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ENTREVISTA

Loquillo: "Barcelona tiene una cuenta pendiente con la cultura pop"

El veterano músico se convierte en 'raconteur' en 'Chanel, cocaína y Dom Pérignon', un anecdotario de oficio, farándula y tribu que mapea la (excelsa) Barcelona de 1985 a 1989

Kiko Amat

Loquillo: "Barcelona tiene una cuenta pendiente con la cultura pop"

JUAN PÉREZ FAJARDO

Me cito con Loquillo en el 99%, un “moto bar” de Les Corts que es mitad reducto rocker y mitad capilla dedicada a José María Sanz, alias “Loquillo” (o simplemente Loco, si ingresas en la cofradía). Y hablando de santos: Loquillo sigue siendo alto como un San Pablo. Lleva un traje oscuro que es pura geometría, 'nomeolvides' de gánster del Soho y mocasines Montecarlo 1965. Más Gainsbourg que Rat Pack, para entendernos. Lo único que ha cambiado en él es el icónico tupé, que de un tiempo a esta parte aparece nevado, como las cumbres del Canigó. Pero no se dejan engañar por las canas. Es el mismo Loquillo. Su último libro, 'Chanel, cocaína y Dom Pérignon', se centra en su Segunda Venida (condal): el periodo 85-89, cuando Barcelona parecía la capital de un Imperio y Loquillo un conquistador que regresaba, triunfante. Un tiempo y un lugar fascinantes de los que, como él mismo apunta, “solo quedan cenizas”.

Tu libro deja claro que aquí la subcultura nunca ha interesado, ni a nivel oficial ni de medios.
Mi padre era tanguero, del Clot. Iban con fular y su sombrero por el barrio, en plenos años treinta. Eran una subcultura. Y me da rabia que no se hable de esas cosas. Cuando me dieron la medalla de la ciudad de Barcelona le conté a Pisarello, el teniente de alcalde, que es argentino, que Gardel a su llegada a Barcelona se convirtió en un fenómeno. Una fiebre. Pero a él ni le sonaba. Existe una gran ignorancia sobre la historia cultural de esta ciudad. Barcelona tiene una cuenta pendiente con la cultura pop. Todos los consistorios han obviado nuestra cultura y han dado la matraca con la nova cançó y la rumba catalana. Es hora de que se empiece a contar la historia del pop en Barcelona.

A la gente que te ve como un crítico de la ciudad tal vez les sorprenda el tono de orgullo condal que rezuma 'Chanel…'.
Barcelona en ese periodo estaba claramente por encima. Es innegable. Del mismo modo que en 1981 iba muy por detrás. Yo vi cómo Madrid se alzó y también como su historia se convirtió en un circo. Al mismo tiempo, conviene recordar que mucha de la gente que empezó lo del 80-81 en Madrid venía de la Barcelona libertaria de finales de los 70, que era la ciudad más libre y alucinante del mundo. Ouka Lele y García-Alix estaban aquí antes de irse para Madrid. Almodóvar presentaba sus primeros cortos en Barcelona. Ambas ciudades se necesitan, el péndulo tiene que ir oscilando de una a otra. Quiero hablar de una generación de jóvenes que la liaron muy gorda, y encima sin ningún apoyo. Pese a eso, ponías la radio en 1987 y solo salíamos barceloneses: “La mataré” era número uno, estaban Los Rebeldes, Brighton 64, El Último de la Fila, Decibelios...

"Es importante largarse de Barcelona a tiempo, si no te sucede como en la película de Buñuel; no sales nunca"

Es una vieja batalla, la de la “autenticidad” entre las dos ciudades.
Madrid triunfó en su momento porque hacía alarde de no-auténtica. Cualquier tío podía llegar del pueblo, cardarse el pelo y triunfar. No se pedían credenciales. Creo que Barna peca de auténtica. Yo me fui de aquí (dos veces) porque me asfixiaba ese vampirismo: la ciudad te lo saca todo. Es importante largarse de aquí a tiempo, si no te sucede como en la película de Buñuel; no sales nunca.

Siempre has estado entre dos tierras.
Viví la Movida en Madrid porque en Barcelona en aquel momento no había futuro para el rock’n’roll. Y cuando regresé aquí, fue porque Madrid ya era el circo folclórico de Mecano u Hombres G. Las grandes bandas madrileñas, como Gabinete o Pegamoides, quedaban lejos o se habían disuelto. La Movida en realidad duró tres años, hasta el cierre de Rock-ola en el 84. En aquel momento Barcelona se alzó. Nos abrimos paso una serie de individualidades, desde todos los ámbitos: rocanrol, mod, punk, gótico… La diferencia con Madrid, donde la gente interesante también era minoría, es que desde los medios y las instituciones se les apoyó y se vendió aquello como la panacea, y en Barcelona ocurrió lo contrario: el fenómeno se silenció. La prensa en Madrid iba toda a una. En Barcelona se ignoraba a las bandas. En Madrid gozaban de una infraestructura, y todos se juntaban en los mismos locales. Aquí cada uno iba por su lado.

Siempre te he visto como un personaje muy adulto, y digo esto como elogio.
Soy hijo único de padres mayores. Mi padre había estado en la cárcel y en el exilio. Yo era hijo de alguien que había pringado diez años de su vida. Un preso político. Eso lo notas en casa y te da mucho coraje. Y en mi casa de 50 metros cuadrados vivíamos cinco personas: mi madre, mi madre, mi tía, mi abuela y yo. Yo vivía en el pasillo, en un sofá. Cuando esa es tu situación lo que haces es salir a la calle, y el barrio del Clot era del todo callejero. Nosotros crecimos en la calle. Ese fue nuestro bachillerato.

La mirada de 'Chanel…' es serena y madura. No vas a saldar cuentas de juventud.
No me interesa poner a parir a nadie, ese tipo de biografías son muy infantiles. Mis libros son casi de aventuras, Los Cinco y los Trogloditas. No es un ejercicio literario. Es un libro escrito con urgencia e inmediatez que intenta plasmar un momento concreto. Además, por aquel entonces éramos todos gallitos metidos en un corral pequeño, a ver quien la tenía más larga y tal. No te lo puedes tomar muy en serio.

Tu libro no es nada épico. De hecho, la mayoría de situaciones dan risa.
Es que por mucho que fuese de tipo duro, a los veinticuatro no paraba de meter la gamba. El el libro cuento lo del Renault Caravelle del 64 que me compré en 1986. Mientras yo creía que lo tenía aparcado en el garaje de uno de los Trogloditas, en Vic, resulta que su padre lo había estado utilizando para transportar sacos de cemento. Algo más tarde, cuando Sabino y yo conseguimos limpiarlo y lanzarnos a la carretera, nos extrañó que todos los conductores nos saludaran. Pero no era un saludo: ¡la rueda izquierda estaba ardiendo! [ríe]

"Siempre he sido pandillero, pero nunca he querido formar parte de clubs motoristas o bandas de delincuentes"

Me gusta tu dicotomía de artista que aún hace alarde de orgullo de tribu pero que a la vez supo trascenderla a tiempo.
Siempre he sido pandillero, pero nunca he querido formar parte de clubs motoristas o bandas de delincuentes. Yo salí rebotado de mi tribu ya en la época de 'Los tiempos están cambiando', en 1981. Fui rocker y teddy boy antes que nadie, entonces me fui a londres y vi que los Clash eran una banda de rock’n’roll. Cuando volví aquí y empecé a decirlo, me convertí en la persona más vilipendiada del mundo del rock [ríe].

Cuando la ortodoxia se te tira encima es que estás haciendo algo bien. De otro modo te hubieses quedado haciendo rockabilly toda la vida.
Hay que salirse de lo esperado. ¿Qué fotógrafo está fotografiando a todos los grupos de España? ¿Tal? Pues con ese no hay que hacerse las fotos. ¿Quién es el productor de moda para grupos de indie rock en España? Ricky Falkner. ¿Y para el rock? Carlos Raya. Pues ninguno de esos dos tiene que producirme el nuevo disco. Esa siempre ha sido mi fórmula. Si todos tiran para esa línea, me voy a la contraria. Es la mejor forma de sobrevivir a las modas.

Siempre te has rodeado de los espíritus individuales de cada generación. En 'Chanel…' aparecen una serie de personajes icónicos y barceloneses.
Para ser como los demás ya están los demás. En un momento en que no había MTV la gente se inventaba su propio personaje. Con el tiempo todo se globalizaría más rápido, salía Kurt Cobain por la televisión y a la mañana siguiente había cincuenta tíos vestido como él. Pero aquí, en la época de la que estamos hablando, las pintas que llevaban Tutti, Carlos Segarra, o Fray de Decibelios… Aquellos tíos se inventaron unos personajes tremendos, cosas únicas. Era pioneros. A Fray, en el viaje a Vic que cuento en el libro, le confundieron con un Hare Krisna. El tío que vino a frotarle el pelo no había visto nunca un skinhead. Esa era la España real de 1985. La gente se piensa que ya éramos supermodernos por aquel entonces, pero salías de Madrid y Barcelona y el resto del país parecía una república del Este de los años cincuenta. Todo muy carpetovetónico.

En el libro repartescapones entre el rockerismo “auténtico” de la época.
Los Trogloditas éramos un grupo de garaje que triunfó. Detrás nuestro salió un underground que alardeaba de “autenticidad”, pero yo sospecho que no daban para más [ríe]. Esos mismos “auténticos”, after-punks del Rock-Ola que se dejaron flequillo, acabaron escuchando grupos horripilantes. A nosotros, que habíamos sacado El ritmo del garaje tres años atrás, nos hacía mucha gracia. Kike Túrmix, que echaba pestes de la “ful modernilla”, había sido azafato de 'La Edad de Oro'. Cosa que le tuve que recordar. Mis capones son sin saña, porque eran juegos de chavales. “Que si escuchas tal grupo ya no te hablo”. Cuando empecé a llevar esmoquin lo hice para tocar los cojones.

"Cuando la prensa te pone bien, empieza a preocuparte. Eso quiere decir que no vas a vender un puto disco. Cuando la prensa te pone fatal, vas a triunfar"

Siempre te ha gustado tocar un poco los cojones.
Cuando la prensa te pone bien, empieza a preocuparte. Eso quiere decir que no vas a vender un puto disco. Cuando la prensa te pone fatal, vas a triunfar. Así que nunca me ha importado que la prensa me pusiera a parir. En cuanto a los críticos, prefiero a un tipo que sea mi némesis pero tenga criterio, que a otro que un día haga una crítica positiva de David Bisbal y a la mañana siguiente otra, también positiva, de Southside Johnny.

Tu mirada siempre ha sido urbana. En el libro comentas tus choques con el mundo de comarcas. Vic, en concreto.
A Sabino le dije muchas veces si no podía haber encontrado a unos Trogloditas en Cornellà. Yo iba a Vic y no entendía nada, y ellos tampoco a mí. En Vic la gente escuchaba a la Companyia Elèctrica Dharma. No tengo nada en contra de ellos, pero para mí la Dharma era todo lo que No Tenía Que Ser. Abundaba el progre reciclado: un tío que hacía jazz-rock y un día vio a The Police, se cortó el pelo, se puso una corbatita y se unió a la nueva ola. Eran gente que tenían cinco años más que nosotros, que se las daban de modernos, y que como tocaban “mejor” se creían que se lo iban a comer todo. Existía una división generacional muy grande.

El problema era la edad, que cantaban Brighton 64.
La edad era vital. Cinco años eran un abismo. Con Quimi Portet no llegamos a un acuerdo para producir 'El ritmo del garaje' porque aún pensaba que había que grabar con músicos profesionales. Fui con 'Los tiempos están cambiando' a la radio y Pallardó dijo que era un homenaje a Dylan. Tuve que indicarle que era todo lo contrario. Ellos no paraban con la turra de 'Qualsevol nit pot sortir el sol'. Nosotros nunca queríamos ver salir el sol.

"Yo iba a Vic y no entendía nada, y ellos tampoco a mí. En Vic la gente escuchaba a la Companyia Elèctrica Dharma"

Escribes sobre Los Negativos, una de las grandes bandas ninguneadas de esta ciudad.
Los Negativos, de quien por cierto versioneé 'Viaje al norte' en mi último disco, 'Viento del Este' (2016), fueron la banda que mejor ha recogido la trayectoria del pop español. Desde Los Pekenikes hasta su época. Y no eran solo una banda rock. Tenían pasión por la estética, la cultura, el cine. El grupo estaba compuesto por cuatro personajes interesantes en sí mismos. Yo fui muy pesado con ellos, era muy fan, llevaba sus maquetas y discos a todas partes. Pero no fueron comprendidos, ni siquiera entre la post-movida. También creo que en Madrid habrían tenido una carrera más larga. Madrid respeta más el legado pop. En Madrid hubo unanimidad para darle a Rosendo la medalla de la ciudad. Pero cuando me dieron a mí la de Barcelona generó controversia.

En el libro hablas con desenfado de tu querencia por la estimulación artificial.
[ríe] Odio las biografías rock donde se censura la parte de las drogas, pero también odio las que solo hablan de drogas. Las drogas, simplemente, formaban parte de aquello. Éramos chavales que experimentaban. Soy de la generación de las anfetaminas. La heroína no la veo como algo de mi generación, y eso que casi destruye a mi banda. Pero para mí no tenía nada que ver con nosotros. Era una cosa de hippies, algo de los otros, de la generación anterior.A mí me gustaban las drogas aceleradoras: empezabas con los optalidones de tu madre y de allí a lo siguiente. Pero a la vez nos gustaba el lujo, en drogas y en todo. Yo no quería vivir en un piso ocupado; quería una suite de cinco estrellas. Mi padre, en la guerra civil, fue uno de los que ocupó el Ritz. Cuando uno de los primeros grupos de okupas vinieron a pedir que les echara una mano a mediados de los ochenta les dije que me llamaran el día que ocuparan el Ritz [ríe].  

"El personaje de Loquillo lo construí como coraza. Al contrario de lo que suele creerse, un artista cuando sale un escenario no actúa; actúa cuando está fuera de él"

En el libro tocas la construcción de tu “personaje”, el Loquillo icónico, duro, noble…
El personaje de Loquillo lo construí como coraza. Para protegerme. Contrariamente a lo que suele creerse, un artista cuando sale un escenario no actúa; actúa cuando está fuera de él. Pero en el escenario me permitía ser yo. En este libro no salen tristezas porque las tristezas vivieron luego. Además, mi padre me enseñó a sonreir cuando peor iban las cosas. Mi madre, que tuvo a tres hermanos en la cárcel, era más oscura. En la época que cuento en el libro mi personalidad era reflejo de mi padre: siempre adelante, disfrutando los veinticinco años. La construcción del personaje se me puso a huevo.

Eres un poco como Dean Martin. Me pregunto si alguien ha traspasado esa coraza que llevas alrededor.
Soy muy celoso de mi intimidad. Parte de la coraza que mencionas está hecha de mis amigos de siempre. Y te voy a decir algo: acerté. Porque al ganado se lo conoce en la recta de salida. Si he tenido etapas bajas han venido precisamente porque me rodeé de las típicas ladillas que, en el mundo del rock, tienes que pasar, como un sarampión. También tiene que ver con la coraza el hecho de que me haya tomado esto como un oficio. Alguna gente pasó por esto del rock’n’roll como si fuesen unas colonias de verano, pero para mí esto era algo más. Algo serio.

Todo el mundo se llena la boca con el barrio y el gueto, pero tú siempre has dicho que si eres de barrio de verdad lo que quieres es largarte.
La prioridad número uno de un chaval de clase obrera: largarse. Y punto. Mi abuelo era estibador, mi padre era estibador y yo sabía que por nada del mundo iba a ser estibador. Cuando yo crecí el rock’n’roll era un clavo al que agarrarte si querías escapar del destino de tu clase social. Si hubiese nacido diez años antes habría sido torero. Me habría tirado a la plaza. Pero me tiré para el espectáculo. En mi casa Manolo Escobar era Dios. Además, festejava con una chica del edificio. Una de las primeras fotos firmadas que tuve fue de Manolo Escobar. Mi madre lo adoraba. Esa mitificación del artista fue parte de mi infancia. Gracias a ello empecé a pensar en perseguir un tipo de vida distinto. No quise quedarme allí y casarme con la hija de la vecina.

"Cuando yo crecí el rock’n’roll era un clavo al que agarrarte si querías escapar del destino de tu clase social. De haber nacido 10 años antes habría sido torero"

El único artista de la “nova cançó” de quien hablas bien en el libro es Quico Pi de la Serra.
Quico era un disidente. Los suyos le habían dado la espalda. Era un tipo que iba más allá, que se interesaba por la gente joven, por la música pop, que buscaba nuevos caminos. Sin Quico Pi de la Serra yo jamás habría hecho 'La mala reputación'. Quico me puso en contacto con otra Barcelona: pero no la laietana o la del jazz-rock, sino la de Candel, la de Marsé. Me enseñó muchas cosas. Y era muy divertido ir con él a los sitios. Vernos juntos descolocaba a los de su bando y a los del mío [ríe]. Se ha sido muy injusto con él. Con él y con Ovidi Montllor. Eran los que iban por delante.

Ahora se revalora el sonido caño roto, el jazz-rock layetano o la rumba catalana. A juzgar por el libro, no parece que tú hayas cambiado de opinión respecto a ninguno de los tres estilos.
Los layetanos te miraban por encima del hombro si no habías ido al conservatorio. Pero yo aún no sé tocar la guitarra, y he grabado 32 discos y he vendido tres millones y medio de álbumes. Con los años he hablado con gente de aquella escena y todo bien. Pero en aquella época nos despreciaban, y eso no se olvida. Y además, su música era un coñazo. Yo a los diecisiete, como era alto, pintón y DJ, siempre ligaba con chicas mayores que yo, e ir a su casa era peligrosísimo. Sabías que en algún momento iba a caer el disco de Iceberg [ríe]. Al final no te salía a cuenta, la verdad.

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