14 jul 2020

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ENCUENTRO DEPORTIVO CON TINTES POLÍTICOS EN ISRAEL

El partido entre un club de fútbol que representa a la ultraderecha judía y otro que encuadra jugadores árabes levanta pasiones

Los extremistas son una amplia mayoría en las gradas

RICARDO MIR DE FRANCIA
JERUSALÉN

Más que un Barcelona-Real Madrid, sería una especie de Celtic-Rangers, un duelo que trasciende lo meramente deportivo para transitar por los meandros minados de la religión, la política y la identidad nacional. Ningún partido de fútbol despierta tantas pasiones en Israel como los disputados entre el Beitar Jerusalén, el equipo de la derecha ultranacionalista judía, y el Bnei Sakhnin, el buque insignia de la minoría árabe de Israel. Ambos se enfrentaron la semana pasada en la Ciudad Santa. Sobre la hierba, un encuentro para olvidar; en las gradas, un grito reiterado: «Guerra, guerra, guerra».

La rivalidad que separa a los hinchas de ambos equipos, especialmente a los más radicales, quedó patente cuando el modesto Bnei Sakhnin, afincado en una ciudad de 25.000 almas en la Galilea, ganó por primera vez la Copa de Israel en el 2004. La Familia, como se hace llamar el grupo de ultras de Beitar, publicó entonces una esquela en el diario de mayor tirada del país anunciando la muerte del fútbol israelí. En su club no ha jugado nunca un árabe, a diferencia de en el Sakhnin, donde árabes y judíos visten la misma camiseta.

Odio a los árabes

«Los aficionados del Beitar son muy de derechas, sencillamente odian a los árabes», dice un veinteañero a la entrada del estadio, vestido con la camiseta amarilla y negra del equipo local y agarrado a un refresco relleno de vodka. Su amigo intenta taparle la boca. No le gusta la caracterización. Hay que explicarlo. «El Sakhnin representa al terrorismo árabe. Quieren convertir este país en un emirato islámico. Israel es sinónimo de libertad y nosotros somos patriotas».

Dentro del estadio, las notas del himno de Israel, la Hatikva (La esperanza), preceden al silbato inicial. Es el preludio de un repertorio de lindezas dirigidas a los escasos 200 aficionados del Bnei Sakhnin que acompañan a su equipo. «Os vamos a quemar la tierra», «Mahoma no es un profeta, es un árabe más», o «Guerra, guerra… hablamos de Gaza». Entre el público escasean las mujeres y abundan las kipás de los judíos religiosos. Durante el descanso, algunos buscan un hueco entre el bar y los aseos para rezar. Sin un talit a mano, se cubren la cabeza con la bandera del Beitar.

Los coros de La Familia atruenan en el estadio Teddy Kollek, apodado popularmente como El Infierno. En más de una ocasión, sus cánticos le han costado al club una sanción. Para algunos seguidores son motivo permanente de rubor. «Si queréis ver la peor cara de Israel, este es el lugar para encontrarla», dice una aficionada. Como cuando rompieron el minuto de silencio guardado durante el duodécimo aniversario de la muerte de Isaac Rabin coreando el nombre de su asesino y lanzando vivas a los colonos.

El ultranacionalismo de Beitar está impreso en sus genes. Desde su fundación en 1936, el club ha estado vinculado a Betar (o Beitar), el movimiento juvenil fundado por Zeev Jabotinsky, el padre del sionismo revisionista y el ideólogo de la derecha israelí. Sus cuadros, que llegaron a adoptar las camisas negras de la Italia fascista de Mussolini como uniforme oficial, nutrieron al inicio las filas del equipo.

En sus inicios, el equipo se vio temporalmente apartado de los estadios, después de que las autoridades del Mandato británico arrestaran y deportaran a algunos de sus jugadores por sus actividades políticas. La línea divisoria entre Betar y organizaciones como el Irgun o el Lehi –para algunos, guerrillas de liberación nacional; para otros, grupos terroristas— nunca fue muy clara. Sus líderes, Menahem Begin e Isaac Shamir, pasaron por Betar, así como otros futuros primeros ministros como Ehud Olmert y dirigentes como Tzipi Livni.

Pedir perdón

Este ADN político distingue al Beitar de otros clubes israelís con el apellido Hapoel o Maccabi, nacidos de los movimientos juveniles de la izquierda sionista. No hace mucho el capitán del Beitar, Aviram Baruchyan, tuvo que pedir perdón a la afición después de declarar que le gustaría ver a un árabe jugar en su equipo.

En las gradas el debate está abierto. «Es un tema muy sensible. Hay una gran presión de los aficionados para mantener el carácter judío del equipo», dice un socio cuarentón, acompañado de su hijo. Su amigo le quita hierro al asunto. «Cuando el perro ladra no muerde. ¿Por qué no traer a un jugador árabe si es bueno? Se acabarán acostumbrando», afirma. Al final aquí paz y después gloria. 1-0 para el Beitar y todos a casa a dormir.