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arqueología musical

Bruselas era una feria

Hablamos con protagonistas de la poderosa escena rumbera desarrollada en Bélgica en los años 60 y 70 por emigrantes españoles

Cientos de restaurantes con 'show' flamenco impulsaron un mercado discográfico desconocido en España que recupera el disco libro 'Rumba hispano-belga'

Nando Cruz

Juan Lucero, en el centro, con su cuadro flamenco.

Juan Lucero, en el centro, con su cuadro flamenco.

El disco libro 'Rumba hispano-belga. Sonidos de la emigración española en Bélgica 1960-1989' ha destapado una escena prácticamente desconocida en España: la de cientos de guitarristas, cantaores y bailaores que emigraron a Bruselas para ganarse la vida. En 1967 había 227 restaurantes españoles solo en la capital belga y muchos ofrecían espectáculos flamencos para los locales. De todo aquello no queda ni rastro. Apenas una decena de restaurantes y un puñado de 'singles' perdidos en los mercadillos del antiguo barrio español.

También quedan historias no contadas como las de Juan Lucero, Charito Moreno y tantísimos otros. Lucero, cuyo apellido real es Selfa, pisó Bélgica por primera vez a mediados de los 70 como miembro de la compañía del bailarín José de la Vega. Ya se había hecho un nombre cantando en tablaos y cabarets de Barcelona: la Bodega Apolo, Las Cuevas del Carrascal, el Taboo, el Patio Andaluz, el Villa Rosa, el Panam’s, el Macarena... "Y desde Marbella hasta Llançà, he actuado en toda la costa", añade Selfa desde su residencia en Bruselas. Aquel día, en cuanto salió a la calle vio claro que su futuro estaba allí.

"En el ascensor del hotel donde dormíamos, coincidí con una chicas que hablaban español. Yo me decía: '¿Pero en este país se habla español o qué?'. Eran gallegas y me dijeron que había una calle llena de restaurantes españoles y tablaos flamencos". Le estaban hablando de la 'rue' Haute, aunque muchos belgas ya la conocían como la 'rue' de los españoles. "Fui al restaurante Alicante con las chicas del ballet y ese día el dueño me ofreció trabajo sin oírme cantar ni nada. '¿Cuánto me paga usted?', le dije. Y la oferta fue imbatible". Además de 4.000 pesetas por noche, le ofrecían tres comidas diarias y vivienda. Y un billete de avión para volar de Barcelona a Bruselas en cuanto acabase la gira con De La Vega.

Desde Sevilla, vía Lieja

Charito Moreno llegó por tierra. Su padre, el guitarrista andaluz Rafael Moreno, encontró un buen trabajo y a los dos meses llamó su mujer y su hija. "Mi padre y mi hermano fueron en tren porque no había dinero para avión y no teníamos coche. Nosotras nos fuimos con un señor que iba para Alemania y que nos dejó en Lieja", recuerda hoy Charito desde su Sevilla natal, a la que volvió en 1976. Llegó a Bruselas con nueve años. Su padre le enseñó a manejar la guitarra a los 11 y con 12 ya estaba tocando y cantando en el circuito de restaurantes.

Rafael y Charito Moreno.

En la Bruselas de los años 70 era difícil sentirse extraño. "La 'rue' Haute estaba llena de restaurantes españoles y atracciones. ¡Eso era una feria! -exclama Selfa- ¡Lo más bonito que he visto en mi vida!". Charito se estrenó en uno de los 12 restaurantes de esa calle, El Rincón. Y lo normal era ir pasando de uno a otro: al Torremolinos, al Nerja, a Los Candiles… Juan Antonio Aguado los conoció casi todos. "El que más fama tenía era Casa Manolo. No tenía mucho espectáculo, pero era un profesional con la comida. Y el Nerja servía una de las mejores paellas de Bruselas", afirma. Aguado es una enciclopedia viva de los locales españoles de esa época. Fue taxista en Bruselas 40 años.

"La 'rue' Haute estaba llena de restaurantes españoles y atracciones. ¡Eso era una feria! ¡Lo más bonito que he visto en mi vida!"

Charito Moreno

Artista

Todos servían comida española: paella, gambas al ajillo, jamón… "Alguno tenía circuito cerrado para que las mesas de otras salas también pudieran ver el espectáculo", resalta Selfa. Las jornadas laborales empezaban a las ocho de la tarde y acababan cuando los clientes se marchaba, hacia medianoche. "Pero entonces llegaban los españoles a tomarse una copa y podíamos acabar a las dos o las tres de la madrugada", matiza Moreno. Su padre, además, regentaba una academia de canto y guitarra y ella daba clase a los niños, de manera que su jornada laboral era un bucle infinito. "Nos levantábamos a las nueve o las diez. Yo daba clase de doce a seis y luego nos duchábamos, nos pintábamos, nos vestíamos y nos íbamos al restaurante". Y así, seis días por semana.

Juan Lucero (izquierda) con Juanito Martín.

En cada restaurante de la 'rue' Haute había cuadros flamencos con tres y hasta siete españoles. "Cuando terminábamos los pases salíamos todos a la calle a fumar y a charlar. Todos éramos amigos y estábamos en contacto", dice Selfa, evocando aquella hermandad. Vivir lejos de su tierra era bastante llevadero: "Había tiendas de ropa y comida española, librerías... Era como estar en España", asegura. Además, se ganaba dinero. Entre pase y pase, "mientras los belgas cenaban, íbamos de mesa en mesa cantando el ‘Porompompero’, ‘Cucurrucucú Paloma’, ‘Que viva España’… Y algunos sacaban un billetito y lo metían en hueco de la guitarra. Muchas noches teníamos que vaciar tres veces la guitarra porque se salían los billetes", recuerda Moreno. "Se llevarían un buen dinero en propinas. El belga es bastante espléndido", confirma Aguado.

El circuito de singles

La otra fuente de ingresos de los artistas españoles en Bélgica eran los singles. "Los clientes nos pedían discos para comprarlos y tenerlos era otra manera de ganarte la vida", explica Selfa. "El primero lo grabé estando en Alicante. Lo grabé en una hora. Pagabas el estudio, la impresión y el disco era tuyo. También te quedabas la banda sonora [se refiere al máster]". Para financiar la fabricación, era habitual poner publicidad de los restaurantes en la contraportada del single.

"Los clientes nos pedían discos para comprarlos y tenerlos era otra manera de ganarte la vida"

Juan Lucero

Artista

"En tres meses se acabaron los mil que fabriqué y tuve que pedir más", recuerda Selfa. "Cada noche vendía unos ocho o diez", calcula. "Cuando se acercaba Navidad podías vender 30 o 40 en una noche. Mi hermano tenía que coger el coche muchas noches e irse a casa a por más", asegura Moreno. Los vendían a cien francos belgas; 400 pesetas de la época. Aquel interés de la clientela de los restaurantes por las canciones de los emigrantes generó una pequeña industria. Cientos de singles de factura independiente que se vendían de mesa en mesa y que medio siglo después Miguel Menéndez ha rescatado en mercadillos y en internet para armar el disco-libro 'Rumba hispano-belga'.

"Yo vivía como me daba la gana. Me permitía trabajar tres meses y luego irme para España en avión y pasar unos días hasta que me quedaba sin dinero y me volvía a Bruselas a seguir trabajando", rememora Selfa. También le fue muy bien a la familia Moreno. "Ganamos mucho dinero, para forrarnos -afirma Charito-. Pero en casa siempre nos ha gustado comer bien y como a mi padre le gustaban los productos españoles, le mandaba una lista a los camioneros. Le traían bidones de aceite de oliva, chorizo, morcilla, jamón de pata negra, vino blanco, tinto del bueno, aceitunas 'aliñás'... ¡Hasta gambas!", informa. "En mi casa sonaba la olla tremenda. Se comía mejor que en la del rey de Bélgica".

Las Hermanas Mancha, ante el restaurante Torremolinos.

No a todos les fue tan bien. "A muchos artistas los llevaban engañados y cuando llegaban allí les quitaban el pasaporte para que no volvieran a España y no dejasen tirado al del local. El dueño del Torremolinos era el que más engañaba a los artistas que venían de España. Ese era un prenda", denuncia Charito Moreno. El engaño era asegurar 3.000 pesetas diarias que en España eran mucho dinero, pero que en Bélgica no daban para nada. A Rafael Moreno, además de gestionar la grabación de infinidad de singles, le tocó mediar en varios conflictos. "Conseguía que les devolvieran el pasaporte amenazando a los dueños de los locales con denunciarles a la embajada española. Luego llevábamos a los artistas al aeropuerto, les sacábamos el billete, les dábamos bocadillos para el viaje y los mandábamos para España", relata Charito.

"Yo vívía como me daba la gana. Me permitía trabajar tres meses y luego irme a España en avión hasta que me quedaba sin dinero y volvía a Bruselas a seguir trabajando"

Juan Lucero

Artista

"El Torremolinos era el que peor pagaba -confirma Selfa-, pero era donde más te lucías porque tenía un escenario y una sala preciosa". Además, era lugar de parada obligatoria cuando artistas españoles famosos pasaban de gira por Bélgica. Los más grandes actuaron en la capital en aquellos años 60 y 70 en los que la inmigración convirtió Bruselas en una ciudad española más. De Julio Iglesias a Lola Flores pasando por Los Chichos. "A Los Chichos los vi muchas veces. Hasta me peleé con ellos", confiesa Selfa. "Yo trabajaba en Las Cuevas del Centollo, cerca de la 'rue' Haute, y estos donde veían un agujero se metían. Como le daban al porro, se escondían a fumar. Se pusieron ciegos y me peleé con ellos porque con tanto humo yo no podía ni cantar. Los Chichos eran terribles. El Jero hasta salía a tocar la guitarra y a cantar por la calle".

Ya no queda nada

De aquello apenas queda nada. A final de los 70 la migración árabe empezó a comprar locales. "Solo en el municipio de Saint-Gilles hubo cien restaurantes españoles. Ahora, en toda Bruselas, quedan ocho", calcula Aguado. Tampoco quedan grupos españoles. Su favorito era Los Cuervos. "Los vi en La Laguna, un bar que hacía bodas y que casó a casi todos los españoles de Bruselas. Los domingos por la mañana tocaban ellos. Entonces había baile por las mañanas porque a las nueve ya no dejaban salir a las chicas", aclara. De aquella solo sobreviven Chicos y Altamira, una alianza de miembros de Los Chicos y otras bandas de la época que actúa cada año en la feria del Rocío de Vilvoorde.

José Antonio Aguado, 40 años de taxista en Bruselas, mandó una Gibson Les Paul de imitación a su sobrino en Gijón. Años después, este fundó Manta Ray

Juan Selfa se retiró a los 50 años tras haber publicado cinco singles y haber actuado más de 22 años. Hasta para el Barça de Cruyff cantó una noche. "Y el más gracioso era Asensi. Hasta sabía dar palmas", puntualiza. Charito Moreno se rebautizó Tata Moreno a su regreso a España y sigue actuando en ferias y fiestas privadas: para Isabel Preysler, Juan Carlos I, George Clooney y quien se le ponga delante. José Antonio Aguado trabajó en el taxi hasta 2015. Nunca tocó la guitarra, pero regaló una Les Paul de imitación a su sobrino. Se la mandó a Gijón en autocar Alsa a través de un amigo chófer. Años después, este fundaría el grupo de post-rock Manta Ray. Pero esa ya es otra historia.

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