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NUEVA NOVELA NEGRA

Entre sectas, gurús y adeptos

Tras denunciar la trata en 'Cornelia', la argentina Florencia Etcheves reivindica el poder de los débiles en el 'thriller' negro, 'Errantes'

Anna Abella

La argentina Florencia Etcheves, en Barcelona, donde ha presentado ’Errantes’.

La argentina Florencia Etcheves, en Barcelona, donde ha presentado ’Errantes’. / RICARD CUGAT

La periodista y activista argentina Florencia Etcheves, que tras 25 años como reportera de sucesos denunció la trata de blancas utilizando el género negro en ‘Cornelia’, se preguntó: “¿Qué pasa si, de repente, los débiles y oprimidos se juntan y logran un poder colectivo lo suficientemente fuerte como para vencer a poderosos y opresores?”. La búsqueda de respuesta, de nuevo a través de la “mecánica criminal” de la novela, la condujo al mundo de las sectas, que ha volcado en ‘Errantes’ (Planeta). “Sus líderes tienen una capacidad de psicopatía muy grande para captar a personas vulnerables. No todo el mundo es susceptible de ser captado. En ese escenario vi que los personajes aparentemente débiles pueden ser muy fuertes. Quería hablar del poder de los débiles”.    

Etcheves estudió distintos casos de sectas, como la de Charles Manson –“Él no fue la mano ejecutora de la muerte de Sharon Tate sino aquellas chicas y chicos a los que sedujo y a los que les convenció de que una voz le decía que esa gente debía morir”-, la de Waco y la de Guyana, que acabaron en suicidios colectivos, o la de Colonia Dignidad, en Chile, “que colaboraba con el régimen de Pinochet, que la protegía y les llevaba detenidos de la dictadura para torturar”.  Y halló elementos comunes que definen a sus líderes y gurús: “una facilidad envidiable de relato y de poder de convencimiento, pericia para saber entrarle a la gente. Son psicópatas de manual, que no sienten culpa ni empatía por nadie. Para ellos el otro es un objeto, una cosa que está ahí para darle placer de todo tipo. Tienen una inteligencia superior, una educación alta y, en muchos casos, educación religiosa, que se traduce en discursos mesiánicos y en que se sienten especiales, únicos y elegidos, por encima de los demás”. 

"Los líderes de las sectas son psicópatas de manual, sin empatía. Para ellos, el otro es un objeto que está ahí para darle placer de todo tipo"

En la novela, una periodista investiga el aparente suicidio de tres adolescentes. “No dejan de ser niños en cuerpos que nos parecen de adultos pero son muy vulnerables. Los padres no les entendemos y los discursos de fuera de casa son para ellos más seductores –opina Etcheves-. Si se sienten excluidos de su círculo social, las sectas hacen que se sientan que pertenecen a alguna parte porque les trabajan la autoestima y les dicen que son maravillosos. Y entonces quien se ha sentido toda su vida humillado o despreciado allí se encuentra en el paraíso. Pero eso es al principio, después es muy difícil salir de ellas”.

La maldad a velocidad de clic

Hablar de jóvenes le permite a la autora apuntar “los vehículos que encuentra la maldad para llegar a las personas”. “Internet puede ser una maravilla pero todo lo malo del mundo viaja a velocidad de clic. Y un adolescente puede hallarlo desde su móvil o en la seguridad de su casa abriendo el ordenador”, señala, recordando el macabro caso de la ‘Ballena azul’, “un juego en el que niños y niñas de todo el mundo se apuntaban para ir cumpliendo objetivos y el último era quitarse la vida. Eso es instigación al suicidio, es un delito”.   

Etcheves reflexiona además sobre las consecuencias para los adeptos cuando la secta desaparece. “¿Se sienten libres realmente? ¿Se adaptan a una nueva vida? Cuando la policía acabó con Colonia Dignidad, el lugar se convirtió en turístico y muchas de las personas que habían sido captadas y que sufrieron allí abusos y torturas, todo un infierno, se quedaron allí a vivir. Hicieron un sitio de vida de un sitio de muerte. A pesar de ser conscientes de haber sido víctimas sintieron que no podían pertenecer a ningún otro lugar”.