NOVEDAD EDITORIAL

Una tumba con vistas al aeropuerto

Edwin Winkels novela en 'El último vuelo' la historia de Maribel Sastre, una azafata catalana de 18 años que murió en un accidente de aviación en 1958

El periodista Edwin Winkels, ante la tumba de la azafata Maribel Sastre, en el cementerio de Montjuïc. 

El periodista Edwin Winkels, ante la tumba de la azafata Maribel Sastre, en el cementerio de Montjuïc.  / JOAN CORTADELLAS

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Ernest Alós
Ernest Alós

Jefe de sección de Participación

Especialista en historia, cultura, literatura fantástica y de ciencia ficción, ornitología, lenguas, Barcelona

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Cuando asistía a un entierro en el cementerio de Montjuïc, al periodista holandés Edwin Winkels le señalaron, allí al lado, en lo alto de la montaña, una tumba que despertó su curiosidad. Una lápida recordaba a una joven de 18 años fallecida “en acto de servicio en la Sierra de Guadarrama”. La escultura de una azafata, con su gorrito de medio lado y la mirada dirigida directamente a las pistas del aeropuerto de El Prat, presidía el monumento fúnebre. Dos reportajes en EL PERIÓDICO fueron el resultado del descubrimiento de quién era esa joven, Maribel Sastre, y quiénes los otros 20 tripulantes y pasajeros que murieron con ella cuando un obsoleto cuatrimotor Languedoc de Aviaco, que volaba de Vigo a Madrid, se estrelló en el pico Pasapán una noche de nevada de diciembre de 1958. Diez años después, la historia real se ha convertido en una novela, ‘El último vuelo’ (Ediciones B).

   

Winkels trabajó de periodista deportivo y reportero en este diario de 1991 al 2012. Desde entonces ha publicado una novela en Holanda, seguida de ‘El último vuelo’ y de una ficción histórica sobre los ‘isleños’, los canarios que se instalaron en los pantanos de Louisiana en el siglo XVIII, que ha enviado a su editor justo esta semana. 

HORAS SENTADO EN LA TUMBA

La historia de Maribel se le quedó en la memoria. “He pasado muchas horas sentado en la tumba viendo despegar los aviones. Me he hecho amigo de Maribel. Ya no tiene familia directa y soy el único que la visita, y le traigo flores una o dos veces al año”, explica.

Decidió convertir su vida en novela (“en el fondo un accidente de avión en 1958 con 21 muertos tampoco es un tema increíble para hacer un libro de no ficción; lo que me llamó la atención era esa chica de 18 años, en un momento en que quizá solo había 40 azafatas en España, y su vida solo la podía reconstruir desde la ficción”) pero sin poder olvidar sus orígenes (“en el fondo he seguido siendo periodista”).

Todos los ocupantes  del avión perecieron carbonizados salvo Maribel, cuyo cuerpo apareció congelado

El trabajo de documentación le hizo conocer en el 2006 a una tía de la azafata, a la mujer que cuidó a la madre de esta hasta su muerte, visitar la habitación de Maribel, que había quedado tal como la dejó en 1958, entrevistar a la hija del piloto, el teniente coronel José Calvo Nogales, a Luciano, el pastor segoviano que subió a la sierra y encontró el cadáver, a la hermana de dos niñas que viajaban a Madrid para reunirse con sus padres después de cinco años de separación y murieron también ese día, al sobrino de un joven chileno que llegaba a Madrid huyendo de un romance prohibido con una prima, subir hasta el lugar del siniestro...

DESIDIA EN LA ESPAÑA DE LOS 50

Winkels también ha utilizado el informe del accidente, un ejemplo de la desidia de esa España de los años 50 que ha procurado reconstruir. El Languedoc era un avión francés revendido por Air France que no estaba preparado para soportar heladas. Los pilotos de Aviaco habían puesto a cada uno de ellos un mote basado en su matrícula: el EC-ANF era el ‘no furulo’, el EC-ANP el ‘no puedo’, el EC-ANS el ‘no subo’. Esa noche, la dirección de Aviaco ordenó a su jefe de pilotos, El Perro, un veterano de la escuadrilla de García Morato en la guerra civil y de la Escuadrilla Azul en Rusia, volar pese a las condiciones meteorológicas (el vuelo de Iberia sí había salido, pero con un DC-3, mientras que Calvo estaba a los mandos del Languedoc EC-ANR, el ‘no rulo’). El piloto voló bajo protesta y colgó una nota avisando a los pasajeros que el vuelo no sería fácil y que podían elegir subir o no al avión.

A 40 kilómetros de Madrid, el avión, con la radio averiada, no consiguió superar la sierra (bajó, no se sabe si por el peso del hielo en las alas o porque el piloto creyó que ya la había rebasado) y topó, solo por 100 metros, con la ladera del pico Pasapán, conocido por los lugareños como la rodilla de una formación a la que llamaban La Mujer Muerta.

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DOS DÍAS DE BÚSQUEDA

La búsqueda del avión perdido duró dos días, y fue un pastor quien encontró los restos, con los ocupantes carbonizados, con la excepción de Maribel, que apareció congelada, recostada sobre una roca lejos del avión y aparentemente sin heridas graves. Quizá salió despedida o quizá sobrevivió un tiempo. En la ficción, Winkels ha elegido lo segundo. “Es el poder del escritor”. 

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