24 oct 2020

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INICIATIVA MUNDIAL

Misión: salvar a los animales callejeros

Los confinamientos ponen en peligro a los gatos y perros que viven en muchas grandes ciudades, pero muchos, en todo el mundo, están dispuestos a echarles una mano

Adrià Rocha Cutiller

Unos gatos subidos en la fachada de un edificio de Estambul.

Unos gatos subidos en la fachada de un edificio de Estambul. / ADRIÀ ROCHA CUTILLER

Cuando un viajero llega a Estambul, casi siempre se sorprende por la misma cosa. No por las mezquitas espectaculares que definen la línea del cielo de la ciudad —que también—, ni por la espectacularidad de la costa que marca el estrecho del Bósforo —que también—. Todo el mundo dice lo mismo: es extraño el cariño que le tienen los turcos a los perros y gatos callejeros. Los gatos, sin embargo, ganan en términos de recepción de amor por goleada.

Y estos días de cuarentena —intermitente en Turquía, que establece un toque de queda total durante los fines de semana pero permite la circulación de personas dentro de una misma ciudad durante los días laborables— no ha sido distinto.

Mucha gente, en Estambul y en otras ciudades, ha salido de sus casas para alimentar los animales callejeros. Los ayuntamientos han establecido trabajadores para hacerlo. Y en los fines de semana —cuando salir de casa está terminantemente prohibido—, el Gobierno ha establecido una excepción para aquellos que quieran alimentar a sus vecinos de cuatro patas: se puede salir a la calle a dar de comer a perros y gatos siempre que estén cerca de la vivienda personal.

No solo pasa en Estambul: en Marruecos, por ejemplo, ha sido la policía la que, en Tánger, se ha dedicado a alimentar a los animales. En Atenas, Grecia, el ayuntamiento ha creado una aplicación online para que los ciudadanos puedan donar comida a las veterinarias municipales, y ha dado permiso a 350 voluntarios para que puedan saltarse la cuarentena y alimentar a los animales callejeros.

Más cerca, Sevilla ha anunciado que hará lo mismo en los próximos días. Y en el barri de Gràcia, en Barcelona, pasa algo parecido: varias asociaciones luchan para poder seguir alimentando a los animales de la zona y que no mueran de hambre y soledad durante la pandemia del Covid-19.

En China fue todo al revés: al haber empezado la pandemia allí, los chinos no sabían si los animales podían contagiar el virus o no. El país asiático vivió una ola de abandonos, y en la provincia de Hubei, donde apareció el coronavirus, la policía recibió la orden de sacrificar a los animales domésticos de los infectados.

Recuerdos del pasado

Pero el caso de Estambul va mas allá que todos los casos anteriores. Estambul es especial por número, porque en la mayor ciudad de Turquía hay, probablemente, más de 200.000 perros y gatos callejeros, a los que, en muchos casos, se tiene más respeto y amor que hacia los propios vecinos homínidos.

Pero Estambul es también diferente por historia. Todo ocurrió en 1911 y en un islote del mar de Mármara. Estambul, por aquel entonces, era la capital del Imperio Otomano, y su gobernador se había hartado: había demasiados perros callejeros por sus calles. Así que tomó la decisión de exterminarlos a todos, y ordenó su captura y su exilio en la isla de Sivriada, una de las islas Príncipe de Estambul, que nunca ha sido habitada.

La idea funcionó a medias: 80.000 perros, según las estimaciones, murieron de hambre, sed y ahogados al intentar escapar de la isla nadando. El suceso causó traumas a la población y surgieron leyendas de que los habitantes de las islas y de la ciudad podían escuchar los ladridos desesperados de los perros, que pedían que les sacaran de allí.

Y, entonces, Estambul fue sacudida por un terremoto. Sus habitantes lo interpretaron como un castigo divino, así que desde aquel suceso, aunque hayan pasado más de 100 años y el cariño a los animales sea más por tradición que por miedo a dios, a los perros y a los gatos se les trata bien, por si acaso, que nunca se sabe. Se esté o no en cuarentena.