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Fermín Cacho: "En mis sueños siempre ganaba yo"

"Cuando en el instituto dijeron que los Juegos del 1992 serían en Barcelona, pensé: '¡Hostia, yo quiero estar ahí!'"

"Aquellos Juegos sirvieron para que el país apostara realmente por el deporte. Hubo un antes y un después"

Joan Carles Armengol / Barcelona

Fermín Cacho, la semana pasada en Barcelona.

Fermín Cacho, la semana pasada en Barcelona. / JOAN CORTADELLAS

Si hubo una medalla emblemática de las 22 que el deporte español conquistó en los Juegos Olímpicos de Barcelona que se abrieron este martes hace exactamente 25 años, fue la de Fermín Cacho. Era el penúltimo día, en el Estadi Olímpic, ante el Rey, en una de las pruebas reinas del atletismo (los 1.500 metros) y, encima, no partía como uno de los claros favoritos. Pero el corredor soriano, entonces de 23 años, se exhibió en las tres vueltas y tres cuartos a la pista y entró vencedor entre el delirio del público, culminando con su medalla de oro la mejor actuación olímpica de una delegación española.

-Qué recuerdos aquellos. Sí. Para mí fue lo máximo, el triunfo más grande de mi carrera deportiva, aunque luego llegaron muchos más, afortunadamente. Pero si todo el mundo se acuerda, no solo yo, después de 25 años, que son muchos, es que fue realmente importante.

-El atletismo aportó cuatro medallas en aquellos Juegos, lo nunca visto… Sí, fueron 10 días mágicos en Montjuïc. Dani [Plaza] destapó el tarro de las esencias con su oro en los 20 kilómetros marcha. Antonio [Peñalver] llegaba con la séptima u octava mejor marca en el decatlón, pero hizo las 10 pruebas muy, muy bien. Y Javier [García Chico] no daba nunca nada por perdido, y saltó 5,75 metros en pértiga el día adecuado. Y yo terminé primero sin ser de los grandes favoritos.

"Tenía una táctica para la final, pero a los 400 metros ya la había cambiado. Creía que iba a ser más rápida"

-La final de 1.500 pareció más fácil de lo que se esperaba. No crea, no. Fue una carrera rara, muy lenta. Tenías que estar muy atento porque al final todo el mundo podía correr y te podía sorprender. Tenías que estar muy atento a la gente, a cómo respiraba, a cómo se movía. Había que estudiar muy bien la carrera desde dentro.

-Y usted llevaba una táctica en la cabeza, ¿verdad?  Sí, pero a los 400 metros ya la había cambiado. Creí que iba a ser una final más rápida, a 3.34 minutos, más o menos, porque en semifinales se había corrido a 3.33. El argelino Morceli era el campeón del mundo y el hombre a batir, tenía que dar el do de pecho. Pero fue toda la carrera detrás de mí. Yo iba bastante encerrado, pero él, aún más. Así que pensé: 'No sé cómo lo vas a hacer para salir de ahí, porque yo no te voy a dejar pasar'.

-Y a falta de unos metros, usted vio un hueco y pasó por ahí…  No me puse nervioso. Siempre estuve aguantando en la cuerda y cuando vi el hueco, a falta de 220 metros, dije: «Por aquí paso». Me puse primero, y a los 100 metros volví a cambiar de ritmo y vi que ya les llevaba mucho, así que pensaba que algo muy malo tenía que ocurrir para que no quedase campeón olímpico.

-Campeón olímpico, nada más y nada menos. Fue el triunfo de una convicción, ¿no?  Totalmente. Si no vas con este convencimiento, no hay nada que hacer. Primero, mi sueño era estar en unos Juegos Olímpicos; luego, estar en la final; y, finalmente, ganar esa final. Lo tenía muy claro. Lo había soñado, lo había entrenado y estaba totalmente convencido. Había imaginado esa final olímpica de 50 maneras diferentes, pero en mis sueños, por casualidad, siempre ganaba yo.

Fermín Cacho, triunfador olímpico en el 92. / JOAN CORTADELLAS

-Y en Montjuïc, se sucedieron las anécdotas. El abrazo del Rey a un atleta sudado, rompiendo el protocolo, los dos besos de la Reina, el abrazo con sus padres, la bandera descolorida que su madre guardaba desde que usted nació, 23 años antes en Ágreda… ¿Pero hay alguna anécdota que usted se haya guardado hasta ahora y que nos quiera explicar? Una de las cosas que me ha quedado para siempre es que cuando estaba en el podio, oyendo el himno español, pensaba en el día que me enteré de que Barcelona sería sede olímpica en el 92. Era octubre de 1986, salía del instituto, y a las dos y 10 minutos de la tarde me dijeron que aquellos Juegos de 1992 se harían en Barcelona. Mi primer pensamiento fue: '¡Hostia, los Juegos en Barcelona! Yo quiero estar ahí'.

"'Me queda un año para volver a estar aquí', pensé en el podio del 91 tras ser campeón de España en Montjuïc"

-No está mal esta convicción para un chico de 17 años. Yo ya corría a un buen nivel en aquel tiempo, era campeón de España júnior de 1.500. Pero entonces solo pensé en estar en Barcelona. La ambición creció con el tiempo, y me acuerdo de que en 1991 gané el campeonato de España en Montjuïc con 3.34.52, y ya en el podio, con la medalla, pensaba: 'Me queda un año para volver a estar aquí, en lo más alto'. Entonces sí, entonces ya tuve la convicción de que sería campeón olímpico. En 1991 fui quinto en el Mundial de Tokio, y de los cuatro que me ganaron, descartaba que volvieran a estar por delante dos alemanes (Herold y Fuhlbrügge) que me superaron por un error táctico mío, y solo quedaban Morceli y un keniano, Kirochi.

-Y en Barcelona, los nervios no le traicionaron, ¿verdad? Quizá estaba demasiado tranquilo y todo…  Era como un estudiante que llega a las oposiciones bien preparado. No tienes que estar nervioso porque sabes que has estudiado para hacerlo bien. A mí me pasó lo mismo. En una eliminatoria a las once de las mañana, me quedé dormido en la grada a las nueve. La siesta no me la quitaba nadie. Y el día de la final me tuvieron que llamar a la habitación. Estaba seguro de lo que había trabajado, no tenía por qué ponerme nervioso.

-¿Qué significaron los Juegos del 92 para el deporte español?  Hubo un antes y un después, está claro. España había logrado 26 medallas en todos los Juegos anteriores  y ganó 22 solamente en Barcelona. Sirvió para que el país apostara realmente por el deporte y que vieran que, cuando a los deportistas se les ayuda, sus ganas de hacerlo bien les llevan ahí arriba.

-¿Se ha mantenido aquel espíritu?  Sí, el gran nivel actual del deporte español es fruto de lo que empezó en el 92. Pero, eso sí, seguimos teniendo una asignatura pendiente, que es la reinserción en el mundo de a pie de los deportistas que han dedicado 15 o 20 años de su vida a dar éxitos al deporte español y luego no se les ayuda lo suficiente. Son viejos para el deporte pero jóvenes para la vida, no hay que olvidarlo.

-¿A qué se dedica actualmente?  Soy embajador de una empresa de centros deportivos, GoFit se llama, con 19 gimnasios en España y 250.000 abonados, que busca que todo el mundo haga deporte y evitar el sedentarismo.  Y vivo en Andújar, con cinco mujeres: mi esposa, Susana, y cuatro niñas, Macarena [17 años], Patricia [15], Paola [13] y la pequeña Daniella [4]. Siempre están en mayoría, pero me respetan bastante [risas].

-¿Y cómo ve Barcelona ahora?  La ciudad aprovechó muy bien el legado y el tirón de los Juegos. El cambio en aquel 1992 fue tremendo, la ciudad cambió de cara y se abrió al mar. Es el ejemplo de una ciudad que aprovechó perfectamente los Juegos Olímpicos. En cambio, mire cómo está Río ahora, hecha una pena.