà’

Marc Rius y Patrícia Bargallo, en ’Demà’ / ACN / PAU CORTINA

Decía Borges que el verbo amar no soporta el imperativo. Podría ser una premisa de 'Demà', nueva pieza de la dramaturga Helena Tornero que sirve para celebrar los diez años de La Virgueria que lideran Aleix Fauró e Isis Martín. Lo hacen en la Beckett, sala que esta temporada los acoge como compañía residente. Un aniversario para hacer balance de una década librando batallas por espacios alternativos, levantando proyectos en un marco de crisis hostil. Un sello propio, un compromiso crítico que ahora se proyecta hacia un futuro distópico (o no) en el que se proscribe la pobreza y se imponen las relaciones amorosas. 

La indigencia emocional es un punto de fuga de una pieza ambiciosa que comienza de una forma muy convencional: una ruptura de pareja. Vemos a él, Saül (Guillem Gefaell), intentando dejar a ella, Cassandra (Isis Martín). Escuchamos las típicas frases enlatadas propias de esas situaciones. Se percibe que algo no encaja, y para descubrirlo la obra desarrolla su argumento hacia atrás, hacia los orígenes de la relación. Se van remontando estaciones desde un aniversario en otoño hasta el día de la primera cita, incluso antes, hasta la génesis del afecto. Por el camino nos sobrecoge la vibración totalitaria de una sociedad que encarcela a los indigentes, que les impone una inserción. Un mundo que señala al diferente, al emigrante. Un impostado mundo feliz, como la novela de Huxley, pero con la exigencia social del amor. Pesadilla orwelliana en forma de algoritmo celestino, un 'match' de Tinder con el presente: la soledad no está bien vista. 

Charlatanes vende humo

Se abren muchas ventanas, y no todas se cierran igual de bien. Guerra, pobreza, emigración; los orígenes de los personajes condicionan el presente, sus decisiones hipócritas. El camino para adaptarse es la completa asimilación del diferente. Patrícia Bargalló y Marc Rius son la otra pareja, los amigos, la mirada ajena, el juicio impositivo de la norma. Se les representa como los gurús de un buenismo de taza Mr. Wonderful, ese tipo de charlatán vende humo que Rius vuelve a bordar como ya hacía en 'Els ocells' de La Calórica.

Más difícil lo tienen Martín y Gafaell para dar forma a ese entramado de afectos coreografiados como saltos entre las plataformas de una escenografía casi quirúrgica. Hay que estar muy atento para ir exprimiendo cada detalle, cada pincelada de esa utopía del capitalismo, la fantasía nada descabellada que pretende trasformar los sentimientos en mercancía.