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ENTREVISTA A HELEN CLARK

"El #MeToo debe superar la rabia y organizarse si quiere influir en el poder"

La exprimera ministra de Nueva Zelanda y referente feminista reivindica la "resiliencia" ante la ofensiva ultraconservadora

La excandidata a liderar la ONU reclama un papel "más proactivo" del secretario general en aras de un mundo más justo

Víctor Vargas Llamas

Helen Clark, en CaixaForum, donde participó en el coloquio Mujeres, poder e igualdad en el siglo XXI, organizado por Casa Asia.

Helen Clark, en CaixaForum, donde participó en el coloquio Mujeres, poder e igualdad en el siglo XXI, organizado por Casa Asia. / ROBERT RAMOS

La neozelandesa Helen Clark es una de esas personas dispuestas a tirar la puerta abajo en las causas en las que cree, en su caso, las relacionadas con el empoderamiento de la mujer y las políticas contra la desigualdad. No en vano, fue la primera dirigente en alcanzar el cargo de primera ministra en su país así como en dirigir el Programa para el Desarrollo de las Naciones Unidas, una institución para la que se postuló como secretaria general en las últimas elecciones. Una trayectoria que le ha convertido en un referente del feminismo y en una de las 25 mujeres más influyentes del mundo, según la revista Forbes. Invitada por Casa Asia, esta semana ha participado en el coloquio Mujeres, poder e igualdad en el siglo XXI, celebrado en CaixaForum.

Nueva Zelanda ha tardado más de un siglo entre el sufragio femenino y la llegada de una mujer al poder. ¿Por qué cuesta tanto cambiar esta cultura política? La política siempre había sido cosa de hombres, pero en algunas sociedades el progreso de las mujeres ha derrumbado esas barreras para encontrar su lugar en este mundo. Ha costado mucho tiempo, pero en Nueva Zelanda, desde que yo fuera primera ministra ya hemos tenido mujeres al frente del Gobierno en más de la mitad de ocasiones.

¿Qué tipo de adversidades añadidas se encuentra una política para prosperar en un mundo dominado por hombres? Es necesario tener mucha resiliencia. Estás expuesta a muchos y muy variados tipos de examen y siempre se te mira desde una perspectiva basada en aspectos más triviales, como la apariencia física, relegando el mensaje que transmiten. La mujer política debe luchar por derribar esa barrera y conseguir que la atención deje de centrarse en banalidades para hacerlo en su actuación.

¿Qué aporta al mundo una política con un toque más femenino? En el ciclo de la vida las mujeres acostumbran a tener un vínculo más profundo con el sistema sanitario, cuidando de niños, ancianos, enfermos o discapacitados. También suelen estar más en contacto con el mundo de la educación y otras atenciones importantes cotidianas. Así que la presencia femenina en la esfera pública garantiza que se adopten decisiones más ajustadas a las necesidades en este tipo de servicios.

Con fenómenos como #MeToo adquiriendo tanto protagonismo, ¿qué pueden hacer las nuevas tecnologías por el empoderamiento de la mujer que no haya conseguido la política? #MeToo es un movimiento enorme, pero debe crecer más allá de ser un fenómeno. Debe organizarse y conseguir influir en la toma de decisiones. Un ejemplo lo tenemos en la tristemente célebre violación [de la Manada] en Pamplona, donde la decisión de la justicia fue del todo insuficiente desde el punto de vista de las mujeres. Debemos ir más allá de la rabia y empatizar con el entorno de quienes adoptan las decisiones ahora para que en el futuro sean las propias quienes adopten las decisiones importantes.

El avance de movimientos ultraconservadores puede poner en riesgo esa evolución feminista. Siempre hay una reacción de ciertos sectores a la mayor presencia pública de la mujer. Lo vemos en el Senado de EEUU, donde inicialmente hubo una gran empatía por la mujer que denunció [a Brett Kavanaugh, el candidato de Donal Trump al Tribunal Supremo]. Pero luego llegó una reacción rotunda en contra, reflejada en las denuncias de Trump, que alertaba a los hombres de que deberían estar asustados por esta situación. Sin embargo, esto ha servido de estímulo para que las mujeres se movilicen más y reclamen con más fuerza respeto y justicia 

Europa se blinda ante la llegada de inmigrantes y Trump se jacta de que construirá un muro en la frontera con México. Los países pobres parecen más dependientes de las oenegés que nunca. ¿Qué modelo de desarrollo habría que seguir? Los países en desarrollo necesitan apoyo para profundizar en su capacidad de formar gobiernos justos y que atraigan la inversión, fomentando la confianza en sus economías. Pero los países más pobres no podrán erradicar la pobreza extrema por sí solos. Necesitan la ayuda de países desarrollados o la miseria no se erradicará para el 2030, la fecha propuesta por la ONU y aceptada globalmente.

La ONU y otros entes supranacionales parecen incapaces de alcanzar las expectativas para las que fueron creados. Usted, que estuvo muy cerca de liderar este organismo, ¿qué medidas hubiera adoptado de haber llegado al poder? A la ONU no se le suele juzgar por las buenas acciones de sus agencias de desarrollo humanitario, sino por la parálisis en su Consejo de Seguridad. Esta especie de guerra fría impide que el consejo acuerde decisiones efectivas en Siria, Yemen y otros países. Creo que el secretario general debería ser más proactivo, sin delegar demasiado, involucrándose personalmente en los procesos de paz y ejerciendo todo el poder que la organización le otorga. Es difícil lidiar con algunos líderes mundiales, pero es la única forma de conseguir algo de ellos.

La pobreza continúa castigando a millones de personas, incluso en el Primer mundo, donde los ricos son cada vez más ricos. Con este escenario, ¿cómo se puede lograr un mundo más justo? Acabo de volver de Latinoamérica, la zona con más desigualdades del planeta, y siempre me parece increíble ver allí zonas que recuerdan a Florida y justo al lado, sobre las colinas, zonas tan pobres como el África subsahariana. La sociedad no se puede olvidar de nadie y todos los países deberían tomarse en serio la fecha de 2030, sin dejar a nadie atrás, garantizando el derecho a la educación y a una asistencia sanitaria universales.

¿Cómo percibe el conflicto entre Catalunya y España y qué propondría para mejorar la situación? En octubre del año pasado estuve en Barcelona y fui testigo de los dramáticos eventos. La única solución es más involucración de Barcelona y Madrid y voluntad de sentarse a hablar. Una predisposición que he observado en el nuevo Gobierno [de Pedro Sánchez]. La solución siempre estará en la palabra, nunca en el conflicto.