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CINE

'El cochecito' y otras historias de la censura española

La versión no alterada de la película de Ferreri, con el vitriólico desenlace original, se podrá ver en la Filmoteca de Madrid el día 21

Hay múltiples anécdotas con el uso de las tijeras en los filmes una práctica que existía desde 1913 y se multiplicó durante el franquismo

Quim Casas

Un fotograma de El cochecito, de Marco Ferreri. 

Un fotograma de El cochecito, de Marco Ferreri. 

El pasado 30 de agosto se proyectó en la Filmoteca Española la versión restaurada de 'El cochecito' (1960), dirigida por el italiano Marco Ferreri, escrita por Rafael Azcona e interpretada por José Isbert. El productor de la película, Pere Portabella, pidió que se pusiera la copia íntegra restaurada por el Centro Sperimentale di Cinematografia romano. Pero resulta que esta versión enviada desde Roma no incluía, por algún error que se está intentando aclarar, la significativa penúltima secuencia que la censura franquista cortó en su momento. Es como, si por un caprichoso juego del destino, la censura siguiera vigente. El filme volverá a proyectarse el 21 de septiembre, esperemos que esta vez con el vitriólico desenlace original, que no pudo verse ni el pasado 30 de agosto ni durante la dictadura.

En la película, el anciano protagonista está obsesionado con comprarse un coche motorizado de inválido. Sus familiares quieren impedírselo, por lo que decide envenenarlos a todos, robar sus joyas y adquirir, por fin, su querido motocarro. Era una comedia negra, negrísima. La censura franquista, claro, cortó esa penúltima secuencia en la que el anciano ve salir de casa los ataúdes de sus víctimas, y la sustituyó por una llamada telefónica de arrepentimiento que deja claro que la familia continúa con vida.

Como ocurría casi siempre, no solo estropearon la secuencia y el significado último de la película, sino que mantuvieron la secuencia posterior, en la que el protagonista es detenido por la Guardia Civil: sin el asesinato, estos últimos planos carecían de sentido. El escándalo fue mayúsculo y a Ferreri no le renovaron el permiso de residencia en España. Volvió a Italia pero continúo con Azcona en la sala de máquinas de las ideas, como haría el guionista con Berlanga y Saura.

Sueños húmedos

La censura no fue un invento del franquismo. Existía desde 1913. No solo se podían eliminar escenas en la primera fase del guion y cortar las películas una vez realizadas sino que a principios de los años 20, por ejemplo, las salas cinematográficas de Madrid  tenían las plateas divididas en tres espacios, uno para las mujeres, otro para los hombres y un tercero, iluminado con una luz roja, para las parejas.

La historia de la censura cinematográfica española es pródiga en anécdotas. Realizada por un cineasta falangista, José Antonio Nieves Conde, ‘Surcos’ (1951) ofrecía una visión realista de la dura vida rural. Pasó la censura en un tímido momento de apertura, pero su simple existencia le costó el cargo a José María García Escudero, entonces director general de Cinematografía y Teatro. Por supuesto, los cineastas más combativos de los 50 y 60 (Berlanga, Bardem, Fernán Gómez, Saura) sufrieron constantemente las iras de los censores.

En ‘Bienvenido, Míster Marshall’ (1952), no pasó el corte una escena en la que la maestra del pueblo tiene sueños llamémosles húmedos con atléticos deportistas norteamericanos. ‘Plácido’ (1961) tuvo que cambiar de título: debería haberse llamado ‘Siente un pobre a su mesa’. Berlanga, algunas veces, se lo tomó a guasa: el censor padre Grau, un cura dominico, hizo tantos retoques en el guion original de ‘Los jueves, milagro’ (1957) que el realizador quiso que fuera acreditado como coguionista.

Bardem, detenido

Otro texto de Azcona, el de ‘El pisito’ (1958), primera colaboración con Ferreri, fue alterado en su desenlace minimizando el arribismo del protagonista, que quiere casarse con una anciana, esperar que muera y cobrar la herencia con la que comprarse un apartamento nuevo. En ‘Muerte de un ciclista’ (1955), de Bardem, se suprimieron todas las imágenes y referencias a las manifestaciones estudiantiles. Durante el rodaje de su posterior ‘Calle mayor’ (1956), Bardem llegó a ser detenido.

Más flagrante resultó el caso ‘Viridiana’, el retorno de Luis Buñuel al cine español. La censura obligó a modificar el final del guion. Buñuel aceptó, aunque su ateísmo cítrico no quedaba por ello amortiguado. La película obtuvo la Palma de Oro en Cannes en 1961, pero una crítica posterior del ‘L'Osservatore Romano’ levantó tantas ampollas que el filme fue prohibido en España. No solo eso. Se le retiró el cartón de rodaje, por lo que dejaba de existir.

El guion de ‘La respuesta’ (1969), de Josep Maria Forn, tuvo que reescribirse hasta tres veces al no pasar el control de censura. Se autorizó finalmente. Después, una vez montada, el comité de censura la vio y la prohibió íntegramente sin mediar demasiadas explicaciones. Casos así, los hubo a patadas.

Consejo de guerra para Miró

En los 70 hubo pequeños cambios. Algunos temas podían expresarse con mayor libertad. Al mismo tiempo, los directores se las ingeniaban para colar ideas y los censores eran incapaces de comprender los dobles juegos y metáforas. Una imagen corrosiva de ‘La prima Angélica’ (1973), de Saura, pasó el control: el falangista encarnado por Fernando Delgado se rompe el brazo y se lo enyesan dejándoselo en alto, como si estuviera haciendo el permanente saludo fascista. Seis ministros la vieron en un pase privado y la autorizaron. El franquismo comenzaba su estertor. Pero bandas fascistas realizaron agresiones en las salas en las que se exhibía: la fachada del cine Balmes de Barcelona fue incendiada. Al día siguiente, la película dejó de proyectarse.

En 1976, María José Cantudo realizó el primer desnudo integral del cine español en ‘La trastienda’, de Jorge Grau. Comenzaba la época del destape. La censura quedo abolida en 1977, pero dos años después aún coleaba: a Pilar Miró se le abrió un consejo de guerra por la forma cruda de presentar las torturas de la Guardia Civil en ‘El crimen de Cuenca’  y el filme estuvo un año y medio secuestrado.

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