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En este restaurante, las chefs son las presas

PROGRAMA DE REINSERCIÓN

En este restaurante, las chefs son las presas

El Interno, el local de comidas de moda en Cartagena de Indias, está en la cárcel de mujeres

María G. San Narciso

El calor aprieta cuando se pasea por la calle 39 del turístico barrio de San Diego de Cartagena de Indias (Colombia). La ciudad sofoca con una humedad relativa media que pocas veces se sitúa por debajo del 80%. Pero más ahogan allí las rejas de la cárcel donde decenas de mujeres cumplen condena. El lugar pasaría desapercibido para muchos de los visitantes que pasean por allí con la cara brillante si no fuera porque guarda una de las joyas gastronómicas de la ciudad: el restaurante Interno. Lo gestionan, casi de forma íntegra, las reclusas.

Aspecto del restaurante Interno, en la cárcel de mujeres de Cartagena de Indias. /CORTESÍA FUNDACIÓN ACCIÓN INTERNA

Unas rejas de color rosa chicle están abiertas para dar la bienvenida al comensal. Las camareras saludan con su cabello recogido en grandes turbantes y vestidas con una camiseta negra con su lema: 'Segundas oportunidades'. Es decir, reinserción real o, como la llaman en Colombia, resocialización.

Las segundas oportunidades allí huelen a la posta cartagenera con ensaladilla y arroz titoté, o al arroz caldoso con frutos del mar que prepara Marjedis Vivero Arias. También al arroz con leche con reducción de frutas cítricas que hace su compañera Marlene Barraza Muñoz. Son todo platos de autor inspirados en el Caribe, obra de algunos de los mejores chefs de Colombia que han querido participar en este proyecto auto-sostenible de la Fundación Acción Interna.

Al trabajar en
el restaurante,
las reas logran
dinero para
sus familias,
reducción de
pena y un oficio

Pero volvamos al personal.  A las presas. A ellas se les acusa de distintos delitos como proxenetismo, extorsión, venta de drogas, secuestro o asesinato. Vivero Arias es una de las reclusas que, el día que habla con este medio, está en libertad teóricamente. A efectos prácticos, la burocracia para que se materialice su salida a la calle es más lenta. A fecha de la publicación de este reportaje, ya está libre.

Cabezas de familia

Con cinco hijas –de 16, 12, 10, 8 y 7 años–, explica que tiene verdaderas ganas «de salir a trabajar para recuperar lo que les faltó», tanto a sus niñas como a su madre. Porque la mayoría de las reclusas que están en este proyecto son cabezas de familia. Se ocupan de su prole y de sus padres. Y ella, en total, ha estado un año sin poder ocuparse de los suyos, aunque asegure que es inocente; que no se han encontrado pruebas ni contra ella, ni contra el resto de personas que han sido juzgadas por el mismo caso (proxenetismo).

Berenjenas a la plancha, con salsa napolitana y pesto. /CORTESÍA FUNDACIÓN ACCIÓN INTERNA

Barraza Muñoz es otra de las 13 reclusas que trabajan en el restaurante y que, a diferencia de algunas de sus compañeras, sí había estado empleada antes en una cocina. Pero no en repostería. Le gusta y, además, le vale para «bajar la pena».  Para que el tiempo corra más rápido. Barraza Muñoz, como las demás, explica que allí el ánimo «sube y baja». Cada celda está ocupada por unas 15 reclusas. Pueden llegar a 20 o a 25. Más de dos decenas de mujeres conviviendo juntas, cada una con sus circunstancias, su estado de ánimo, su propia mochila –bien pesada– a la espalda. Y en el caso de algunas, también con drogas.

Los músicos del 'Titanic'

La convivencia no siempre es fácil. El trabajo le ayuda a Barraza Muñoz a tener la cabeza ocupada. También sus dos hijos y su hija, quien la visita todos los fines de semana. «Hay que estar más fuerte que los músicos que tocaron en el 'Titanic'», le dicen sus chicos.

Mientras habla, suena 'Un amor', de los Gipsy Kings. La música es otra de las experiencias del restaurante y la española tiene gran protagonismo. Pero suena de todo. A la entrada venden bolsos que han hecho las reclusas. Nini Castillo, camarera y artesana, explica orgullosa que los suyos ya se vendieron. Ella lleva nueve meses allí. Tiene 28 años y cinco hijos.  Señala que allí la gente le trata de forma «espectacular». «A veces, me ponía a pensar tanto… Me estresaba. Pero 'tía Isabel' y 'tío José' me han ayudado mucho», asegura.

'Tío José' es en realidad José Beltrán, voluntario desde hace tres años, cuando 'tía Isabel', su mujer, estaba presa en esa cárcel. Antes ya iba a hacer chapuzas para ayudar a mantener la prisión.

La convivencia
en el interior
del penal no
siempre es fácil,
y el Interno
ayuda a las
reclusas a 
sentirse útiles

A su mujer la han trasladado pero él, que perdió su empleo después de trabajar 25 años en la banca por la acusación hacia ella, sigue ayudando con las cuentas del restaurante. Piensa que este es un medio y no un fin para la reinserción de las reclusas; que les ayuda a hacer su estadía más digna, enseñándoles un oficio en un espacio que les permite un encuentro con la sociedad civil.

Los clientes

También está por allí María Cecilia Restrepo, supervisora. Tiene historias de las reclusas pero también de los clientes. Recuerda, por ejemplo, a la familia ecuatoriana que estuvo un año entero ahorrando solo para visitar juntos el restaurante.  O a la niña cuya madre llevaba 10 años presa en Estados Unidos y se emocionó al verlas. «Hay gente que llora, las abraza o les pregunta cosas», explica. Y al hacerlo  se le eriza la piel.

Posta cartagenera con ensaladilla. /CORTESÍA FUNDACIÓN ACCIÓN INTERNA

Para las reclusas, estar en el restaurante significa también poder disponer de una bonificación económica para sus familias,  la reducción de la pena y la oportunidad de comer allí dentro.  Explican varios casos de éxito entre quienes ya han salido, como el de Jackeline Granados, que no quiso ser camarera por no ponerse un turbante rosa en la cabeza. Le tocó aprender a cocinar y ahora trabaja en un restaurante de categoría de Cartagena.

Buena conducta

Todas las que hablan con EL PERIÓDICO tienen un tono dulce en la voz. Algunas hablan más fuerte que otras, pero siempre son suaves en los gestos. No es casualidad. Con las ventajas que conlleva estar en el programa, tener una buena conducta –dentro y fuera del restaurante– es indispensable para trabajar en Interno. Explica Restrepo que una vez una banda urbana vino a por una de las chicas.  Los guardias avisaron y tuvieron que sacarla del programa.

Son dos los guardias. Uno se queda dentro del restaurante y otro en la calle. La puerta está siempre abierta, salvo que haya fútbol y la cierren para poder verlo mientras. También hay cuchillos por todas partes. No pasa nada.

«Sobre esto es de lo que más me preguntaban los clientes, si no se escapaba nadie teniendo la puerta del local siempre abierta. Hasta que un día reuní a las mujeres y les pregunté qué opinaban de esto. La respuesta de una de ellas es que por ahí no iban a marcharse. Me dijo: ‘Cuando salgamos por aquí lo haremos por la puerta principal», cuenta Restrepo.

La mecenas

La Fundación Acción Interna es fruto del empeño de la actriz Johana Bahamón, su presidenta, y el restaurante uno de sus proyectos. Hace siete años ella era una de las ‘Tres Milagros’, serie emitida por el canal de televisión colombiano RCN. Como tal, la invitaron de jurado a un evento de la cárcel de mujeres de Bogotá. «Conocía la situación de esos lugares, pero una cosa es saberlo y otra muy diferente es estar en el espacio, conocer realmente qué pasa dentro y, sobre todo, a los seres humanos que están ahí. La privación de libertad no debería significar privación de la dignidad», afirma.

La actriz Johana Bahamón, en el reataurante Interno. /cortesía fundación acción interna

La primera mujer que conoció allí cumplía condena por el asesinato de su marido. Lo mató, según le dijo, por haber violado a su hijo de tres años. «Por aquel entonces mi hijo tenía esa edad. Me di cuenta de que yo, de haber vivido algo así, podría estar en la misma situación que esa mujer», explica.

Consciente de haber nacido con unos privilegios de los que muchas de esas mujeres carecían, decidió hacer algo. Ahora se dedica por completo a este proyecto, que cuenta con tres líneas de acción: crecimiento interno, personal y arte. En todo este camino, explica que la Fundación ha trabajado con más de 30.000 personas de 32 cárceles colombianas.

En el caso del restaurante, apunta que la mayoría de las mujeres que han salido en libertad están trabajando en los mejores restaurantes de Cartagena o tienen sus propios negocios de cocina. «Fomentamos mucho esto porque sabemos lo difícil que es encontrar trabajo cuando ven el historial judicial. También sensibilizamos a las empresas privadas para que les den una oportunidad. Nosotros en la Fundación no hacemos una obra de caridad, sino de calidad».

Está convencida de que todas ellas ya han cumplido su deuda con la sociedad y que lo mínimo que se merecen son estas herramientas e ingresos para reincorporarse a ella de forma digna, social y laboral. Y el éxito está conseguido: ninguna de las personas que han trabajado en el restaurante ha vuelto a reincidir.