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RECUPERACIÓN DE LA SAGA COMPLETA DE DANIEL DEFOE

El último rescate del náufrago Robinson Crusoe

De Hériz traduce el clásico al castellano íntegramente por primera vez

ELENA HEVIA
BARCELONA

Robinson Crusoe. El mito. Aun sin haber leído sus aventuras, todo el mundo cree conocer la peripecia del marinero que llegó a una isla desierta y logró sobrevivir trasladando su convencimiento de ser un buen inglés civilizado y religioso al dominio y transformación de una tierra salvaje.

Enrique de Hériz se zambulló en la que está considerada la primera gran novela escrita en inglés (1719), por Daniel Defoe, mientras andaba en la escritura de un artículo sobre el clásico publicado en las páginas de EL PERIÓDICO DE CATALUNYA hace ahora 8 años y se encontró con una sorpresa. Las peripecias de Robinson en la isla, universalmente famosas, ocupan solo el primer volumen, de los dos que integran la obra, que es el que suele reeditarse regularmente tanto en Gran Bretaña como en España, relegando al olvido la segunda parte, Nuevas aventuras de Robinson Crusoe, en la que el héroe (que no parece haber aprendido la lección) vuelve a embarcarse en un viaje alrededor del mundo.

Pero hay más. Una de las versiones más canónicas que circulan es la que Julio Cortázar realizó en 1944 y que incluye los dos volúmenes. Sin embargo, al cotejarla con la edición inglesa, De Hériz encontró que había sido expurgada hasta reducir el texto original en un 30%. De ahí que el autor de Mentira se haya decidido a desfacer el entuerto y traducir ambos volúmenes en su integridad, editados ahora por Edhasa, que promete para el próximo otoño la tercera parte del ciclo: Serias reflexiones de Robinson Crusoe, un bonus track absolutamente inédito en castellano, colección de diversos comentarios sobre los viajes del famoso náufrago a los que difícilmente se les puede dar el nombre de novela.

De Hériz no quiere presentar su traducción como una respuesta a la de Cortázar. «Estoy seguro de que la editorial argentina le proporcionó una versión ya mutilada y manipulada, porque la traducción está dividida en capítulos -inexistentes en el original- con sus correspondientes sinopsis, algo que Cortázar no iba a inventarse».

UN TEXTO MENGUANTE / La práctica de aligerar el contenido ha perseguido al clásico casi desde sus comienzos. En 1719, en plena ebullición de su éxito, apareció una edición pirata más económica anunciada como «fielmente» -el adverbio se las trae- «abreviada sin omisión de ninguna circunstancia destacable» que amargó profundamente a Defoe. Su humor no hubiera mejorado de haber conocido el destino de su obra, convertida en clásico juvenil a base de una meticulosa poda de las reflexiones morales y religiosas del héroe. Y así Robinson Crusoe pasó a ser un simple relato de aventuras.

A De Hériz no le ciega el cariño desarrollado en los tres años y medio que ha empleado en la traducción. Admite las acusaciones que arrastra la novela: el aburrimiento que en ocasiones puede proporcionar su plúmbeo adoctrinamiento religioso o el elogio del colonialismo británico, del todopoderoso hombre blanco enfrentado al «salvaje». Acusaciones que han servido de acicate en el siglo XX a las reescrituras de autores como J. M. Coetzee, Michel Tournier o William Golding, pero que cobran un nuevo valor frente las reflexiones de un individuo del siglo XVIII que está demostrando «ser el dueño de sus actos y el responsable de su destino». Así, el colonialista Crusoe dice en la obra: «...estaba harto de matar pobres salvajes desgraciados, incluso si era en defensa propia», pero eso solo lo sabemos ahora.

¿Cuál es el valor añadido de esta nueva traducción? «Creo que nos ayuda -apunta De Hériz- a entender por qué es una novela fundacional. No solo porque se trata de la primera maquinaria narrativa en lengua inglesa, sino porque al leerla nos damos cuenta de que hemos inventado muy pocas cosas desde entonces».

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