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Macron supera dos mociones de censura

La oposición apunta directamente contra el presidente por el escándalo del jefe de seguridad

IRENE CASADO / PARÍS

El primer ministro, Edouard Philippe (izquierda) con otros miembros del Gobierno.

El primer ministro, Edouard Philippe (izquierda) con otros miembros del Gobierno. / AFP / GERARD JULIEN

Sin sorpresas, el Gobierno de Emmanuel Macron superó, este martes, las dos mociones de censura presentadas por la oposición –una defendida por la centroderecha y otra patrocinada por la izquierda- en el marco del escándalo del guardaespaldas Alexandre Benalla. La mayoría absoluta de la formación macronista en la Asamblea Nacional confería ínfimas posibilidades de éxito a sendas mociones, desligándolas de todo valor práctico y otorgándolas una importante carga simbólica.

La iniciativa presentada por la formación conservadora Los Republicanos, con 143 votos a favor –de los 289 necesarios para validar la moción-, fracasó. Al igual que la defendida por el bloque de izquierdas, que consiguió 74 votos.

Si bien las mociones de censura son un clásico en la política francesa, hay que remontarse hasta 1980 para encontrar dos mociones de censura presentadas de manera simultánea. Un detalle que ilustra la indignación generalizada provocada por la gestión del escándalo protagonizado por el exjefe de seguridad del presidente, Alexandre Benall, grabado por una cámara mientras daba una paliza a un manifestante en un acto del Primero de Mayo.

Debate acalorado

En un debate cuando menos acalorado, el primer ministro, Édouard Philippe, apostó por arremeter contra la oposición denunciando « la instrumentalización política » del asunto en cuestión.  "Con este 'affaire', se juega todo salvo la búsqueda de la verdad (…) Ahora la oposición se une (…) Ustedes que pretenden combatirse entre sí, ahora están dispuestos a votar un mismo texto", remarcó el primer ministro.

Édouard Philippe hacía referencia así a varias cuestiones inéditas: la alianza de socialistas, comunistas y diputados de la Francia Insumisa –cofirmantes de la moción de censura presentada por la izquierda-; y el apoyo de la líder de extrema derecha Marine Le Pen y del diputado izquierdista Jean-Luc Melénchon a sendas mociones. En un contexto excepcional marcado por la cólera unánime de la oposición, el escándalo bautizado como 'Benallagate' ha conseguido unir a fuerzas políticas antagónicas.

Siguiendo a pies juntillas la línea de defensa del Elíseo, Édouard Philippe trató que quitar hierro al asunto: «Este es el affaire de faltas individuales, de compromisos insidiosos y de pequeños arreglos entre un encargado de misión y funcionarios de policía ». Philippe acusó a la oposición de « denunciar, acusar, convocar el espectro de un asunto de Estado, que [los diputados de la oposición] parecen desear ».

"Ética e integridad"

Una acusación que la oposición vaticinaba y desmentía: « Este no es un asunto de partidos, de izquierdas, de derechas, es una cuestión de transparencia, de ética, de integridad ». Con este discurso Christian Jacob, presidente del grupo Los Republicanos en la Cámara baja, defendía la moción presentada por el partido conservador.

Por su parte, Jean-Luc Melénchon, líder de la formación la Francia Insumisa, remarcaba la importancia del caso que, a su parecer, « no es un disfuncionamiento », sino el paradigma de « un modo de operación (…) de un presidencialismo que lleva a la locura».

Más allá de la criticada gestión del escándalo por el Ejecutivo, la oposición apuntó directamente al propio Emmanuel Macron, quien asumió el pasado miércoles su responsabilidad en el asunto. « Cuando el asuntó fue revelado, [Macron] respondió, tras varios días de silencio, con una insolencia que rivalizaba con la vulgaridad (…) La credibilidad de la palabra presidencial ha sido contaminada », sentenciaba André Chassaigne, presidente del grupo Izquierda Demócrata y Republicana en la Asamblea Nacional.   

Sin duda, el escándalo Benalla no sólo ha sumido al Gobierno macronista en su primera crisis política de gran calibre, también ha liquidado el ideal de una « República ejemplar » que Emmanuel Macron trata de encarnar desde su llegada al Palacio del Elíseo.

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