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CRÓNICA

Ben Harper, con las manos libres en Cap Roig

El cantautor californiano ofreció un recital largo y caudaloso, de repertorio muy abierto, en el festival de Calella de Palafrugell

Jordi Bianciotto

Ben Harper, en el concierto que ofreció el lunes en el Festival de Cap Roig

Ben Harper, en el concierto que ofreció el lunes en el Festival de Cap Roig / EFE / ROBIN TOWNSEND

Salió a escena, se colocó su guitarra ‘lap steel’ sobre las rodillas, sombrero de ala ancha calado, ligeramente encorvado sobre su instrumento, y en silencio, nos dio la bienvenida con un largo solo lleno de matices, notas brillantes con ancestros de blues, golpeando la caja para imprimir acentos de carácter. Y así, dejando que las cuerdas hablaran por él, comenzó Ben Harper un recital en solitario en el Festival de Cap Roig con el que mostró su versión no más genuina, porque todas los son, pero sí más cercana al modo en que nacen sus canciones y su mística.

Eligió para abrir una reflexión significativa, ‘Lifeline’, que comienza diciendo “la vida es demasiado corta para sentarte y preguntarte quién va a hacer el próximo movimiento”, clamando así por la determinación, siempre con formas suaves, sin alzar la voz. De ahí a ‘Excuse me Mr.’, mirando a las alturas. “Perdone, señor, / ¿no ve los niños muriéndose? / Dice que no puede ayudarlos / Señor, ni siquiera lo intenta”. Harper, el cantautor protesta, y el poeta que realza las cualidades más puras (‘Diamonds on the inside’) y el ‘bluesman’ heredero del fatalismo del delta (‘When it’s good’).

Piano poco aprovechado

Alternando el ‘lap steel’ con la guitarra acústica y la eléctrica, el californiano nos fue envolviendo con su mezcla de sensualidad y aridez, disfrutando de tener las manos un poco más libres que cuando actúa con banda, aunque eso pudiera comportar algún desliz: en ‘Don’t give up on me now’ se extravió y tuvo que volverla a empezar. “Habéis pagado demasiado por esa entrada”, bromeó. A su derecha había un piano vertical que solo utilizó dos veces: la primera fue en la cálida ‘Born to love you’ (del disco con su madre, Ellen Harper) y la segunda llegaría en los bises.

No concibió el recital como un ‘grandes éxitos’ porque no parece valorar sus canciones a partir de su impacto comercial sino de unas lógicas narrativas y emocionales. Tampoco fue una presentación del último disco, ‘Call it what it is’, del que solo interpretó dos piezas.  Temario muy abierto y libre, pues, en el que, dentro de la intensidad natural con que se expresa Harper, hubo puntas significativas en  ‘Welcome to the cruel world’ (única cita a su primer disco, ya que ‘Forever’ quedó en el tintero), un oscuro ‘Please bleed’ crispado por la guitarra eléctrica y la esperanzada ‘With my own two hands’, ahí sin el ritmo reggae de la toma original, en la que anunció su disposición de cambiar el mundo con sus propias manos. Y ‘Amen omen’, elevando el tono y forzando la voz en el clímax del ‘set’.

El bis trajo otro concierto en sí mismo, siete canciones entre las que, más que citar clásicos (ahí estuvo ‘Glory & consequence’), miró hacia sus periferias: ahí estuvieron una sustanciosa pieza de su próximo disco con Charlie Musselwhite, que lleva cuatro años tocando ocasionalmente, titulada ‘I trust you to dig my grave’, la versión de ‘Sexual healing’, de Marvin Gaye, fundiendo curación física y espiritual, y cerrando, la inédita ‘Trying not to fall in love with you’, segunda y última incursión en el piano, con aires de blues cabaretero un poco comediantes, quitando hierro a una noche cubierta de un tenue halo de trascendencia.

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