Refugiados en el país del bósforo

Una nueva Siria en el sur de Turquía

  • Antes de la guerra civil siria, la ciudad turca de Reyhanli, justo en la frontera con el país árabe, tenía cerca de 100.000 habitantes: ahora, con la llegada de los refugiados, la cifra se ha más que doblado

Refugiadas sirias trabajan en el campo de Reyhanli.

Refugiadas sirias trabajan en el campo de Reyhanli. / Alba Cambeiro

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Gazali, embarazada de siete meses, con sus dos hijos más pequeños correteando a su lado, no debería estar aquí. Gazali, con el espinazo partido por el peso que debe de soportar su espalda, no debería agacharse por aquí, obligada como está a labrar el suelo con sus manos, a falta de herramientas.

Pero lo está. Ella y una decena más a su lado. No tienen otra opción. "¿Qué es lo que podría hacer? Necesito el dinero. Ahora que ha empezado la temporada de cultivo no puedo parar", dice Gazali, que gana 40 liras turcas -4,43 euros- en los días que trabaja. Su marido, Eyad, también trabaja con ella. Ambos ganan lo mismo.

"Antes de la guerra mi vida era muy diferente. Era enfermera y nos iba muy bien. Pero hace seis años decidimos marcharnos, no podíamos más. Desde entonces vivimos en esas tierras de ahí al lado, en unas tiendas de campaña", explica Gazali, siria y refugiada y que en la actualidad vive en la ciudad turca de Reyhanli, al otro lado de la frontera con Siria.

Desde el campo donde Gazali, Eyad y otros sirios cultivan ajos -después, una vez se acerque el buen tiempo, serán tomates- se ve a pocos cientos de metros el muro que les separa de su vida anterior, que hace poco más de 10 años, el 15 de marzo de 2011, cambió para siempre.

Echan de menos esos días que ya no volverán. "Si en el otro lado consiguiéramos algo mejor volveríamos ya mismo -dice Eyad-. Y si los bombardeos paran y fuese seguro volver, claro. Y también si Bashar se va". ¿Y si se queda? "Entonces nos quedamos aquí", continúa el hombre. Los demás ríen: "Si él no se va nosotros no volvemos".

Un campamento de refugiados en Reyhanli

/ Alba Cambeiro

Éxodo a casa

Después de que la guerra civil siria se recrudeciese en 2014 con la aparición del Estado Islámico y, sobre todo, las campañas de bombardeos masivos de Rusia y el presidente sirio, Bashar al Asad, millones de sirios decidieron abandonar su país. En total, 5,3 millones cruzaron sus fronteras: un millón llegó a Europa, y otros tantos cientos de miles al Líbano, Jordania e Irak.

La inmensa mayoría, sin embargo, se quedó en Turquía, donde hoy viven 3,6 millones de sirios, sobre todo repartidos en las provincias del sureste turco, al norte de la frontera. Son Sanliurfa, Kahramanmaras, Gaziantep, Kilis y Hatay.

En Reyhanli -en la provincia de Hatay-, el sol ya empieza a molestar en estos días de principios de primavera, y los motociclistas, despojados ya del frío invernal, montan en sus vehículos como marcan estas latitudes: sin casco ni frenos, y con la esposa detrás, ambas piernas colgadas de un mismo lado, y un niño o dos en brazos. Economía del transporte.

Antes de 2011, la ciudad tenía cerca de 100.000 habitantes. Diez años después, la cifra es casi de 250.000: los nuevos vecinos venidos del sur son tantos que en Reyhanli se construyó un nuevo barrio, de nombre Yeni sehir (la ciudad nueva), que es más grande que la antigua ciudad.

Reyhanli es más siria que turca. "Aquí me siento como en casa, como si nunca hubiese salido de Siria. Somos mayoría, y además los sirios tenemos muchos más hijos que los turcos, así que cada vez Reyhanli es mucho más siria", dice Fatima.

Y la verdad es que lo parece: los carteles en turco anunciando móviles nuevos o antiguos, accesorios, seguros, kebab, shawarma, hoteles, pensiones y coches de segunda mano comparten espacio con los árabes, que anuncian lo mismo o algo parecido; mujeres turcas de la ciudad llevan el hiyab a la siria; sirias, a turca; y otras no lo llevan ni de una forma ni de otra. En los campos y cocinas locales, los ingredientes sirios se han abierto paso para quedarse. Y circulan a toda velocidad camiones de matrícula turca y siria: Reyhanli es la puerta de entrada a la región de Idleb, la única en toda Siria bajo control independiente de la oposición y Hayat Tahrir Al Sham, un grupo yihadista que rompió hace poco con Al Qaeda.

"Tenemos cada vez más matrimonios mixtos y hay cientos de familias mezcladas -apostilla Zeyneb, amiga de Fatima, también refugiada-. Muchos hombres locales turcos quieren casarse con chicas sirias porque las sirias cuidan más de la casa. Las turcas son más independientes. Al revés, por ejemplo, que una mujer turca se case con un sirio, pasa poco”.

Una familia siria comparte una comida en Reyhanli

/ Alba Cambeiro

Una bienvenida enfriada

Pero no todo en el sur de Turquía consiste una convivencia armoniosa entre hermanos, unos locales y los otros recién llegados. "Al principio, Turquía abrió sus fronteras a los sirios que escapaban de la guerra. Esto ocurrió durante los primeros tres o cuatro años de conflicto. La idea en Ankara era que la guerra acabaría pronto, y que la gente que llegaba se marcharía en pocos años. Turquía dio la bienvenida a todos, pero a corto plazo”, explica Omar Kadkoy, especialista en migraciones del think tank turco Tepav.

Pero los años pasaron; la guerra nunca terminó. Los sirios, a los que el gobierno turco dio un “estatus de protección temporal”, empezaron a quedarse, a formar otra vida en Turquía, a trabajar. “Como más ha pasado el tiempo, la percepción con la que la población local turca ha visto a la población siria se ha ido volviendo más negativa. Y el motivo de esto es sobre todo la forma en que los sirios son vistos como una amenaza para el sistema económico y de valores de los turcos”, dice Duygu Merve Uysal, investigadora de migraciones en la Universidad Koç de Estambul. Ahora mismo, la gran mayoría de los turcos desean que los sirios se marchen. Si pudiese ser ayer, mejor.

Pero los hechos son hechos: en Turquía viven 3,6 millones de refugiados sirios, muchos de los cuales ya no les queda nada en su país, y no son de ningún sitio, ni de un lado ni de otro, porque no ya no les queda adónde volver. Además, medio millón de sirios ha nacido en Turquía, y algunas decenas de miles han abierto sus negocios en Anatolia. En las escuelas turcas hay cerca de 680.000 niños sirios; en algunos años, algunos de estos empezarán a llenar las universidades del país. 

Los sirios han venido para quedarse. “Yo diría que, como mínimo, el 50% de los 3,6 millones tiene el potencial de quedarse en Turquía, aún si mañana la guerra parase y todo volviese a la normalidad. Y los turcos acabarán aceptando que tantos se queden, porque no habrá otra. Estos sirios están aquí, van a la escuela, al médico, a la panadería… Hacer como que no están no cambiará la realidad”, dice Kadkoy.

Alí, por ejemplo, vive en una ciudad cercana a Reyhanli, Antioquía, y aunque nació en Alepo, no se acuerda de nada de esa ciudad, que abandonó con dos años —hace ya ocho—. Dice que le encanta la vida en Turquía, que sus padres querrían volver, pero que él, de momento, está bien, porque tiene muchos amigos. “Cerca de 10”, dice.

“Yo tengo 12”, dice su hermana mayor, Sara, que se apresura en explicar que Alí no se acuerda del viaje, pero que ella sí, porque era algo mayor, y que llegamos en un barquito de plástico a la ciudad, y que unos días antes había llegado su tío.

Ahora vive toda la familia junta. “Cuando sea mayor quiero ir a la universidad. En Estambul o donde sea, y me gustaría estudiar para ser profesora de turco y árabe”, dice Sara, de 13 años.

Refugiadas sirias estudian en Reyhanli

/ Alba Cambeiro

Como era antes

“Desde que los sirios se han puesto a trabajar es muy difícil encontrar un trabajo. Hemos perdido todos los empleos. Y los precios del alquiler en la ciudad se han multiplicado por diez en los últimos años”, dice un vendedor de frutas de Reyhanli, y que ojalá los sirios se vayan algún día y que todo vuelva a ser como era antes.

“Es un argumento que tiene parte de realidad —contesta el experto Kadkoy—, porque la demanda de vivienda ha subido enormemente, y eso incrementa los precios. Es innegable. Pero también existe la parte opuesta de este asunto: los locales que alquilan los pisos se benefician de que suba la demanda. Sobre las cuestiones laborales, no se puede culpar a los sirios de quitarle el trabajo a nadie, porque el trabajo que realizan ellos es el menos cualificado. Antes de su llegada, lo hacían los kurdos. ¿Es acaso culpa de los sirios que se vean obligados a aceptar trabajos mal pagados para poder comer? La única forma de cambiar estas percepciones es a base de políticas de integración”.

Y mientras tanto, Eyad, Gazali y los demás se ven obligados a seguir trabajando en el campo cultivando ajos, tomates y lo sea que les pidan labrar esa temporada, siempre viendo, allá a lo lejos, el muro que marca la frontera con Siria.

Ahora que empieza la primavera están con la moral algo más alta. “En invierno, como no se cultiva nada, no trabajamos, y lo pasamos mal —explica Harran, una joven que trabaja en el mismo campo que la pareja—. Como mínimo, una tienda de aquí al lado nos fía comida, que después vamos pagando cuando llega el buen tiempo, en primavera y ver…”. “Ratatatatatatatata, tata, ratatatatata. ¡Boom! ¡Boom!”, interrumpen unas ráfagas la conversación. 

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Eyad explica que no es nada, que lo escuchan casi cada día, allá a lo lejos, y que las montañas llevan el eco de los combates hacia aquí, que por esto parecen muy cercanos aunque no lo sean tanto. Y, además, eso suena más a baterías antiaéreas disparando contra aviones que a otra cosa más seria.

“Pero bueno”, dice Eyad, “claro que tenemos miedo. Estamos en este lado de la frontera, aquí no vendrán. Turquía es segura. Pero a veces por la noche pienso que puede haber un error… que nos caiga algo a nosotros”.