Las mujeres bajo los talibanes

Wajiha, maestra afgana recluida en su casa: "Echo de menos mis clases en el instituto"

Testimonio desde Afganistán tras un año de amenazas, sin trabajo, ni estudios ni libertad

Noche en casa de Wajiha F. La familia ve la televisión.

Noche en casa de Wajiha F. La familia ve la televisión. / W.K. (Afganistán)

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Juan José Fernández

"Hace justo un año, yo estaba a esta hora en clase en mi universidad. Hoy a esta hora estoy limpiando la casa", comentaba Wajiha F. a media mañana del pasado miércoles. Hay muchas cosas que esta joven mujer afgana podía hacer un año atrás y ya no hace, desde la vuelta al poder de los talibanes.

A sus 25 años, Wajiha F. ya tiene un pasado profesional que añorar, un horizonte vital e intelectual que ha desaparecido y un montón de amargura que administrar. Justo antes de la precipitada retirada occidental de Afganistán daba clases a adolescentes en un instituto, estudiaba para enfermera y matrona en un centro adscrito a la Universidad de Kabul y esperaba unas prácticas en un hospital. Pasado un año, es una de los millares de mujeres afganas hoy cautivas de facto en sus domicilios, sin poder trabajar o estudiar, con un móvil como mejor ventana al exterior.

Wajiha ha conversado con EL PERIÓDICO bajo la prevención de no revelar su paradero, una vivienda en algún punto de Afganistán que por turnos vigila la familia. Una de las primeras medidas que tuvieron que tomar ella, sus padres y hermanos fue cambiar de domicilio ante la amenaza de los talibanes. Quizá porque todas las mujeres de la casa cultivaron su intelecto, porque una hermana tuvo un puesto directivo en la derrocada administración de Justicia, o porque un hermano formó parte del Ejército regular que se derrumbó tras la huida de las fuerzas de la OTAN.

Desde el 15 de agosto de 2021, el escenario de vida de Wajiha son las paredes de su casa. Lo explica lacónica: "I can’t go out. All the day I am at home". Apenas poder salir, estar todo el día en casa, es la condena que solo han podido eludir dos miembros de la familia con el exilio. El resto no puede trabajar en ningún sitio. A los enclaustrados como Wajiha, hombres y mujeres a los que la dictadura talibán ha convertido en topos, les cerca además la pobreza: "Hemos perdido todos nuestros ingresos -cuenta-, así que vamos vendiendo nuestras cosas para conseguir comida".

Las mañanas

A las cinco de la madrugada saca Wajiha los pies de la cama. Su rutina le encomienda la preparación del desayuno, porque los padres son ancianos y la madre, además, está enferma; su hermana tiene niños que atender; y su hermano se acuesta en ese momento tras otra de sus noches en vela.

En casa de Wajiha, actualmente la preparación del desayuno no es un trabajo que lleve demasiado tiempo; se ha convertido en actividad lamentablemente austera: "A menudo desayunamos solo té y pan. No tenemos ingresos", recuerda.

Mujeres afganas exigen derechos civiles ante el palacio presidencial de Kabul, el 3 de septiembre de 2021.

/ REUTERS / Stringer

Y todo el ajetreo laboral y académico que en otro tiempo le esperaba tras desayunar se ha tornado en un simple y constante "clean my house".

Limpiar la casa, hacer la casa, ordenar la casa en medio de la melancolía: "Extraño a mis compañeros maestros de instituto y a mis alumnas -relata-. Son chicas de 13 y 14 años. Como no pueden salir están muy tristes, sin esperanza".

Al mediodía del 15 de agosto de 2021, Wajiha daba clase en su instituto cuando apareció su jefe: "Vino y me dijo: 'Vete a casa, que los talibanes están tomando Kabul'. Yo no podía creerlo. Me fue muy difícil dejar la clase, pero creía que podría continuar con mis estudios y mi trabajo".

Todas las escuelas y universidades habían cerrado al día siguiente. Y la situación se complicó más al poco, "cuando dijeron que no podemos salir a la calle a estudiar o trabajar". Wajiha tampoco sale a comprar, porque no tiene dinero. Como mucho sale para ir al médico: "Me pongo hiyab, me tapo la cara con una mascarilla y salgo".

Las tardes

En la era pretalibán de la vida de Wajiha, poco antes de las dos acababan las clases. Hoy, a la una de la tarde se sienta la familia a comer un menú cada vez más parco, todo vegetales. Antes había en su mesa arroz con carne, cardamomo y pasas, el qabli palo tradicional afgano. Ahora la comida habitual de la casa es un guiso de berenjenas, tomates y cebollas; si se puede, también legumbres.

Poco a poco se ha ido descapitalizando la familia F. en su encierro, vendiendo los enseres de la casa para subsistir en un año vacío de salarios y repleto de renuncias. "No puedo olvidar cuando mi hermana tuvo que vender sus joyas -cuenta-. También vendemos nuestras camas, nuestras alfombras...".

Después de la comida y de una siesta llegan las horas vacías, las de mayor tedio. "Antes, a las cinco estaba con mis estudiantes o volviendo a casa. Ahora no tengo nada que hacer", cuenta.

Nada salvo ver noticias. Pero esa es una actividad penosa. "Las noticias me deprimen", dice la profesora Wajiha. Puede acceder a prensa libre y a redes sociales, porque el régimen talibán no ha podido, como Rusia o China, caparlas. "Veo noticias cada día, pero me entristecen: siempre hay malas noticias para la juventud", insiste Wajiha.

Portada del digital 'A las ocho de la mañana', que lee Wajiha F. La noticia principal es el asesinato de una niña en el Panshir.

/ EL PERIÓDICO

Las teocracias y las dictaduras les declaran la guerra a los jóvenes. Reenvía Wajiha un link de la página de Facebook que estaba leyendo: la noticia del día contada en pastún por el digital Ocho de la mañana: una niña asesinada en la región de Panshir. Tenía 16 años. Había salido a por agua. El medio acusa a los talibanes. Ilustra la portada una foto de la víctima, con hiyab y media sonrisa. A la izquierda, entre los contenidos destacados, este aviso surrealista: "Los talibanes de Zabul fijaron fecha límite para que los oficinistas se dejen crecer la barba".

Las noches

A las siete encenderá Wajiha el fogón para calentar las patatas con judías que hay de cena. Y luego, después de lavar la vajilla, los cubiertos y la cazuela, se sentará con los sobrinos para hacerlos estudiar antes de que le tome el relevo la televisión de la sala de estar.

A eso de las 11 se van a la cama. Llegará la hora del sueño, pero no de la quietud. Toda la noche la pasan despiertos los dos hombres de la casa, vigilando. Como en millares de domicilios hoy en Afganistán, de noche se hace guardia, porque abundan en el país las gentes que no pueden jurar que esa noche no les visite algún agresor.

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La familia está amenazada. Ya lo suponían cuando cambiaron de casa, a los dos días de regresar los talibanes, y lo confirmaron al poco, cuatro días después, por la alerta de antiguos vecinos. "Le dijeron a mi hermano: 'Los talibanes han venido a la casa; preguntaron por usted y sus hermanas'", explica la profesora.

Y no solo los hombres andan despiertos. En ocasiones Wajiha ha oído gritar a un sobrino en la noche. "Es por las pesadillas; los niños tienen pesadillas", explica. Una de esas malas noches le preguntó al chico qué le sobresaltaba tanto. Y él le dijo: "Soñé que entraban en la casa y pegaban al abuelo".